El círculo vicioso en el que cayó la campaña presidencial amenaza con la esencia propia de la política, la de responder a las necesidades de la sociedad mediante la toma de decisiones para alcanzar ciertos objetivos. Hoy pareciera que no están en eso. Las propuestas de los candidatos se asemejan en muchos casos a ofertones, las declaraciones apuntan generalmente al contrincante y no a destacar las virtudes propias e incluso hay casos puntuales en que las promesas se basan en premisas erróneas o derechamente falsas.   

Esta semana asistimos al primer debate y la cosa ya partió mal, con la ausencia de Michelle Bachelet, la postulante que según todas las encuestas va ganando. No asistió argumentando que tenía compromisos previos. La Asociación Nacional de la Prensa, ANP, que organizó el encuentro, se mostró sorprendida con la negativa porque la convidaron con tiempo y porque varios otros candidatos también tenían en su agenda actividades que decidieron mover para poder estar presentes. Integrantes del pacto Nueva Mayoría, que respalda a Bachelet, han señalado en varias oportunidades que para su candidata estos debates sólo sirven para que los otros aspirantes a La Moneda la ataquen. Es razonable pensar que cualquiera en su lugar haría lo mismo, evitar la confrontación, porque al final de debate hay poco o nada y simplemente la instancia se convierte en un paredón para fusilar con emplazamientos a la ex gobernante. Pero aún cuando la estrategia de Bachelet es atendible, resulta poco presentable que alguien que aspira a volver al poder le quiera rehuir a la discusión.

Si el defecto en el diseño de la campaña de Bachelet, al menos a ojos del ciudadano común y corriente es ese, el de evitar disputas verbales con sus rivales, la tara de la mayoría de los otros candidatos es centrar sus maniobras políticas en pegarle a Bachelet, en lugar de aprovechar las instancias para mostrar sus fortalezas. Francamente resulta poco novedoso y bien agotador escuchar persistentes críticas al contrario y no resaltar las proposiciones propias. Esto no es exclusivo de la actual elección y tampoco de Chile. Pasa siempre, a cada rato y en todas partes, pero lo común nunca ha sido sinónimo de correcto. 

Adicional a este problema del permanente cuestionamiento a la ex presidenta, se suma otro tanto o más inquietante. Varios de los candidatos están enunciando titulares de sus promesas, sin entrar al área chica de lo que están comprometiendo en un eventual gobierno. Algunos aducen falta de tiempo en los medios, pero cuando los tienen no siempre los aprovechan. Incluso candidatos como Marco Enríquez-Ominami o Evelyn Matthei, que tienen redactado su programa de gobierno, caen en el error de pasearse en ofrendas sin detallarlas demasiado. Se entiende que su objetivo es mostrar la variedad de cosas que están dispuestos a hacer, pero a veces menos es más. Sustento hay, pero no siempre se exhibe y la ciudadanía bien puede quedarse con la idea de que no necesariamente hay algo detrás de la promesa. Mea culpa también debe hacer la prensa, que se queda en la coyuntura del momento y no avanza en las profundidades de los programas.

Demás está decir que otros candidatos aseguran cambios macro sin poder desembrollar cómo los van a conseguir si no cuentan con un parlamento afín. Roxana Miranda, Marcel Claude y Alfredo Sfeir, por ejemplo, anuncian que citarán a un plebiscito para reformar la constitución, cuando la misma constitución no hace exigible que se respeten los resultados de esa consulta. De hecho, ni siquiera contempla la posibilidad concreta de convocarlo. 

Franco Parisi ha dicho que financiará su programa de gobierno, entre otras cosas, con una reasignación presupuestaria de todos los ministerios, a los que se le aplicarán recortes de “entre un 5% y un 7%”, según dijo en el canal 24 Horas su jefe de campaña. Dino Villegas. Al ser consultado sobre cómo se llevarían a cabo esos recortes, no hubo respuesta concreta. Al menos, poco claro. 

Tomás Jocelyn-Holt trabaja en un programa de gobierno colaborativo, recogiendo también propuestas de la gente vía web, pero no ha podido alojar públicamente algo macizo y es justo preguntarse si ya lo tiene. Lo suyo ha sido instalar temas en los ejes de discusión pública, y en eso, como Ricardo Israel, Sfeir y Miranda, parecieran concentrarse realmente sus objetivos. 

Bachelet anunció los titulares de las 50 medidas para los primeros 100 días de un eventual gobierno suyo. Es decir, una cada dos días. Atrevido, por decir lo menos. Pero cuando se le preguntó por su programa, dijo que lo entregará en tres semanas más y que nadie realmente se lee un “mamotreto”.  El legajo podrá ser largo y latero, pero siempre es necesario. Así como la Concertación ha dicho incansablemente que las propuestas del Presidente Sebastián Piñera había que leerlas bien, porque siempre tienen letra chica, pues bien, la letra chica de las propuestas de Bachelet no se pueden leer, porque el “mamotreto” aún no se conoce.

Parisi le pega duro y permanentemente a casi todos sus contrincantes, pero bastó que Matthei le dijera que “el no va a estar en ninguna parte” para que el independiente acusara matonaje político. Y así nos vamos. 

Los candidatos hablan. Y harto. Pero buena parte de lo que escuchamos es puro ruido. Inservible. Y cuando no se están dando entre sí, se quedan en enunciados y poca enjundia. Es lo que se conoce como música para las masas. Lo que la gente quiere oír. O mejor dicho, lo que ellos creen que quieren escuchar.