Columna: Tea Time, la justicia y la hoguera

"Si de esto devienen condenas, el juicio no puede arrastrar a una obra que fue clave para la juventud de los 90'", dice Sebastián Cerda.

Por Sebastián Cerda

En relación con el bullado caso de violencia en la pareja que en estos días protagoniza el cantante Camilo Castaldi, partamos de una base: efectivamente toda denuncia de malos tratos que sea conocida públicamente debe inspirar repudio. Lo que primero se condena con ello es la acción y los argumentos que pretenden sustentarla, pero es inevitable que esa indignación no salpique también a quien es sindicado como autor de las agresiones, incluso cuando un fallo judicial esté pendiente.

No hay mucho que hacer al respecto, y quizá tampoco sería bueno que lo hubiese. Porque el reblandecimiento del rechazo, la sombra de una duda, tiende un manto de relativización sobre la violencia de género que no podemos permitir. Un hombre no golpea a una mujer. Punto. Y si una de ellas dice ser víctima de agresión, lo que debe asomar no puede ser jamás un cuestionamiento, sino la acción concreta que la proteja y la resguarde. Lo que está en juego, no olvidemos, puede ser una vida dentro de un país con femicidios crecientes, por lo que si hay dudas el momento de comenzar a dilucidarlas es posterior, jamás anterior.
De ahí que las voces que han amplificado la versión sobre las autoagresiones promovida por el también rapero, hayan naufragado de manera casi automática. Porque ese ojo amoratado y esa nariz sangrante de Valentina Henríquez, hablan con elocuencia pasmosa. Si tras observarlos y leer su impactante relato asoman más sospechas que conmoción, tal vez es señal de que se es algo menos digno de hacerse llamar humano.
Distinta es la situación de la justicia. En ella sí que debe operar la presunción de inocencia en conjunto con la credibilidad de la denuncia, dos extremos que parecen opuestos y que se equilibran caso a caso, encontrándose en esos puntos intermedios llamados formalización y medidas cautelares. Y otra cosa es también el arte.

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Es cierto, a muchos en estas horas no nos da el estómago para escuchar “Corazón de sandía” o “La medicina”. El fraseo que transformó a Castaldi en el inconfundible Tea Time, hoy parece impregnado sin remedio por la mancha infame de la violencia contra la mujer. La duda inicial mostrada por Los Tetas en su declaración, tampoco hizo mucho por evitarlo.

Pero incluso si de esto devienen condenas, el juicio no puede arrastrar también a una obra que fue clave para la juventud de los 90, y que pavimentó el camino hacia la explosión del funk y el hip hop en Chile. En ello, Castaldi fue un actor más en un reparto que también incluyó a C-Funk, Rulo, Pepino y otros, que encontraron en Los Tetas el vehículo para crear y expresarse (la acusación de “no sospechar” no sólo es un poco afiebrada, sino intoxicada de corrección política).
Por esa razón, al menos en el papel (la realidad es otra cosa), la decisión de “marginar a Camilo Castaldi Lira indefinidamente de nuestra agrupación” debería ser razón suficiente para congelar las represalias de los programadores en contra de canciones y músicos, hoy los justos que pagan por el supuesto pecador. Bien lo sabe David “Rulo” Eidelstein, que incluso suspendió el lanzamiento de su disco solista a causa del revuelo.

“La pelota no se mancha”, dijo Maradona en su despedida del fútbol, como queriendo separar las alegrías deportivas de los entuertos que protagonizó. Michael Jackson, Phil Spector y otros tantos, han dado prueba de que la música también puede ser incólume a los estigmas. Ojalá demos a Rulo y C-Funk la oportunidad de probar si su obra puede correr la misma suerte. Para Tea Time, en tanto, el destino final está en otras manos.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de publimetro.

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