En casa de herrero

Chile, un país que rasga vestiduras por la Teletón, por la discapacidad de los niños, un Chile tan solidario durante dos días, no transmitió los Juegos Paralímpicos.

Por Soledad Bacarreza

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Oscar Pistorius en su participación en Londres 2012 / Crédito: EFE

Chile, de los pocos países que se restó de las transmisiones de los Paralímpicos de Londres 2012, se ha perdido las postales que mejor reflejan los niveles de excelencia que pueden alcanzar los deportistas con discapacidades físicas. De cómo el deporte es capaz de recuperar no sólo cuerpos castigados, sino también espíritus demolidos. Más de 120 naciones en el mundo hicieron un exitoso puente televisivo desde los Olímpicos a los Paralímpicos, aprovechando las altas sintonías que los Juegos alcanzaron en países como Australia, Estados Unidos, la propia Gran Bretaña.

Chile ya tiene un cuarto lugar, el de Cristián Valenzuela en los 1.500 para no-videntes, un lugar que aún podría mejorar en sus siguientes eventos quien fuera campeón mundial de la categoría en los 10 mil metros. Nos lo perdimos en medio del reality de turno y del escándalo farandulero que en nada se diferencia del anterior. Tampoco vimos al sudafricano  Achmat Assiem, oro en los 100 metros mariposa, para quien perder una pierna en la mandíbula de un tiburón no tiene ninguna importancia ante salvar la vida de su hermano, a quien libró del ataque. Se lo perdió este país que rasga vestiduras por la Teletón, por la discapacidad de los niños, un Chile tan solidario durante dos días, pero regulado en lo que podemos ver por mandos que caen en la más profunda de las amnesias durante el resto del año. Olvidos que afectan, eso sí, sólo a aquella porción de la programación que algunos definen como “poco rentable”.

También nos perdimos las polémicas del evento, la mayor de ellas protagonizada por la mas famosa  de sus figuras: el sudafricano Oscar Pistorius, semifinalista en los Juegos de Londres en los 400 metros planos, finalista por secretaría en el relevo de 4×400, y a quien inexplicablemente le dieron autorización ahora para competir también en los Paralímpicos. Porque el sistema, aparentemente, no funciona como los cambios de nacionalidades, donde una vez que se renuncia a un pasaporte, no se puede volver atrás.

Pistorius ganó la batalla legal para poder competir en los Juegos al no poder probarse científicamente que logra ventajas con sus piernas de titanio. Una pelea que lo elevó a una categoría superior, a calidad de héroe, de luchador incansable, de atleta extraordinario. Un status que el velocista se demoró 21 segundos en echar por tierra. La pataleta que mostró en la meta de los 200 metros, moviendo la cabeza de lado a lado al perder el oro frente al brasileño Alan Oliveira, le arruinó a su rival el momento de gloria que todos buscan. Alegar que el ganador saca ventajas con sus piernas más largas fue lo más desafortunado que pudo hacer Pistorius. Porque no sólo se mostró como un mal perdedor frente a sus pares, sino que justificó su derrota con los mismos argumentos que intentó –con éxito y muchos réditos económicos- rebatir durante tanto tiempo.

La carrera de Oliveira fue notable. Su remate final, pasando desde el quinto al primer lugar, efectivamente demuestra la ventaja de las piernas más largas. Oliveira creció 5 centímetros gracias a la tecnología, su zancada es más larga. Pero lo que no puede hacer Oscar Pistorius es reavivar, con berrinche público, los cuestionamientos éticos que se le hacen a la aceptación de la alta tecnología en los Juegos Olímpicos, por las tentaciones de remplazar partes del cuerpo que funcionaría mejor con prótesis al momento de competir. Y aunque dio disculpas, lo de Pistorius fue un autentico autogol. Uno que por cierto, no pudimos ver.

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