Los Olímpicos del miedo

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Debe ser por el fantasma del atentado del 7 de julio del 2005, cuando cuatro mochilas cargadas con bombas provoca- ron 56 muertos y 700 heridos, que los británicos han extremado los protocolos de seguridad a extremos casi de locura. Ayer un simple accidente de tránsito, ciclista atropellado por un bus de transporte interno de los Juegos, provocó la suspensión completa de la movilización entre el parque olímpico y el centro de Londres.

Es cierto que ese malogrado ciclista transitaba por las calles internas del parque, las que están cerradas para el público y en las cuales, además, no pueden circular bicicletas. ¿Cómo llegó ahí? ¿Quién era esa per- sona? En el momento de escribir esta columna, pasada la medianoche en la capital del Reino Unido, no tenía esos datos. El tema es otro. ¿Cómo un pequeño accidente de tráfico puede provocar una distorsión tan grande? ¿Qué va a pasar si llegan a chocar dos buses? ¿Cieran las fronteras?

Pienso que el efecto de este hecho azaroso es el contrario al que buscan los organizadores. La sensación es que basta con hacer algo muy pequeño para provocar el caos.

Vivimos en la época del terror, del miedo. Está bien puesto el término “kafkiano” para el incidente del miércoles. Pasó algo terrible, nadie entiende, todos corren, las informaciones son contradictorias… Lo único certero es que “debemos” sentir miedo. Hay un enemigo que quiere destruir los Juegos, hay terroristas deambulando por ahí, hay bombas escondidas en los pliegues y las esquinas, hay malvados venidos desde las estepas para matarnos.

Como en el “Desierto de los Tártaros” de Dino Buzatti, hay que mantenerse en la atalaya armados con la vieja carabina esperan- do al enemigo que nunca llegará (y tal vez descubramos que el enemigo es el más poderoso de todos, la paranoia, la credulidad, la ignorancia).

Por casualidad del destino estuve en San Francisco y Nueva York en octubre del 2001, un mes después de la caída de las Torres Gemelas. Una tarde en el hotel King Edward hubo un corte de luz. La mayoría de la gente, poco acostumbrada a estas cosas, salió huyendo dando alaridos. En el lobby sólo quedamos un botones y yo. Por su aspecto me pareció que era latinoamericano y le dije en castellano: “En Chile se pasa cortando la luz”. El botones me contestó: “Yo soy peruano de Arequipa, viví en medio de la guerra contra Sendero Luminoso. Después de eso no me asusta nada. Osama Bin Laden no es peor que Abimael Guzmán”. Él siguió en su puesto de trabajo y yo continué tomándome mi café relajadamente, mientras el resto de la humanidad parecía sumido en el Armagedón.

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