Mas allá de los Nintendos, de los últimos álbumes con láminas con Stic Fix, del Laboratorio de Dexter y Johnny Bravo, a 40 años del Golpe los hijos de la democracia ya somos adultos, aunque a veces le escapemos a la posibilidad: comenzamos a tener tarjetas de crédito, autos, parejas de las cuales nos vamos a separar, sexo casual, y tantas cosas que nos definen que es bueno hacer el ejercicio de a dónde vamos y qué somos. Nos permite reflexionar incluso para no cometer los errores de los que nos antecedieron y por supuesto comprender hacia dónde vamos en un mundo donde este país ya no es la isla en la cual vivieron nuestros padres.

Me permito tomar una bandera, por tener este espacio, pero sinceramente para no herir no quiero representar en esta columna a nadie más que a mí. El que se quiera sumar bien, el que quiera discrepar, también. Por primera vez todos podemos publicar y bien está que me respondan.

La primera autocrítica es que no somos constantes.

Nuestras bandas de rock generacionales no duran más de tres años. Nuestros blogs no crecen. Nuestras propuestas no llegan a puerto. ¿De qué es la culpa? Quizás del foco. Estamos tan sobreestimulados. Nos enseñaron a creer que éramos capaces de tantas cosas que no somos capaces de nada. Nos gusta todo, pero es imposible cubrirlo. Queremos ser millonarios y a la vez humildes. Queremos vivir con todo y con poco. Queremos el mundo pero nos angustia no saber cómo cubrirlo. Y lo peor de todo: un domingo en la tarde sin hacer nada es tan valioso como un lunes productivo. No sabemos diferenciar lo urgente de lo importante: tenemos muchos libros que leer, viajes a los cuales aspirar e identidades que podemos crear.

No sé qué tan capaces somos de hacer que avancen los otros. Nos gusta hacer el “chistecillo” entre dientes. El trolleo pensamos que es una manifestación de creatividad, cuando es sólo otro rayado de baño que dice “p...”. Tenemos más formación que nuestros padres, más medios, más alimento, más de todo y aún no hay grandes obras. Nuestras concentraciones son más bien mundanas y hablamos de nosotros mismos todo el tiempo. Me incluyo, porque si hay alguien que ha sido cultor de ese error, es quien les escribe.

Es que finalmente estamos tan enfrentados a la pantalla de la pantalla de la pantalla que queremos ganar el concurso de popularidad: no nos damos cuenta de lo que tenemos, porque pensamos que podría ser mejor lo que viene, cuando en realidad tenemos un presente increíble. Nos sentimos genios cuando en realidad estamos perdidos entre trabajar para los que no nos gustan. Queremos ser parte de la fiesta sin poner un peso. No valoramos el trabajo ajeno: preferimos piratearlo. Y encima cuando hay representantes como los estudiantiles, buscamos la conspiración para sacarlos de ahí a patadas: no sacrificamos nada por los que se sacrifican. Estamos mal acostumbrados a no pagar por lo que nos gusta. No estamos bien.

No estamos bien porque nos falta entusiasmo. No estamos bien, porque digamos la verdad: se nos ha hecho a muchos muy fácil. Y preferimos ir a mostrarnos frente al Instagram ajeno que pelearnos por una idea. Estamos sumergidos en el arte de la puteada mirando nuestro propio perfil sin notar que frente a nuestra casa hay grafittis únicos y canciones geniales. No sabemos disfrutar un carajo. Estamos volviendo nuestra vida un videojuego de ganar títulos y personas en vez de darnos cuenta que podríamos hacer algo más grande que es ignorar lo que piense el otro para crear algo para el que desee.

No sufrimos tanto como nuestros antepasados. Estamos solos, en nuestro departamento, tomando Sopa para Uno mientras llega el apocalipsis. Somos un poco idiotas, pero de buen corazón. 

 
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