¿De quién es la torta?

La comentarista analiza el presente de los Juegos Olímpicos.

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Los protagonistas de los Juegos de Londres se las han arreglado para reclamar lo que no les parece, a través de las redes sociales, sin importarles las advertencias de los organizadores y de sus propias federaciones acerca del cuidado que debían tener de no “publicar” nada en contra del olimpismo. Tampoco información que les sirva a los rivales. Sin embargo, a algunos, con las ideas bien plantadas, poco y nada les han importado las amenazas de sanciones. Simplemente reclaman por lo que creen les corresponde por derecho. Y en este caso es por la derogación de la regla 40 de la carta olímpica.

¿Que dice la regla? Que ningún deportista podrá hacer publicidad, gratis o pagada, durante los Juegos, como tampoco durante el “breve” período de tiempo justo después de la cita. No se describe que tan breve puede ser ese lapso, dejando abierta la posibilidad de recibir castigos y multas según los criterios personales de los dirigentes del COI. Peligrosa herramienta con la que cuenta el organismo a la hora de decidir joderles la carrera a aquellos deportistas que les hayan causado cualquier dolor de cabeza durante el accionar de su más preciada fábrica de billetes, los Juegos Olímpicos.

A pesar de todo, un grupo de atletas, firmando con nombre y apellido, se ha dedicado con admirable decisión a pedir la extirpación de la famosa regla de la carta olímpica, ese documento que delinea los principios del olimpismo, y que en varios de sus pasajes no hace mas que proteger los intereses económicos del COI, dueño de todos los derechos de televisión, de la venta de sus imágenes a los auspiciadores y por lo tanto, de lucrar con las maravillas de deportistas que no ganan un solo peso extra durante el período que más prensa y pantalla tienen. Y una sola vez cada cuatro años.

La regla 40 no afecta a Michael Phelps, Usain Bolt, Ryan Lochte o Yelena Isimbayeba. Sus arcas están aseguradas por la enorme popularidad de la que gozan –y se han ganado- y que les reportan auspiciadores durante todas sus carreras deportivas. La regla mata las posibilidades de los del medio, los conocidos sólo en sus propios países, quienes no tienen la oportunidad de prestar su imagen o venderse durante el período para lo cual se preparan toda la vida. La carta olímpica, un documento que aparentemente intenta proteger y realzar lo más noble del deporte, se contradice de manera feroz con la famosa regla, estimulando al deportista a superarse a sí mismo, pero cortándole las alas al momento mismo de despegar.

Atletas como el estadounidense Nick Symmonds han tratado de buscar soluciones ingeniosas ante la castración económica: el corredor de 800 metros se tatuó en el hombro el nombre del auspiciador que más dólares le puso sobre la mesa en un remate público que realizó el deportista. Y ahora el COI quiere impedirle que lo muestre, obligándolo a taparse el logo con un parche al momento de competir. Arde la polémica y las frases públicas de apoyo a Symmonds. Sentencias como “este es mi trabajo y debo ser pagado por él” es lo mas recurrente que han enunciado deportistas de la talla de Sanya Richards, campeona mundial de los 400 metros, dejando en evidencia que los patrones, con su repartición unilateral de la suculenta torta, están inquietando seria y justificadamente a los trabajadores del fundo. Por lo que la sobrevivencia de la regla 40, así como está hoy, se ve cada vez menos asegurada.

Mientras, en otra contradicción de antología, el presidente del Comité Organizador, Sebastian Coe contestó, ante las críticas por la falta de visión del pebetero desde fuera del estadio, que la llama “no es un elemento de turismo”. Curiosa explicación luego de la millonada de libras gastadas en el relevo de la antorcha durante 90 días por todo el reino.

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