En 2014, el autodenominado Estado Islámico de Siria y el Levante (Isis) difundió un video llamado “El fin de Sykes-Picot”. De pie en la frontera entre Siria e Iraq, uno de sus terroristas pasaba el pie sobre una línea imaginaria en medio del desierto como tratando de borrarla. Del mismo desierto, una vez borrada esa línea, emergería la “Gran Siria” en forma de califato. El nombre “Estado Islámico” es una reinterpretación del panarabismo: el panaislamismo. “Este acuerdo es un símbolo de la fragmentación impuesta a los musulmanes”, declaró el Isis a través de al-Naba, una de sus revistas digitales.

Hace 100 años, en medio de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña ideó un plan para vencer al Imperio Otomano, alineado con la Triple Alianza (Alemania, Italia y el Imperio Autro-húngaro). Aprovechó los conocimientos lingüísticos, culturales y geopolíticos del oficial Thomas Lawrence, conocido como Lawrence de Arabia, para convencer al emir hachemí de La Meca, Hussein, descendiente directo del profeta Mahoma, de aliarse con ellos contra los turcos; el emirato de La Meca formaba parte del Imperio Otomano.

En ese entonces, Hussein ya soñaba con la formación de un estado panarábico, del que fueran miembros todas las provincias árabes desde el Mediterráneo hasta Persia, que en ese momento eran otomanas. Lawrence, conocedor de estas ideas y de los conflictos entre árabes y turcos, prometió a Hussein que, en caso de que derrotaran a los otomanos, Gran Bretaña apoyaría la conformación de dicho estado panarábico, que sería dividido en cuatro regiones cuyos mandatos recaerían en sus cuatro hijos.

Al mismo tiempo, el ministro de Exteriores británico comunicó a la comunidad judía en Londres que el gobierno real tenía contemplado crear una patria nacional judía en los territorios de Palestina. Pero además, y en total secreto, los británicos acordaron con Francia y Rusia la división de toda la región en “zonas de control” y “zonas de influencia”, dejando a Palestina como territorio internacional. El acuerdo fue firmado por el diputado conservador británico Mark Sykes y el ex cónsul francés en Beirut, Charles François Georges-Picot, y determinó los límites de influencia trazando una línea diagonal desde Acre hacia el noreste; el norte de esa línea sería francés, y el sur, británico. La Rusia zarista se quedaría con Estambul, el Bósforo y los Dardanelos, obteniendo el absoluto control del Mar Negro. La revolución bolchevique excluyó a los rusos del acuerdo, conocido como Sykes-Picot, el cual generó conflictos en la región que aún no se solucionan.

La relevancia del engaño colonialista
“Estos acuerdos son fundamentales porque servirán de base para los recortes territoriales posteriores” hechos principalmente en la Conferencia de San Remo (abril de 1920, donde se ratificaron las particiones del Imperio Otomano), y en los tratados de Sèvres (agosto de 1920, tratado de paz entre los países aliados de la Primera Guerra Mundial y el Imperio Otomano) y Lausana (julio de 1923, qye delimitó las fronteras actuales de Turquía), dice a Publimetro Florent Sardou, analista internacional francés. Si bien la intención de este acuerdo no fue la de establecer fronteras territoriales sino que sólo la de marcar “zonas de influencia”, una vez terminada la Primera Guerra Mundial, se firmaron una serie de tratados territoriales que reconocieron los límites acordados en Sykes-Picot, explica Sardou.

“Los criterios que llevaron a las potencias a hacer estas divisiones del Medio Oriente son principalmente dos: el interés por la conexión con ultramar y la definición de la organización geopolítica de la región”, dice Eugenio Chahuán, máster en Cultura y Civilización Árabe Islámica y profesor de la Universidad de Chile. El docente agrega que estas divisiones no obedecen ni a razones históricas ni geográficas ni culturales ni lingüísticas y que, finalmente, esta organización colonial funcionó como un corsé que juntó a culturas muy disimiles y separó a otras.

El trasfondo de todo es el colonialismo, que ha dado origen a movimientos  panislámicos como los Hermanos Musulmanes en 1928 en Egipto, quienes estaban en contra de los británicos y también contra el laicismo. Este grupo sería el antecedente histórico de Al-Qaeda.

Durante el siglo XX, si bien los actores principales fueron reemplazados por la Unión Soviética y Estados Unidos, la región siguió funcionando como un tablero de ajedrez sobre el cual las potencias mundiales desplegaban a sus aliados para perjudicar a la contraparte. Así, fueron apoyando facciones según su conveniencia del momento: Estados Unidos y Arabia Saudita (de la corriente fundamentalista wahabista, opuesta a la corriente salafista del Isis) auspiciaron a Al-Qaeda en su lucha contra la Unión Soviética, y se les volvió en contra una vez terminada la Guerra de Afganistán. Un escenario bastante similar ocurre hoy en Siria, siendo el Estado Islámico el grupo terrorista que alguna vez funcionó como péndulo en la región, y ahora es la principal amenaza de Occidente. “Es un monstruo que se les escapó de las manos”, dice Eugenio Chahuán.

La responsabilidad de los nacionalismos seculares
“Sykes-Picot es el origen de todos los males, pero también la inestabilidad geopolítica de la región es responsabilidad de los propios países”, aclara Chahuán. Después de la Primavera Árabe de 2011 parecía que emergerían gobiernos que aportarían a la estabilidad de la región inspirados en la democracia y sus valores, pero el enquistamiento de la guerra civil en Siria ha complejizado todo.

Y ni el conflicto árabe-israelí, ni las disputas internas entre suníes, chiítas y kurdos que ha sufrido Iraq, han sido solucionados. Tampoco han podido consolidar un acuerdo político de paz por sus visiones fundamentalistas opuestas los petroestados más poderzos de la región: el Reino de Arabia Saudita, sunita, ni Irán, principal país chiíta. “Esta fragmentación sirvió como base para el establecimiento de movimientos nacionalistas seculares que han intentado volver a dibujar el mapa, reuniendo a todas esas personas dispersas en varios países, según el acuerdo, con el fin de establecer una unión de estos estados”, dice el Isis.

Como dijera el ayatolá iraní Jomeini, “el Islam es política o no es nada”.

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