El Tour de sangre

Lance Armstrong desistió de un juicio público y evitó la exposición mundial de las pruebas en su contra para salvar su reputación, o al menos un trozo de ella.

El Tour de sangre

Imagen foto_0000000220120830113238.jpgLance Armstrong logró ganar su última batalla con la única carta que le quedaba por jugar. Desistir de un juicio público, evitar la exposición mundial de las pruebas en su contra y  salvar su reputación, o al menos un trozo de ella. Esa imagen de luchador prodigioso, tenaz, milagroso, vencedor hasta de la muerte. Armstrong  logró, ante un jaque mate cantado, perpetuar su aura de fenómeno, y salvar de paso a varias de sus empresas fundadas precisamente a partir de su valentía para enfrentar adversidades que a otros botarían a la primera. Quienes ven en Lance el sumario más puro de la resurrección a través del deporte, son los mismos que lo creen ahora víctima de un complot malintencionado en su contra.

El castigo que le cayó a Lance Armstrong, es tan chocante como el positivo por dopaje de Ben Johnson en Seúl 88, ese que le abrió los ojos al mundo acerca de que algunas de las maravillas en el deporte eran artificiales. Pero el ciclista estadounidense, a diferencia del velocista canadiense –jamaicano de nacimiento por cierto- supo encontrar la fórmula que le permitió  sembrar para siempre la duda en una porción no despreciable de la afición. Una afición integrada también por sus auspiciadores personales y los de sus empresas. Evitar la exposición de las pruebas en su contra en un juicio abierto, le permitirán a Armstrong seguir en el negocio. Sus empresas no serán abandonadas por los auspiciadores, y seguirán recaudando dólares: el día que se supo del castigo de por vida fuera del deporte competitivo,  su fundación para el cáncer Live Strong recaudó cinco veces mas que en una jornada normal. Un apoyo explícito por parte de aquel segmento que, sin pruebas a la vista, creerá que todo se trata de la envidia de sus enemigos.

Buena movida de un hombre por un lado santificado, pero que por otro era temido dentro del circuito por su fuerte carácter y sus influencias políticas. Armstrong solía pasear en bicicleta con el presidente de Estados Unidos y divertirse con Nicolás Sarkozy, además de mantener activos lazos con los dueños de todas las fábricas de bicicletas. Un poder  que incluso le permitía recomendar o dejar sin contrato al competidor que quisiera. Mientras Armstrong movió el cerro de plata que generó con sus siete Tours, todos los beneficiados con el negocio colaboraron para salvar la mina de oro. Por eso se le avisaba 20 minutos antes de los controles y se le aceptaban los positivos con dispensa médica, el primero de ellos durante su estreno como campeón del Tour el 99, cuando explicó los esteroides y corticoides  en su orina como tratamiento para los dolores de los pinchazos, sin especificar la razón de tanta aguja. Hoy, uno de los testimonios es el de su masajista, encargada de estirar músculos y de maquillar además las marcas en sus brazos. Un relato de antología de quienes ya no dependen económicamente del ciclista ni de la influencia de su enorme poder. Greg Lemond, primer estadounidense en ganar el Tour, ya en el 2004 reveló que se vio forzado, amenaza de por medio, a darle disculpas públicas a Armstrong  luego de criticarlo por entrenarse con Michele Ferrari, quien llevó al record de la hora a Francesco Moser en el 84, con doping confeso 15 años después. Ferrari decía que la EPO no era más dañina que un jugo, y por sus servicios recibía hasta el 20% de las ganancias de Armstrong.

Pero lo cierto es que la Usada debe tener mayores pruebas que sólo el testimonio de 12 personas, pruebas que de seguro son las que impiden al ciclista apelar. Muestras antiguas, analizadas con métodos nuevos. Métodos que no respetan evasiones, licuadoras de sangre, ni certificados médicos. ¿Es válido castigar a alguien por pecados cometidos hace ocho años, cuando nunca se pudo probar el dopaje? Absolutamente. Y no sólo a Lance Armstrong, sino a todos quienes colaboraron con el encubrimiento y se forraron con sus siete Tours: equipo médico –algunos ya fueron sancionados- dirigentes de la época, miembros de la UCI, dueños de los equipos. Todos quienes ayudaron a construir y proteger una leyenda de laboratorio, y facturaron a la velocidad de la rueda bajando por los Pirineos. De otra manera, sin que hayan sanciones económicas retroactivas de por medio, no habrá forma de combatir el doping. De nada sirve el castigo si el dopaje ya consiguió lo que persigue: el enriquecimiento personal del deportista y de su sistema. En esta pasada, que debió haber sido ejemplificadora, Armstrong salió apenas abollado y sigue gozando de sus ganancias sintéticas y del apoyo popular.

Mientras al otro lado, quienes apedrean al ciclista, siguen creyendo que se puede pedalear 300 kilómetros durante 23 días durmiendo bien y comiendo tallarines. El caso de Armstrong es apenas uno más de un sistema competitivo construido a partir de una exigencia sobrehumana, que requiere del dopaje. Otro granito de arena que fomenta la trampa en sus protagonistas. Tour de sangre donde Lance Armstrong fue, indiscutidamente, el mejor.