El beso estelar de Mon Laferte

Columna de Sebastián Cerda

Por Sebastián Cerda

La canción rota desde hoy en radios y plataformas digitales. “El beso” es el nombre de lo nuevo de Mon Laferte, adelanto de un disco que debería ver la luz antes de que termine el año, pero que desde ya proyecta a una artista en pleno vuelo hacia nuevas cumbres en las cuales instalar su bandera.

Lo primero que se olfatea es la expansión: si entre los ciclos de “Vol. 1” (2015) y “La Trenza” (2017) la viñamarina se mostró tributaria de la gran tradición popular latina, el período que ahora se abre parece verla conectada con nuevas inquietudes, nuevos sonidos, pero sobre todo, con la contemporaneidad.

“El beso” es una pieza rítmica, contagiosa y bailable. Sabrosa, podríamos decir, una característica que tan bien explota Mon Laferte cada vez que se lo propone. Pasan pinceladas de salsa, de mambo, dando cuenta de una vocación tropical incluso más decidida que la de su adelanto discográfico anterior, la ya popular cumbia “Amárrame”.

Hay cierta proximidad con el mundo urbano en la rítmica, mientras que el paisaje general parece impregnado de esa alegría que hoy suele primar en las galas musicales del continente, ya sin el dejo vintage y nostálgico que la chilena había transformado en sello, y configurando quizá una llave maestra para abrir la puerta a nuevos territorios, sin que ello implique cerrarla en los ya conquistados.

Un video de buena factura y evidente presupuesto, coronado por un Diego Luna que aún no termina de bajarse de “Rogue One” (“Star Wars”), completan la salida a la luz de este sencillo, que al igual que el próximo disco cuenta con la producción de Omar Rodríguez-López, líder de The Mars Volta, con quien trabajó en los reputados estudios Capitol de Los Angeles.

Sólo nombres estelares, entonces, de cara a una placa que nos ratificará cuánto de lo que hoy se esboza estará definitivamente presente en la nueva etapa, aunque desde ya se perciba a una Mon Laferte distinta, una que ahora nos habla desde un nuevo estatus. Pero, momento… ¿Cuántas veces hemos dicho eso en los últimos tres años? Varias, por cierto.

Quizá, entonces, este beso ya no sea señal de ascenso alguno, sino la definitiva ratificación de una artista que ya instaló un refugio en la cumbre, que hoy sólo amplía y retoca. Una figura que vuela desde hace rato en lo alto, sólo que en ese vuelo aún no vislumbra un techo que la detenga.

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