Lo bueno y lo malo de la esperada secuela de “Trainspotting” 

La cinta destaca por un apego a la nostalgia, pero no causa el mismo impacto que la primera entrega.

Por Ignacio Espinoza

Dos décadas tuvieron que esperar los fanáticos para volver a ver las aventuras de Mark Renton y su grupo de amigos drogadictos en “T2 Trainspotting: La vida en el abismo” (+18). Un esperado regreso con errores y aciertos que dividirá a los seguidores del primer filme.

Buen elenco. Uno de los puntos altos de “T2 Trainspotting: La vida en el abismo” es que retorna el mismo elenco de la primera entrega. Ewan McGregor nuevamente encarna a Mark Renton y destaca por ser ser el motor de la historia. El resto del grupo también aporta su cuota de talento. Es el caso de Robert Carlyle, quien representa de forma hilarante al matón Begbie, mientras que Jonny Lee Miller (Simon) y Ewen Bremmer (Spud) tampoco descuidan la evolución de sus personajes ahora convertidos en unos cuarentones.

 

El talento del director. Las películas de Danny Boyle destacan por estar bien contadas. El ganador del Oscar como Mejor Director  en 2009 (“Slumdog Millionaire”) vuelve a mostrar su talento en una historia clara en lo que quiere narrar: la vida de un outsider envuelto en un mundo de drogas que busca salir adelante. La secuela entrega un relato intenso y emotivo con un ritmo que no aburre en las casi dos horas que dura el filme.

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El humor. La primera “Trainspotting” fue un drama con pasajes de comedia. En la secuela se ahonda más la tecla del humor y permite que el filme no caiga en un drama innecesario. Los momentos donde mejor se logra la comicidad es en el reencuentro de Renton con sus amigos.

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Intrascendente.“Trainspotting” marcó a una generación. Pero “T2 Trainspotting: La vida en el abismo” solo quedará como una buena continuación que logró complacer al público que se cautivó con el primer filme. La nueva entrega hace referencias a los tiempos de ahora, como es el actual discurso de Renton sobre que camino elegir en la vida. Aunque Danny Boyle afirmó que la historia se podía ver independiente de su antecesora, la secuela no causa el mismo impacto por si sola.

La maldición de la secuelas. Dicen que las segundas partes no son mejor que las primeras. Esta secuela tampoco logra romper aquella maldición. La nueva película cae en constantes guiños al filme anterior, hecho que los nostálgicos valorarán pero tampoco aporta novedad porque será más de lo mismo que se vio antes: drogas y dinero.

Falta de rudeza. En la cinta de 1996 se desprenden memorables escenas como aquella de la taza del baño, la muerte del bebé o cuando Spud vomita en la casa de sus suegros. La segunda parte adolece de esta dureza y apuesta por diálogos cómicos y en menor grado emotivos. Tal como los protagonistas, ahora más viejos, los momentos son más livianos y menos violentos como los de aquella juventud que marcó los 90.

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