Columna: LATIN POWER

"Mi gente", "Súbeme la radio", "Reggaetón lento" y "Felices los 4", son algunas entre una infinidad de canciones que en los últimos doce meses se tomaron las listas de diversas latitudes.

Por Karen Cordovez

El 20 de enero de 2017 era una fecha llamada a marcar el inicio de uno de los peores momentos para los latinos en el mundo, durante la época reciente. Ese día, llegaba a la Casa Blanca Donald Trump, amparado en buena medida en un discurso nacionalista, populista y anti migración, en el cual los hispano hablantes quedábamos prácticamente reducidos a la categoría de delincuentes. Después de nosotros, no había nada peor, y un muro entre Estados Unidos y México sería la demostración más patente de lo lejos que debía mantenerse a semejante lacra.

Pero como las cosas a veces tienen un orden veleidoso, mientras el magnate juraba en su nuevo cargo, un misil lanzado tres días antes daba justo en el blanco e iniciaba su onda expansiva global. "Despacito" era el nombre de la munición.

Claramente no es necesario que ahondemos en lo que pasó después con aquel tema, pero sí en lo que en buena medida ayudó a incentivar: Que éste, como nunca antes, terminara siendo el año de la cultura latina en el mundo entero.

"Mi gente", "Súbeme la radio", "Reggaetón lento" y "Felices los 4", son algunas entre una infinidad de canciones que en los últimos doce meses se tomaron las listas de diversas latitudes, incluidos muchos países en que poco y nada deben entenderse frases como "y que olvides tu apellido" (in your face, Donald).

Para muestra, basta con acudir a cualquier estadística contemporánea. Radios, ranking Billboard, Spotify, Youtube… En todos ellos, Luis Fonsi, Daddy Yankee y J Balvin son algunos de los que se cuelan en lo más alto.

Será porque el lenguaje universal de la fiesta, el jolgorio y el cortejo se domina con maestría en esta región, y la juventud que determina quiénes se ganan un lugar en esos registros, está ávida de aquello. O porque en tiempos de incertidumbre, amenaza totalitaria y exaltación de lo individual, un rato de evasión reggaetonera tampoco viene tan mal. Quién sabe.

Lo claro es que este año no hubo continente que no se viera teñido de nuestro tono mestizo, aunque haya sido apenas por la ínfima parcialidad que representa la llamada música urbana. ¿Será la mejor muestra que podemos enviarle al mundo? Sin dudas es algo discutible, y no es difícil adivinar que una importante facción de la audiencia mostrará férrea resistencia ante semejante embajador.

Pero no hay mucho que hacer: Ése es en buena medida nuestro pop, inconfundiblemente de acá, irrepetible fuera de esta región, y el más efectivo por estos días.

Sin embargo, está lejos de ser el único que cuenta con ese sello de origen, y quizá el desafío que viene sea demostrar que aquí la cosa no se trata sólo perrear y darle con el látigo, sino de una riqueza muchísimo más extensa, que al mundo también le vendría bien conocer.

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