Eco Arquitectura

Apostando por la arquitectura vernácula tradicional, con técnicas constructivas originarias de sudamérica, y el reciclaje como principal protagonista, el joven arquitecto Manuel Dörr ha desarrollado más de 10 proyectos entre Chiloé y el Valle del Aconcagua. Su propuesta exterior e interior es simple: ser amigables con el entorno.

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Criado entre el campo, la cordillera y Santiago, Manuel Dörr es un joven arquitecto de la Universidad de Chile, que sobresale por su propuesta de una arquitectura que mezcla necesidades y ritos propios de la cultura. Sus principales betas de trabajo son la arquitectura vernácula tradicional y aquella que rescata el patrimonio, para darle nuevamente vida.

Todos sus proyectos (más de 10 construidos entre Chiloé y el Valle del Aconcagua) tienen como base la mirada arquitectónica que busca retroceder a lo antiguo, a lo original, dando vida a apuestas únicas en forma y fondo.

Casa del Valle de Aconcagua

Uno de sus proyectos es la Casa del Valle de Aconcagua, que se emplaza entre los faldeos de los cerros que rodean al valle y cultivos de paltos, en un futuro parque de 4 hectáreas. La casa se posa entre tres muros de hormigón que se abren hacia el valle, generando una serie de patios que gradúan el espacio desde el interior al exterior, inspirado en las construcciones coloniales de la zona. También rescata la pureza de líneas y horizontalidad de las casas patrimoniales, junto con ritmos generados en la repetición de volúmenes y pilares. Está construida casi en su totalidad de maderas recicladas, excepto el forro interior, que es tabla de pino de primer corte; los pilares que se utilizaron eran los que sostenían los túneles del tren que iba a Mendoza desde Los Andes, y los tabiques de toda la vivienda son acústicos. En este proyecto se retomó además el reciclaje en la arquitectura, pero esta vez no de un edificio en desuso ni de una ruina, sino de 10 tipos de maderas nativas reutilizadas, que fueron obtenidas de una lechería que se calló en el terremoto de 2010, de los túneles del tren que unía Los Andes con Mendoza, de una bodega de Valparaíso y de un galpón en Valdivia.

En este proyecto se distribuye el espacio a la manera que tiene la arquitectura tradicional del valle central, donde uno se aproxima a la vivienda a través de una sucesión de patios y espacios contenidos, y no se accede desde el parque o espacio abierto directamente a la casa. Esta manera de distribución es única y muy propia de la arquitectura propiamente chilena, que adaptó las costumbres españolas e indígenas a este territorio, para pulirse durante 400 años, dando como resultado una arquitectura con grandes beneficios sustentables, térmicos, espaciales y constructivos.

“En el valle central hemos tenido, entre el año 1552 y 1960, treinta terremotos sobre 7 grados en la escala de Richter, lo que generó que los métodos constructivos aplicados por albañiles, alarifes y luego arquitectos, se adaptaran a la condición sísmica de Chile, desarrollando procesos antisísmicos altamente eficaces, y adaptando no sólo la construcción sino también la arquitectura a la geografía, generando un nexo el lo que serían las necesidades y los ritos” , explica Manuel Dörr.

Por ello, los corredores que rodean las casas de campo –espacios infaltables en la vida campesina, característicos e identitarios– responden no solamente a la usanza de compartir a la sombra del alero, sino que son complementos estructurales fundamentales para las casas de pesados muros de adobe, a modo de contrafuerte, arriostrando los muros desde el exterior, mientras la sólida estructura de madera de la techumbre los afirma desde el interior.

En este sentido, el arquitecto asevera que “es muy importante desestigmatizar la arquitectura tradicional chilena de “peligrosa” o culpable por los daños del terremoto, ya que “en la totalidad de las casas de adobe que se cayeron, en la zona que recorrí después del terremoto de 2010, entre Requinoa y Villa Prat (VI y VII Regiones), los culpables fueron malas intervenciones y graves problemas de mantención básica, considerando que estas casas en promedio habían sido construidas en 1910; es decir, ya habían resistido 7 terremotos sobre 7 grados Richter”, concluye.

Centro de Eventos Las Mercedes

En Requinoa se levanta otro de los proyectos destacados de Manuel Dörr, el Centro de Eventos Las Mercedes. Su confección surge tras el profundo interés del profesional por los detalles constructivos que había “acumulado” nuestra arquitectura vernácula durante más de 300 años de adaptación a las costumbres, geografía, clima y materiales del valle central, iniciando así un recorrido tras el terremoto del 2010, con el fin de rescatar pautas y encontrar maestros y campesinos que conservaran todavía estos conocimientos.

El desarrollo de este proyecto rescata un método constructivo tradicional (vernáculo) llamado “Quincha”, de gran presencia en campos y ciudades del valle central, y que sólo se lleva a cabo en algunos apartados sectores del secano costero. El proceso combina el uso de la madera con el del barro como aislante y terminación, registrando los tiempos del “podrido del barro”; la incorporación de la paja de trigo seca y su aplicación en diversas capas; el revoque, el enlucido y el afinado, la terminación en “caceína” a base de tuna y leche de vaca; y la terminación en cal a base de tuna. Hoy se encuentra realizando proyectos con esta técnica y un grupo de maestros capacitados en los alrededores de Curicó.

Sobre Manuel Dörr

En su búsqueda por entender y aprender sobre las técnicas originarias de cada zona, Dörr ha recorrido en forma intensa gran parte del valle central, desde el Aconcagua hasta Concepción, y también Chiloé –tanto insular como continental–, conviviendo con sus habitantes, compartiendo en sus cocinas y en su día a día, sin dejar de lado la croquera, su cámara de fotos y las ganas de aprender y de rescatar técnicas, detalles y oficios en sus proyectos.

Ha profundizado sus estudios sobre la arquitectura vernácula mexicana, en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, donde tuvo la oportunidad de participar en construcciones de viviendas y centros comunitarios tradicionales de manera colectiva.

Asimismo, en el marco de su proyecto de título –la propuesta de reconstrucción de las ruinas de las primeras bodegas subterráneas de la Viña Errázuriz, en Panquehue, V Región, que datan de fines del siglo XIX y habían sido abandonadas después del terremoto de 1906– se enfrentó a un tema que hoy es otra de sus pasiones: la ruina, el patrimonio en desuso, algo que comparado con el patrimonio vivo, podría llamarse patrimonio “muerto” empezando con el tema del “reciclaje” en la arquitectura, para volver a dar vida algo que queda relegado al desuso y olvido. Su proyecto no era reconstruir los sectores dañados, sino afianzar y consolidar estructuralmente las ruinas, para en su interior recibir a la “posada del vino”, que articula la ruta vitivinícola del valle del Aconcagua, albergando 20 piezas en suite y el SPA “Termas del Vino”, único en Chile en ofrecer vinoterapia.

Con la Fundación de Amigos de las Iglesias de Chiloé, participó también en la primera etapa de la restauración de la Iglesia Nuestra Señora de Gracia de Villa Quinchao, la más grande de la zona, con mil metros cuadrados construidos en madera mediante técnicas de carpintería propias de la escuela Chilota de Carpintería de Rivera.

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