La pequeña y desconocida especie que puede salvar los océanos de los devastadores efectos del calentamiento global

Para analizar muestras más antiguas, los investigadores recurrieron a colecciones de museos, lo que les permitió probar la escasa variación sufrida por la especie.

Por Nathaly Lepe

Los océanos absorben cerca de un cuarto del dióxido de carbono -CO2- que se emite a la atmósfera, el que ha aumentado dramáticamente después de la Revolución Industrial.

Este componente reacciona al tomar contacto con el agua, lo que provoca una diminución en el Ph del agua, en un proceso que es conocido como la acidificación del agua.

Los estudios han demostrado que esta acidificación podría ser perjudicial para algunos organismos que habitan los océanos.

Por eso el estudio realizado por el Consejo de Investigación del Ambiente Natural británico (BAS, por sus siglas en inglés) y publicado este miércoles en la revista Global Change Biology cobra tanta relevancia.

La investigación concluyó que una especie prácticamente desconocida, la de los braquiópodos, estarían mejor adaptados para enfrentar esa acidificación del agua, ayudando de alguna manera a evitar los efectos del CO2 en los océanos.

Concha Reproducción BAS

“Los braquiópodos poseen una gran concha en comparación con su pequeño tejido animal, y la mayoría de ellos tienen más del 90% de esqueleto. Como son altamente dependientes del proceso de fabricación de conchas, se teme que sean extremadamente vulnerables a la acidificación de los océanos y al cambio ambiental”, dice el informe del BAS.

“Esto es significativo ya que los braquiópodos están presentes en todos los océanos del mundo y proporcionan un hábitat para una amplia gama de animales, cualquier cambio en su abundancia podría tener consecuencias más amplias para los ecosistemas marinos”, agrega.

Los investigadores recolectaron braquiópodos de la especie Calloria cada diez años -excepto en la década de 1990- y determinaron que durante los últimos 120 años seis características clave en los caparazones de estos crustáceos permanecieron sin cambios.

Para analizar muestras más antiguas, los investigadores recurrieron a colecciones de museos, lo que les permitió probar la escasa variación sufrida por la especie.

El equipo estudió más de 380 especímenes de varios museos e instituciones de investigación, recopilados de un solo sitio específico en Nueva Zelanda. Se evaluó la forma, espesor y composición de la concha para examinar cómo estos invertebrados marinos comunes respondieron a los cambios en su entorno durante los últimos 120 años.

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