Columna de Sebastián Cerda: People meter, un elástico a punto de cortarse

¿Cuánto tiempo más seguiremos estimando qué es lo más y menos visto sobre la base de una muestra apenas representativa (cerca de 600 hogares), permeable a torceduras, y en la que se espera un comportamiento que ya parece superado por la modernidad?

Por Sebastián Cerda

Simple constatación de escenario: en la nueva configuración de los medios informativos online, cualquier cosa puede dar pie a una noticia, y las publicaciones de famosos en redes sociales ya se han transformado en un nuevo frente. Casi siempre, frases nada determinantes, aunque lo suficientemente moldeables en la escala de los titulares, como para que terminen sirviendo de granada en la batalla diaria por el tráfico.

Pero de vez en cuando es posible encontrar algo digno de considerar en ese océano de irrelevancia. Como sucedió esta semana con Katherine Salosny, quien llamó la atención por un tuit en que planteaba su hastío con los mecanismos vigentes para medir sintonía en televisión.

“Hasta cuándo la TV abierta se valida con un sistema de medición online obsoleto, que viene de los 90 y que no representa los tiempos de hoy?”, se preguntó.

Los más suspicaces pensarán que la animadora sangra por la herida, al estar a cargo de un espacio que aún no luce del todo consolidado (“No culpes a la noche”). Pero dejando esa sospecha de lado, su publicación no expresa otra cosa que una duda anclada en el más puro sentido común.

La fuerte pelea en "Resistiré" que hizo subir el rating del reality de Mega

Dos hechos marcaron el capítulo y lo convirtieron en uno de los más impactantes y más vistos del programa.

En pleno período de cambio en los hábitos de consumo de las audiencias, ¿cuánto tiempo más seguiremos estimando qué es lo más y menos visto sobre la base de una muestra apenas representativa (cerca de 600 hogares), permeable a torceduras, y en la que se espera un comportamiento que ya parece superado por la modernidad?

El de la animadora no es un capricho. El tema hace rato está en el aire, y en los últimos días ha cobrado inusitada fuerza, con diversas voces coincidiendo en la alerta. Una de ellas fue la de Sergio Nakasone, quien en La Tercera defendió la vigencia de los reality show, señalando que “lo que está obsoleto es el sistema de medición de rating. El público que sigue este tipo de programas lo ve por otras plataformas y no sólo por la TV”.

“Pacto de sangre”, la teleserie de Canal 13 que acaba de llegar a su fin en calidad de fenómeno, es prueba de ello. Estaba en boca de todos, marcaba tendencia, generaba ruido, y sin embargo su performance en el rating convencional lucía apenas aceptable. En contraparte, los streams en la web de la estación iban al alza, con miles de personas saltándose la irracionalidad horaria de nuestra pantalla (sana decisión), para seguir la historia en el momento que más les acomodara.

La industria discográfica necesitó llegar al borde de la extinción para entender la relevancia de este tema. Hasta 2014 seguía repartiendo discos de oro y platino, además de posiciones en rankings como el Billboard, a partir de algo que estaba absolutamente en el suelo, como era la venta de copias físicas. Hoy, en cambio, ya operan algoritmos que consideran las reproducciones en plataformas, descargas digitales y rendimiento en redes sociales, entre otros aspectos. Un replanteamiento que implicó salir de una añosa zona de confort, pero que asomó sensato y necesario, cuando lo que estaba en juego era algo tan urgente como la supervivencia.

Se supone que la televisión digital podrá corregir esta distorsión a partir de su propia naturaleza, pero quizá ese destino aún asome demasiado lejano como para sentarse a esperarlo. Hoy mismo pueden incorporarse a la ecuación otros elementos, que tal vez generen algunos efectos no deseados, como los vistos en los medios informativos online. Pero incluso eso puede ser preferible ante la alternativa que la extensión del orden actual deja, y que no es otra cosa que, en materia de rating, insistir en someternos a una dictadura de cánones rancios y anacrónicos.

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