El crítico literario y escritor Fredric Jameson sostiene que las diversas teorías de la conspiración hoy circulantes de manera masiva en las redes son nada más y nada menos que el “mapa cognitivo de los pobres”. O sea, quienes tienen menos herramientas en la sociedad para llegar a comprenderla necesitan una respuesta basada ante todo en una percepción negativa y por tanto una sospecha. El éxito televisado de Juan Andrés Salfate (un visionario de los contenidos) y sus seguidores en todo formato es la confirmación tambien de una crisis cultural en Chile de proporciones catastróficas. En todo caso culparlo a él de la genialidad de vender a través de eso sería una injusticia. El fenómeno da para hilar más fino que un comentario furioso.
 
 Mucho se ha escrito sobre los trolls y el anonimato en Internet. Es ante todo un tema complejo en las redacciones de las versiones digitales de los diarios. En la era post-gutenbereana, donde el control de los contenidos está completamente fuera del alcance de la acostumbrada agenda setting medial la evaluación de la audiencia aún es un tema a discutir. Todas las semanas bajo varias notas aparecen violentos adjetivos descalificatorios. Por lo que sé, a nadie lo han dejado de poner en un medio por eso. Muy por el contrario: en el mercado de la atención, el éxito es la mirada. Y si la mira­da no tiene marca base (la persona no sostiene mérito algu­no para poder cancelar el material) no su­cede mucho. Es terrible admítirselo a ustedes, queridos lectores.
 
Más allá de eso, detrás de las letras hay personas. Personas que antes gozaban escribiendo en papel. Hoy no tanto. Pudrirse con un apunte es sumamente humano. Y ahí entra el debate: ¿hemos descubierto en Internet que el odio es material fecundo y por tanto se merece exponer eso permanente­mente? Hay quienes se definen como “policías morales anónimos” cuya perspectiva entraría a “proveer de cordura un mercado descontrolado”. ¿Es eso cierto? Yo tengo mis dudas. Y cuando empiezan a crear memes y subproductos asociados a la rabia, siento que dejan de ser trolls y se asemejan más a una creatividad que beneficia al dueño del foro de anónimos de turno.
 
Tengo mis dudas. Creo que el debate con los trolls es suma­mente infértil. Es como enfrentar­se con una verdad sin contexto. Antojadiza. Incluso conservadora. La transgresión del gusto de una persona está enfrentada al público. Ustedes son los que compran. Del volumen, los que opinan y dejan expresado el apunte, son el 20%. Números sostienen que el 80% de quienes navegan son lurkers y por tanto siguen sus vidas adelante, y esta columna probablemente entretenga un café y gracias por venir.
Muchos dejan de ex­presar su opinión en re­des sociales debido al ataque permanente de los que no saben ni conocen y piensan que su verdad es de verdad única y cambia todo. O sea, ideología totalitaria.
Yo creo que el mérito, la atención, el debate, es lo que cambia el mundo. Que al final lo que destaca se hace a la luz, y quienes llegan a esa luz lo hacen a través del mérito y no por que sean hijos de o miem­bros de una “sospechosa secta anarcobolivana asociada a estructuras de poder secretas”. El talento mueve el capital, como dicen en Funky Business y hay una pésima noticia para los aspirantes a talentosos: las herramientas no democratizan el saber hacer algo. Ejemplo: escribir un libro. Hasta lo que consideramos más básico y suena fuerte tiene su mérito. En un país sobremediatizado, donde los intelectuales se esconden y no intentan acercar su punto de vista a las masas, ese peligro, el de que las ideas sean “juzgables” con violencia y no con razón es sumamente peligroso. ¿Cómo podemos cambiar esas percepciones básicas del mundo? ¿La educación también es culpable de que las herramientas sociales no puedan ser bien usadas? Esos debates están pendientes en una sociedad que parece elegir el zapping y la puteada como respuesta.