Se estudia en los cursos de ciencias políticas y de comunicación. Se cita como ejemplo clave de la importancia de la televisión, la “caja tonta”, y el impacto de la imagen en las audiencias. Desde entonces, los debates televisados se volvieron hitos clave en cualquier campaña presidencial de cualquier democracia del mundo. Y el de este lunes, entre Hillary Clinton y Donald Trump, se presenta como un punto de inflexión en la carrera por la presidencia de Estados Unidos.

“Puede pasar cualquier cosa. Trump es impredecible”, dice Elizabeth Sherman, profesora del Departamento de Gobierno de la American University de Virginia, EEUU. Y cuando dice cualquier cosa, se refiere a cualquier cosa. Esto provoca interés en los telespectadores. “Será el segundo evento más visto de 2016 después del Superbowl”, asegura John Zogby, fundador de la John Zogby’s Strategies, consultora política estadounidense. Las expectativas sobre este debate son altas, y la historia ha demostrado que el primer debate puede ser determinante en el resultado de una elección presidencial.

Pero, ¿cuál es la historia de los debates presidenciales televisados?

En 1960, la Guerra Fría comenzaba a exportarse hacia fuera de los límites terrestres. La sombra de una guerra nuclear que destruyera al ser humano rondaba en los rincones más inhóspitos del planeta, mientras la mayoría de las naciones africanas (Camerún, Benín, Níger, Malí y Costa de Marfil, entre otras) lograban librarse del yugo colonial europeo con la esperanza de construir sus propios prósperos caminos. Estados Unidos, por su parte, iniciaba el bloqueo comercial a Cuba violando el Derecho Internacional, con la amenaza a cualquier país de atenerse a las consecuencias en caso de que comerciara con la isla. Ese fue el año en que el candidato demócrata y senador John F. Kennedy y el en ese entonces vicepresidente republicano Richard Nixon, se plantaron frente a las cámaras y frente a los cuatro periodistas de las cadenas de noticias más importantes del momento por primera vez en la historia para discutir sobre sus programas de gobierno y sus ideas sobre Estados Unidos. La audiencia: 70 millones de estadounidenses, la más alta de la historia, en relación a lo ajustada de la elección.

Según los sondeos de Gallup de 1960, antes del debate Kennedy llevaba una ventaja de 1 por ciento por sobre Nixon.

“La imagen es el soporte del mensaje”, enseñaba el profesor de comunicación Marshall McLuhan en esa época, y Kennedy aprendió sobre la materia. Aprovechó su juventud y sus vacaciones para presentarse bronceado ante la televisión. Con un traje negro y camisa blanca, contrastaba con el fondo blanco del escenario, algo clave en una televisión en blanco y negro. Mientras, Nixon estaba saliendo de una hospitalización por una operación de rodilla; hace unos días un artículo del Washington Post señalaba que su doctor de cabecera le había recomendado “bajar el ritmo”. Además, se veía pálido porque no quiso maquillarse. Llevaba un traje gris claro, lo que le daba una impresión menos contundente en la televisión al confundirse con el telón de fondo. Y sudaba.

Algunos republicanos dicen que Nixon se escuchó mucho mejor por la radio que Kennedy, pero una imagen vale más que mil palabas: el candidato demócrata había ganado en el terreno de McLuhan.

“Este debate reveló el verdadero poder de la televisión, y el de los enfrentamientos cara a cara, para decidir las elecciones”, dice John Goldstone, profesor de Ciencias Políticas y doctor de la Universidad de Harvard, en Estados Unidos. Aunque si bien algunas personas postulan que la presentación de Kennedy determinó la elección, Goldstone opina agrega otros factores: “No fue solo la presentación de Kennedy.

A Nixon se le vio ansioso e inseguro frente a las cámaras. Y en estos debates es muy importante parecer seguro aunque no estés hablando”. Agrega. El ejemplo de Al Gore en el primer debate del año 2000 contra George W. Bush es ilustrativo: Gore, mucho más preparado, pensaba que Bush era un tonto, y mientras el republicano presentaba, el demócrata era filmado poniendo caras de incredulidad por las palabras de Bush. Esto terminaría costándole la elección.

Las encuestas Gallup de la época dicen lo siguiente: mientras antes del debate la diferencia entre Kennedy y Nixon de 1960 era de 1 por cuento, esta subió a 3 por ciento después del debate. 
Kennedy ganó la elección, finalmente, por tres puntos porcentuales de diferencia y obteniendo 303 votos electorales. Con mucha menos experiencia de su contrincante en política, los estadounidenses le prefirieron. “Kennedy no decidió la carrera la noche del debate, pero en una elección tan ajustada, su presentación hizo toda la diferencia”, escribió Ted Sorensen, asesor político de John Kennedy, en el New York Times en 2010. Eso es lo que puede provocar el primer debate presidencial, y tanto Hillary Clinton como Donald Trump están enterados.

PUB/CM