Columna de Sebastián Cerda: La (IN)Cultura de la Pifia

"No parece ser la forma en que queremos entender el arte ni, menos, la construcción de una sociedad. Tampoco el rostro con que queremos volver a ver a un público antaño amable y agradecido, como ha sido siempre el del Festival de Talca", señala.

Por Sebastián Cerda

La imagen está ligada de modo casi excluyente al Festival de Viña del Mar: Un público que, cuando un espectáculo no está llamando su atención, le propina un sonoro abucheo, que la llegada a millones de televidentes transforma al instante en mancha indeleble, que no hay cómo sacar.

Nos guste o no, ya es una característica del evento, de la que han sabido sobre todo humoristas. La mayoría, tipos que han errado la propuesta, la dosis de tino o la lectura del contexto, llevando al límite la paciencia de gente que ve cómo sus minutos se consumen en números de nulo aporte.

Quizás lo anterior permitiría comprender la hostilidad de la pifia, mas no defenderla. Porque detrás de esa actitud de jauría, de ese falso envalentonamiento catalizado por el anonimato de la masa, no sólo se da rienda suelta a las más primarias pasiones, al libre flujo de los impulsos. Allí se edifica además una verdadera ceremonia de sepultación de la tolerancia y la diversidad (en este caso, de gustos), para ubicar en un lugar preponderante el ánimo individual y la búsqueda de goce instantáneo (hallado en la propia acción de abuchear o en el cese de un espectáculo que no está siendo del agrado personal).

Viña ha visto eso. Allí no sólo se han pifiado números artísticamente mediocres. De las garras del "monstruo" también supieron destacadísimos artistas que ese día, a esa hora y en ese lugar, no engancharon con el "respetable". Lucio Dalla, Ricardo Cocciante, Willie Colón, Los Tigres del Norte, y hasta el mismísimo Lucho Gatica, son algunos de los que engrosan esa vergonzante lista.

Guardando las proporciones, a algo así recordó lo ocurrido recientemente en Talca, donde las 150 mil personas que abarrotaron la ribera del río Claro, resultaron aun más ejemplificadoras de los rasgos tras la dinámica.

Por cierto, Radagast no es Lucho Gatica, pero sí es un artista pulido en las tablas de los teatros, donde ha encontrado el éxito al alero de públicos que entienden la necesidad de desarrollar un show, y que los espectáculos no siempre tienen que cocinarse a fuego rápido, porque es precisamente en el manejo de los tiempos donde está la clave de su resultado.

Seguro que en una asamblea a todas luces heterogénea como la de Talca, había miles de asistentes dispuestos a entrar en ese juego, pero no fue posible, y la causa no estuvo necesariamente en el desempeño del comediante, sino en la imposición del propio interés que hizo una facción de la audiencia por sobre la otra. Un bando que comenzó a pifiar prácticamente de entrada, poniendo a rodar un círculo vicioso en el que luego entran la incomprensión del artista y el arribo de nuevos silbadores, haciendo que la debacle se vuelva inevitable.

Dos noches después, Hugo Varela estuvo cerca de transformar la excepción en tendencia, pero ese insigne carácter flemático del argentino, que parece volverlo impermeable a cualquier contratiempo, le permitió retirarse sin mayores sobresaltos.

Quizás muchos apelen a la libertad de expresión o a la idoneidad de la oferta para justificar lo ocurrido en el Maule, pero la aceptación sin más de ambas excusas puede llevarnos, paradójicamente, a la torcedura de los mismos principios: Libertad de expresarse, como libertad de insultar; desinterés hacia una propuesta, como derecho a suprimirla.

No parece ser la forma en que queremos entender el arte ni, menos, la construcción de una sociedad. Tampoco el rostro con que queremos volver a ver a un público antaño amable y agradecido, como ha sido siempre el del Festival de Talca.

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