1985 fue un año especial. Santiago, por ejemplo, vivió un terremoto -que alcanzó los 8 en la escala de Richter y dejó más de 170 muertos- y el Papa Juan Pablo II confirmó su visita al país, aunque debimos esperar dos años para su arribo, entre otros hechos que no impidieron a un grupo de ingenieros prepararse para concretar un hito tecnológico e inscribir sus nombres en la historia de Chile.

Dos investigadores del Departamento de Ciencias de la Computación de la Universidad de Chile buscaban intercambiar con sus pares de la Usach un sencillo pero significativo mensaje: "Si este mail te llega, abramos una botella de champaña", algo impensado en un momento donde los computadores personales aparecían tímidamente en las aulas de las instituciones de educación superior.

Finalmente, el texto fue transmitido sin problemas transformándose así en el primer correo electrónico enviado en el país permitiéndole a sus protagonistas ser los padres "locales" del email. A 31 años de esa proeza técnica uno de ellos, José Miguel Piquer, proyectó junto a Publimetro los próximos desafíos del Chile tecnológico aunque siempre con una vista al pasado.

Qué esperar para el futuro

Para el académico de la Universidad de Chile es innegable que el país experimentó una revolución digital, aunque persisten tareas pendientes: "Hemos cambiado profundamente en todos estos años y, de ser atrasados y lentos en la adopción de tecnología, hemos pasado a liderar la región y en algunos temas a estar en los mejores del mundo. Sin embargo, el desarrollo es desequilibrado".

"En algunos aspectos (uso de smartphones) somos líderes y en otros -creación de tecnología, desarrollo de aplicaciones, gobierno electrónico- nos hemos ido quedando atrás y no se ve que las tecnologías estén en la discusión estratégica de futuro. No he visto que nadie proponga que el ancho de banda sea un derecho básico o que el acceso libre a Internet sea un derecho humano, como ya se ha planteado en varios países del mundo", complementó.

Según José Miguel Piquer, el próximo paso que debería dar el país está relacionado con generar valor agregado a la tecnología, imitando a otras producciones nacionales como el vino, el que "tiene un prestigio y una credibilidad, nuestros softwares debieran tenerlo también. Nuestros niños debieran querer ser desarrolladores de software, inventores de soluciones, proveedores de innovación para el mundo".

"Hace ya más de 30 años la Universidad de Chile hizo su trabajo: trajimos las tecnologías que iban a cambiar el mundo al país y entrenamos a los profesionales del futuro para que las desarrollaran. Espero que hoy sigamos haciendo eso y que, en algún momento, se transforme en normal que nuestros profesionales expresen sus desarrollos, sus aplicaciones y sus inventos tecnológicos a todo el mundo". puntualizó.

Nuestro pasado no fue mejor

El profesor Piquer, quien también formó parte del proceso para lograr la inscripción del dominio .CL -en 1987-, recordó junto a Publimetro que "el 'Chile tecnológico' casi no existía, se limitaba a las universidades y centros de computación donde todavía imperaba el reino de IBM y los gigantes mainframes que ocupaban un piso completo del edificio".

"Los computadores personales estaban recién apareciendo y en la Facultad de Ingeniería estábamos dando una pelea por renovar los equipos computacionales de primer año y discutiendo si comprábamos IBM PC o Apple Macintosh para enseñar a programar. Habíamos recibido hace poco la donación de un mini-computador, permitiendo atender múltiples usuarios y terminales pero ocupando un pequeño espacio bajo el escritorio, y corría Unix, el sistema que adorábamos en las universidades en esa época".

Por último, el académico del Departamento de Ciencias de la Computación de la Universidad de Chile señaló que "las personas 'normales', en sus casas, no contaban con ninguna tecnología y las empresas usualmente no tenían ni siquiera fotocopiadoras disponibles y debían usar máquinas de escribir (muchas eran eléctricas y también IBM)", dejando en evidencia lo rápido del salto dado por el país, aunque siempre con puntos a corregir.