Se quedó entre nosotros

Por qué era tan querido el brasileño Elson Beyruth? Por su sencillez fuera de la cancha y por su determinación en ella...

Se quedó entre nosotros
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¿Por qué era tan querido el brasileño Elson Beyruth? Por su sencillez fuera de la cancha y por su determinación en ella, y porque a su técnica en velocidad y disparo con ambas piernas, le agregaba un espíritu conmovedor.

En la década del 60, el Ballet Azul de Universidad de Chile se impuso con claridad sobre Colo Colo, que únicamente pudo exhibir cuatro victorias oficiales y seis empates frente a 14 derrotas. La superioridad del Chuncho partía con el entrenador Luis Álamos, un estratego que se adelantó a su tiempo y que en octubre de 1963 alineó a un volante defensivo (José Moris) como puntero derecho para que tapara la subida del lateral izquierdo albo (José González). Los azules ganaron 3-1 ese clásico.

Álamos, bautizado Zorro por su astucia, establecía una marcación estricta sobre el armador de Colo Colo (Chamaco Valdés), a cargo de jugadores tan calificados como Rubén Marcos o Guillermo Yávar. También ordenaba vigilar de cerca a los punteros Mario Moreno y Bernardo Bello (o Roberto Frojuelo) con los laterales mundialistas Luis Eyzaguirre y Sergio Navarro o Hugo Villanueva.

A despecho de sus ventajas de velocidad y de envergadura, Álamos ofrecía un planteamiento de chico a grande para aplacar el fuego del Cacique. Entonces, el arquero Manuel Astorga demoraba el juego, tomaba la pelota y se acercaba a Eyzaguirre, se la entregaba al pie y el lateral se la devolvía. Con el balón en su poder iba hacia la otra orilla y repetía la operación con Navarro o Villanueva (el reglamento se lo permitía).

Cuando Colo Colo se adormecía, Universidad de Chile lo despertaba con el cambio de ritmo de Ernesto Álvarez, la fuerza de Marcos, los piques de Pedro Araya y la calidad de Leonel Sánchez. Y lo dejaba sentido con los goles de Carlos Campos.

Desde 1965, Beyruth luchó en orfandad contra el ejército azul. Si se retrasaba, lo tomaba Roberto Hodge. Si iba al área chocaba con dos nenes que en la actualidad se llenarían de tarjetas amarillas y rojas: el Pluto Carlos Contreras y Humberto Donoso. Cuando el Chuncho se renovó en el éxito fue peor, porque Juan Rodríguez y Alberto Quintano eran mejores jugadores que Contreras y Donoso, aunque éstos exigían pasaporte para entrar al área. En el medio de la cancha, Beyruth seguía bregando con Hodge, quien a veces contaba con otro socio: Eduardo Peralta. Y si alguien echaba de menos el reparto de leña, en la zaga esperaba el Crudo Gallardo.
En ese lapso de vacas flacas, Beyruth afirmaba la estantería de Colo Colo. Perdía, ganaba, pero intentaba una y otra vez sin que su ánimo flaqueara. Lo derribaban, lo bajaban con malas artes, él se levantaba y volvía a porfiar sin caer nunca en un exabrupto.

La nobleza de Beyruth era reconocida incluso por los hinchas de otros equipos. Y si le faltaba algo para transformarse en ídolo, lo logró la noche de la finalísima con Unión Española en 1970, cuando dos goles suyos le dieron el título al Cacique.

Si Beyruth hubiera jugado en el Colo Colo de estos días, habría sido 10 veces más ídolo…