Columna de Sebastián Cerda: En nombre de la libertad

Nuestro columnista reflexiona sobre lo ocurrido en el Museo Histórico Nacional y la muestra llamada "Hijos de la libertad"

Por Sebastián Cerda

“No aclares, que oscureces”, reza un dicho extendido a lo largo de toda América Latina, y cuya elocuencia hace innecesaria cualquier explicación (fiel a su propia naturaleza, en la búsqueda de aclararlo podríamos oscurecerlo).

A algo así recuerda el afán de justificar lo injustificable visto en los ex encargados del Museo Histórico Nacional, a propósito de la inclusión de la figura de Augusto Pinochet en una muestra llamada “Hijos de la libertad”.

Así, mientras la respuesta oficial del recinto hablaba de una cita cuya presencia no estaba “debidamente aclarada”, el curador de la exposición apeló al rol de “provocar” que deben tener los museos, y a que “quizás faltó una explicación mejor” en torno a los fines.

Pero lo cierto es que ninguna de las excusas logra llegar a puerto, y que cuando se decide jugar con fuego simplemente no debe haber margen para el error.
Podemos detenernos en las comillas ausentes en la cita del dictador, falta que lleva de inmediato a ubicar la exaltación del golpe de estado dentro del marco explicativo y contextual provisto por el propio museo.

O tal vez en la idea errónea de que “provocar” no consiste en incentivar la reflexión y el cuestionamiento de cánones, sino en llevar hasta el límite la tolerancia del espectador, el respeto por el mismo, e incluso la validación de su experiencia traumática. Aguijonearlo, para ser concretos.

Pero no se trata ni siquiera de eso, sino de algo más elemental: La sola inclusión de Pinochet en una muestra denominada “Hijos de la Libertad” (valor que el dictador buscó combatir, antes que promover), y su disposición como uno más entre Andrés Bello, Gabriela Mistral, Elena Caffarena y Patricio Aylwin, son simplemente indignas de personas que pretendan hacerse llamar agentes culturales, y desempeñar tal cargo en nombre del Estado.

No es una cuestión de derechas e izquierdas, y ni siquiera de sensibilidad y memoria, sino de principios básicos que deben primar en el marco de una sociedad democrática y de una proyección hacia la tierra derecha del siglo XXI.

En ese sentido, no es que haya que meter el contenido indeseado de nuestra historia bajo la alfombra, pero sí exponerlo bajo ciertos estándares, compartidos incluso por miradas disímiles. “Pinochet” y “Libertad” no son términos compatibles, y la universalidad de esa discordancia quedó suficientemente probada en el origen de las sanciones a los responsables de la muestra (un gobierno de derecha).

Ojalá terminemos de asimilar esto de una vez, como ya han hecho varios países que han pasado por tránsitos similares. Podríamos hacerlo, por ejemplo, en nombre de la propia libertad.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de publimetro

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