Terremoteados

Por Diego J. Pedraza Plaza / Arquitecto PUC / Socio B-Green Chile S.A. / [email protected] / www.b-green.cl

Por Por Diego J. Pedraza Plaza / Arquitecto PUC / Socio B-Green Chile S.A. / [email protected] / www.b-green.cl

No tiene sentido hacer listados de los terremotos o sismos fuertes ocurridos en cualquier período de tiempo en Chile (y en prácticamente todo su territorio), porque todos sabemos que ya son incontables sólo dentro de nuestra memoria de corto plazo. Así que me salto el listado (son más de 70 terremotos registrados en detalle desde el año 1550, más de 20 de ellos de magnitud 8 o mayor en escala de Richter).

Lo que me interesa es entender la relación entre nuestras ciudades (y sus habitantes) y estos eventos catastróficos en un país que se podría definir como una angosta franja de tierra que cae muy lenta pero indefectiblemente desde la cordillera de Los Andes (cuya bandera de lucha son 2.000 volcanes, más de 500 activos) hacia el Océano Pacífico (que oculta estoico el choque de placas más mortífero de la tierra). O sea, nadie se salva, no hay lugar seguro; o te traga la ola, o te traga la tierra o te sepulta la explosión de un volcán. Y sin embargo aquí estamos, a 5 días de la ocurrencia de uno de los terremotos más fuertes que ha habido en nuestra historia, como si nada. A decir verdad, no sólo como si nada, sino que además con un “18” entero en el cuerpo… Y seguimos vivos, y hasta felices diría yo, con las honrosas excepciones de aquellos que sufrieron las consecuencias directas del sismo.

Tal vez hoy nuestras ciudades resisten mejor los embates de la naturaleza gracias a un cuerpo robusto de profesionales de la construcción que ya por varias generaciones se han entrenado en levantar edificios que resisten (casi) todo, permitiéndonos gritar (tristes y orgullosos a la vez, una extraña pero posible combinación), por ejemplo, que el terremoto y posterior tsunami del 27F del 2010 (magnitud 8,8 Richter; el 8° más fuerte registrado en la historia; el segundo de Chile después del de Valdivia en 1960; afectó toda la zona central de Chile desde Valparaíso a La Araucanía, donde se concentra el 80% de la población; que destruyó casi por completo ciudades como Constitución, Talcahuano y Cobquecura; que derrumbó por completo los centros históricos de Curicó y Talca y, el posterior tsunami –¡no avisado!– que azotó todas las ciudades y caletas costeras entre la V y la IX regiones, destruyendo en algunos casos lo poco que había dejado el terremoto, una verdadera pesadilla) sólo mató a 500 personas. Siempre es triste la muerte, pero si lo comparamos con el terremoto de Haití, que liberó 300 veces menos energía que el 27F y que le costó la vida a más de 300.000 personas, podemos declarar seguros que al menos en algo sí que somos muy buenos: resistiendo los fenómenos naturales más temidos por el hombre en su corta historia, una y otra vez, hasta siempre. Y me parece que ese “algo” tiene relación con el construir de una manera sustentable, una de cuyas premisas esenciales es justamente diseñar y construir edificios y ciudades que no se derrumben o colapsen con un terremoto (o tsunami), y que por lo tanto duran muchos años, resistiendo una y otra vez… Hay una dignidad enorme en esa resistencia y un mérito equivalente para los que la han construido.

Ese es el primer paso… Faltan muchos otros para que nuestras ciudades tengan un buen estándar en sustentabilidad, y uno de los más importantes (asociado a terremotos y maremotos), es la calidad de las viviendas que se entregan a los que perdieron las suyas; en general esta ha sido la otra cara de la moneda. Por un lado la infraestructura mayor (edificios en altura públicos y privados, infraestructura del Estado, edificios institucionales, colegios, hospitales, centros de justicia, carreteras, puertos, etcétera) no sufre daños mayores; en la otra cara, la inmensa mayoría de los damnificados lo son porque perdieron sus casas, y es aquí donde a mi parecer fallamos: las viviendas “de emergencia” no son diseñadas, construidas e instaladas bajo ningún criterio “sustentable” porque se perpetúan en el tiempo, transformándose en “definitivas”, o bien cuando llegan las “definitivas”, se instalan en lugares inadecuados, sin planificación urbana alguna, sin áreas verdes, sin infraestructura básica.

Parece ser que ya nos titulamos de grandes constructores de edificios pero nos falta mucho para ser constructores (al menos re-constructores) de ciudades. Y mantenerlas.

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