Argentinos le desfiguraron la cara a golpes porque creían que era chileno y su madre dedica desgarradora carta a los atacantes

“En Chile le dicen “Che”, en Argentina lo llaman “Chileno”. Mi hijo nació en Mendoza pero fuimos a vivir a Chile cuando él tenía apenas 2 años y medio. La mayor parte de las veces, tanto “che” como “chileno” son apodos simpáticos y de buena onda que tiene relación con su acento que no es de aquí ni es de allá", escribió la madre.

Por Nathaly Lepe

“Así que sos chileno” le dijeron y lo atacaron brutalmente, golpeando su cara hasta provocarle diversas fracturas. El caso ocurrido la semana pasada en Mendoza y que conmocionó a los transandinos, ya tiene algunos detenidos y una familia destrozada por la tragedia.

El joven quien vive en Chile hace 16 años, estaba de regreso en su país para celebrar su cumpleaños número 18 cuando sufrió el ataque.

La familia, acusó desidia de la policía porque se negaron a investigar e incluso aseguraron que eran ellos -los padres- los encargados de entregar a los agresores.

Lo ocurrido motivó a la madre a desahogarse a través de las redes sociales, donde publicó una desgarradora carta con lo sucedido.

Fabio es un estudiante de primer año de licenciatura en matemáticas. Es un deportista… y tanto puedes verlo activo en una clase de zumba como jugando en una liga de fútbol en Chile o en un partidito entre amigos. Es también un joven con una agenda social muy concurrida. Popular, sociable, bromista y amable, es el típico chico que siempre está invitado a fiestas”, comienza el texto.

“En Chile le dicen “Che”, en Argentina lo llaman “Chileno”. Mi hijo nació en Mendoza pero fuimos a vivir a Chile cuando él tenía apenas 2 años y medio. La mayor parte de las veces, tanto “che” como “chileno” son apodos simpáticos y de buena onda que tiene relación con su acento que no es de aquí ni es de allá. Su forma de ser y su forma de hablar son un sincretismo cultural entre ambos países”, agregó.

“En la madrugada del sábado 2 de diciembre “chileno” no fue un sobrenombre bromista. Ese día, “chileno” fue un insulto, cuando una patota de 6 rapaces sancarlinos acorraló a mi hijo, lo golpearon cobardemente por la espalda y, cuando estaba indefenso, le patearon el rostro hasta que llegó ayuda y los pusieron en fuga”.  

“Me llena de rabia y de impotencia el hecho de tener que agradecer que no perdió el ojo, de tener que agradecer que no tiene daño cerebral, de tener que agradecer que no lo mataron. No quiero agradecer. No tendría que agradecer. No fue un accidente, no fue un azar del destino. Fueron las manos y los pies de un grupo de jóvenes lleno de maldad. No fue un momento de ofuscación ocasionado por una discusión. No fueron conocidos que se enojaron y se fueron a las manos. No puedo achacar esa agresión a una furia ciega. No fue ciega. Fue completamente consciente y xenofóbica. No tiene ni un solo moretón en el resto del cuerpo. Ni un solo rasguño. Todos los golpes fueron dados intencionadamente donde más daño podrían ocasionar: en la cabeza”, siguió.

“Hoy le pusieron fijaciones al maxilar. Le ajustaron las fracturas de la mandíbula. Le enderezaron, tanto como posible, los dientes que fueron posibles salvar. Está a la espera de su turno para operar. Va a tener que llevar una placa para mantener unidos los pedazos de la mandíbula. Va a tener que realizar algunos implantes dentales por piezas perdidas. Va a tener que resignarse a perder su participación en los play-offs y la final del campeonato de fútbol en su último año de liga juvenil. Va a tener que gestionar con su Universidad alguna alternativa para los exámenes que va a perder en su proceso de recuperación y rezar para no perder el semestre. Va a tener que convivir con las secuelas físicas y psicológicas de esta agresión por el resto de su vida. Y va a tener que responder a interrogantes imposibles de predecir sobre su futuro: ¿Va a rever su actitud confiada y desenfadada que siempre lo ha caracterizado? ¿Va a temer salir de noche solo? ¿Va a tener miedo de que lo agredan físicamente en cada discusión que tenga en el futuro? Y seguramente otros tantos imponderables que todavía no alcanzamos a ver en el horizonte”.

“Hoy lo que quiero es justicia. Es ver que se mueven las instituciones que nos deben proteger. Lo que quiero es que los jóvenes puedan caminar por las calles sin temer a un grupo de conocidos pandilleros. Es que caminen sin mirar sobre el hombro. Hoy lo que pido es que cada testigo declare. Que hable. Que cuente lo que vio. Que golpee la puerta de la fiscalía hasta que se desborde de testimonios y no les quede otra cosa por hacer que actuar. Que se demuestre que los actos sí tienen consecuencias. Que la impunidad no existe. Que la razón y la ley son para todos”.

“Por último, quiero decir que no hemos perdido la fe en la humanidad. Sí estamos llenos de rabia y de impotencia por este acto de pura maldad. Pero tras la crueldad de esta agresión nos han llegado múltiples manifestaciones de bondad, de generosidad, de calidez y compasión por parte de familiares, amigos, conocidos e incluso de desconocidos”, concluyó la madre.

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