Columna de Sebastián Cerda: ¿Maltrato a Mon Laferte?

El periodista analiza lo sucedido con la cantante nacional en Lollapalooza Chile este fin de semana

Por Nicholas Townsend

"Yo tenía un show bien bonito con pantallas, pero no me dejaron usarlas. Mala onda, hay que tratar igual a los artistas chilenos (…) Por la chucha que nos tratan mal en nuestro propio país", se quejó Mon Laferte sobre uno de los escenarios estelares de Lollapalooza, ante cerca de 50 mil personas.

Efectivamente, la intérprete de "Tu falta de querer" no pudo hacer uso de la pantalla central durante su show del pasado fin de semana en Parque O'Higgins. Mala cosa. Sin dudas habríamos querido encontrarnos con la propuesta completa que la artista ideó para la ocasión, y que no pudo llevar a cabo.

Al fragor de esa frustración, entonces, se entiende su reclamo, pero una vez que hemos respirado profundo la perspectiva cambia, porque el planteamiento de la cantante omitió algo: Que prácticamente no hubo artista que entre el sábado y el domingo se viera posibilitado de concretar su plan original, durante el octavo Lollapalooza chileno.

La crisis logística provocada por la tormenta en Argentina —que terminó con la edición trasandina cancelada y los aviones estancados en la loza bonaerense— salpicó a todos. Las Pelotas saltó del bloque de las 14:00 al de las 16:00, Spoon pasó del sábado al domingo, Tash Sultana cambió el escenario Acer por el VTR, Royal Blood dejó el Itaú y se fue al Acer, The Neighbourhood bajó sus minutos de 60 a 30, Oh Wonder actuó en formato reducido, Zara Larsson se presentó con los equipos de Camila Cabello, y así suma y sigue.

Visto de ese modo, el reclamo de la cantante chilena puede sonar no sólo poco empático y algo caprichoso, sino incluso desubicado. Está claro que verse imposibilitado de usar un recurso puede ser decepcionante, pero parece evidente que no se trató de un asunto personal, sino generalizado: Hubo una adversidad que afectó a todos, y fueron muchos los que pagaron los platos rotos, incluyendo a los que, con su mejor cara, se mostraron dispuestos a poner el hombro para amortiguar el golpe.

Y eso independiente de su nacionalidad, porque el reclamo de la artista es doble: Está el incidente preciso, pero también está la denuncia en torno a un maltrato permanente que enfrentarían los chilenos en Chile, simplemente por ser locales.

Algo de cliché hay a estas alturas en una frase como ésa. Se repetía bastante de los 90 hacia atrás, sobre todo en boca de artistas de menor tonelaje o de apartados menos populares, que reclamaban por el poco espacio que encontraban en los medios, por ejemplo.

A otros, en cambio, ese espacio rara vez les faltó, como no le ha faltado a Mon Laferte desde hace un par de años, cuando las canciones de su penúltimo disco comenzaron a conquistar a la audiencia y a los mismos medios de comunicación.

¿Que antes de eso peló el ajo? Por supuesto, como lo pelan miles de artistas que buscan su lugar, y que viven el proceso de desarrollo de su obra y consolidación de su perfil. No hay nada traumático en ello, ni tampoco es patrimonio de Chile, como prueban los primeros dos discos que ella misma editó en México con acotadísimo impacto. La propia cantante ha ahondado en las adversidades que voluntariamente partió a enfrentar al Hemisferio Norte, cuando decidió que ésa era la mejor manera de sepultar a Monserrat Bustamante y permitir el nacimiento de la estrella que es hoy.

Queremos a Mon Laferte. Estamos orgullosos de sus logros, nos conmovemos con su éxito y nos emocionamos con el viaje afectivo que representan sus canciones. Quizá ese mismo cariño es el que hoy nos permite abordar esta salida de libreto sin tanto alarde y apelando a una adecuada ponderación de factores. Sobre todo antes de hablar delante de 50 mil personas.

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