La desigualdad entre los sexos ha inspirado un largo inventario de formas de violencia a lo largo de la historia de la humanidad. La mutilación genital femenina(MGF) como manifestación extrema de desprecio al cuerpo de la mujer y a lo que este representa ejemplifica como ninguna otra, la más vergonzosa negación de la vida y la sexualidad.

Mientras están leyendo esta nota, al menos cuatro niñas en todo el mundo habrán sido mutiladas. Cerca de tres millones de niñas al año, un promedio de más de 8mil por día. Los datos más recientes de Unicef de 2016 reflejan que hoy en día existen cerca de 200 millones de niñas y mujeres mutiladas en 29 países de África y Oriente Medio. Y, aunque estas son las zonas en las que se concentran la mayoría de los casos, la práctica de la ablación femenina se realiza en países como Asia o América Latina (concretamente en  la población indígena Embera Chamí de Colombia) y se extiende a poblaciones emigrantes que residen en Norte América, Australia, Nueva Zelanda y Europa Occidental.

Según definiciones de la Organización Mundial de la salud (OMS), la MGF comprende todos los procedimientos que implican de forma intencional y por motivos no médicos, la extirpación parcial o total de los genitales externos femeninos. Esto puede incluir parte o la totalidad del clítoris, labios menores y a veces labios mayores, y su posterior cierre cosiendo la piel restante y dejando tan solo un pequeño orificio para la orina y la sangre menstrual. En todos los casos suponen una flagrante violación de los derechos humanos de las mujeres y niñas que no aporta ningún beneficio a la salud, al contrario, puede producir un gran daño.

Como señala la experta en sexualidad y directora del centro Miintimidad.cl, estas mutilaciones sexuales son una especie de ritual practicado por curanderos que lo hacen sin anestesia, ni elementos desinfectados, como vidrios o cuchillas, y sin las condiciones sanitarias necesarias, por lo que además del trauma sicológico que conlleva, puede generar hemorragia o infecciones, incluso letales.

La práctica se comienza desde la infancia: en un 90% de los casos las víctimas son menores de edad, en algún momento entre la lactancia y los 15 años, y ocasionalmente en la edad adulta. 

Se cree erróneamente que está vinculado al Islam, pero la realidad es que es una práctica que se realiza en personas de diferentes creencias religiosas en 27 países del mundo. De hecho, una tercera parte de los países islámicos no la practican, según señala Nuria Fernández, profesora del Departamento de Antropología Social y Cultural de la Uned.

La premisa  del MGF es salvaguardar la virginidad y la castidad antes del matrimonio. Y el hecho de coser la vulva es una manera de impedir a las mujeres la práctica del sexo.  Según advierte la experta en disfunciones del piso pelviano y sexuales, Odette Freundlich,  se estima que esta práctica va a disminuir el deseo sexual, pero “resulta que el clítoris no tiene ninguna incidencia sobre el deseo, sino que únicamente sobre el placer, porque el clítoris es precisamente el único órgano que está en el cuerpo solo para producir placer. De hecho, añade, “el clítoris tiene 8 mil terminaciones nerviosas, el doble de la vagina completa, que tiene solo 4 mil”.

Cómo se vive la sexualidad sin clítoris

Además de los riesgos sanitarios y sicológicos que trae consigo esta práctica, la función sexual de estas mujeres sufre un dramático deterioro, disminuyendo el placer, el orgasmo, la excitación, lubricación y satisfacción, lo que finalmente repercute como un efecto negativo sobre la felicidad matrimonial, subraya Freundlich.

Contrario a lo que se piensa, la ablación femenina no es comparable con la circuncisión masculina. Según sostiene la experta, “La ablación del clítoris equivale a cortarle el glande a un hombre, por lo que no hay forma de restituir eso. La vagina tiene algo de sensibilidad, pero no es lo mismo, una mujer mutilada solo podría llegar al orgasmo si es que hay un aumento de sensibilidad en las terminaciones nerviosas  que lanza el clítoris hacia la vagina, en la zona donde está el punto G, pero es muy difícil”, agrega.

Entre las complicaciones inmediatas de esta práctica se encuentran el dolor intenso, choque, hemorragia, tétanos, sepsis, retención de orina, llagas abiertas en la región genital y lesiones de los tejidos genitales vecinos. Las consecuencias a largo plazo pueden consistir en:  infecciones vesicales y urinarias recurrentes; quistes; esterilidad; aumento del riesgo de complicaciones del parto y muerte del recién nacido; necesidad de nuevas intervenciones quirúrgicas, especialmente en uno de los tipos de mutilación, cuando el procedimiento de sellado o estrechamiento de la abertura vaginal se debe corregir quirúrgicamente para permitir las relaciones sexuales y el parto. A veces se vuelve a cerrar nuevamente, incluso después de haber dado a luz, con lo que la mujer se ve sometida a aperturas y cierres sucesivos, aumentándose los riesgos inmediatos y a largo plazo.

Además hay que señalar que las consecuencias de salirse de estas normas en las que se antepone la comunidad al individuo supone que la mujer es condenada al ostracismo o exclusión, repercusiones muy negativas cuando se vive dentro de una comunidad.

Al tratarse de una convención social, la práctica tiende a perpetuarse por la presión social a adaptarse a lo que hacen los demás y a lo que se ha venido haciendo tradicionalmente. En la mayoría de las sociedades se considera una tradición cultural, argumento que se utiliza a menudo para mantener su práctica. A esto se le añade una profunda ignorancia que hace que estas creencias se perpetúen.

Según Unicef, desde 2008, más de 15.000 comunidades y distritos en 20 países han declarado el abandono de la mutilación genital femenina y cinco países han aprobado leyes que la consideran un delito.

Sin embargo, el progreso en el conjunto del mundo no es suficiente para contrarrestar el crecimiento demográfico, por lo que si las actuales tendencias continúan el número de víctimas crecerá durante los próximos 15 años, asegura el estudio. Para 2030, aproximadamente 86 millones de niñas en todo el mundo sufrirán algún tipo de mutilación genital femenina.

Para abandonar la práctica del MGF es necesario realizar esfuerzos sistemáticos y coordinados que involucren a las comunidades enteras y que se enfoque en los derechos humanos y la igualdad de género. Estos esfuerzos deben hacer hincapié en el diálogo social, el trabajo de sensibilización y el empoderamiento de las comunidades para actuar colectivamente y poner fin a la práctica. Además de atender las necesidades de salud sexual y reproductiva de las mujeres que sufren las consecuencias.

PB/MC