El papa Francisco llega hoy a Morelia, capital del estado de Michoacán, convertido en un campo fértil para la producción y el contrabando de narcóticos. Bergoglio llega en momentos en que busca dar consuelo a un país afligido por la violencia derivada de las drogas, al tiempo que envía un mensaje sobre su visión para el futuro de la Iglesia mexicana.

El año pasado Francisco hizo cardenal a Alberto Suárez Inda, arzobispo de Morelia, que al igual que el papa ha exhortado a los miembros de la jerarquía eclesiástica de México a que dejen de lado su vida cómoda y se conviertan en pastores con el "olor a oveja" de sus feligreses.

En 2013, en la que ha sido tal vez la cúspide de la violencia en Michoacán, Suárez Inda encabezó a otros ocho obispos en la firma de una carta inusualmente dura en la que acusaban a las autoridades gubernamentales de "complicidad, forzada o voluntaria" con las bandas criminales.

El Papa conoce bien Michoacán, un bastión histórico del ala dura de la iglesia mexicana. En enero del año pasado nombró cardenal a Alberto Suárez Inda, un hombre en quien confía, para atemperar el conflicto armado en la región. Las palabras de Francisco tendrán la guía y el sustento de la experiencia en el terreno de Suárez Inda, que a los 75 años se vio obligado a emprender esta compleja tarea cuando estaba pensando más bien en el retiro.

El hecho de que fuera Francisco quien insistiera en visitar esta tierra llena de orgullo a los morelenses. "La ciudad que elegiste", se lee en la publicidad en carreteras, fachadas y farolas. Heriberto Espinosa es lo que más valora: "Es un gran honor. Michoacán es un desmadre, su mensaje de paz va a ser muy positivo".

Los sacerdotes michoacanos no se han mantenido al margen de la violencia, como ha ocurrido en otras partes de México, donde a menudo hacen buena carrera absolviendo los pecados de sicarios a cambio de dinero para levantar una parroquia o comprar un coche. En Apatzingán, núcleo del conflicto entre carteles y autodefensas, cinco clérigos han sido asesinados en los últimos quince años. El padre Goyo, quien ha dado nombres y apellidos de políticos y narcotraficantes que reman en la misma dirección, tuvo que tomarse un año sabático por amenazas. Alfredo Gallegos, el sacerdote altanero de una pequeña parroquia, ofició el domingo la misa como acostumbra, armado con un revólver, y en la homilía imploró por la seguridad de Francisco. "A mí me dijeron que ni me asomara por donde pase", dijo a sus feligreses.

 

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