Patriotas en serio

Johnny Herrera terminó de cavar su tumba con este zapateo dieciochero. Allá él. Pero lo que es inaceptable es dejar pasar este hecho –delito- porque es "deportista".

Por Soledad Bacarreza

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Herrera cayó por segunda vez en las manos de Carabineros por faltar a la ley de alcoholes / Crédito: Agencia Uno

¿Puede un deportista tomar alcohol en una fiesta, o en una celebración? Probablemente puede. Todo depende del momento, de la ocasión y de la forma. Depende también del efecto de su ingesta, y a quienes involucra.

Porque si un tenista, atleta, judoca o esgrimista, se emborracha en un asado, y al día siguiente –o unas horas después- tiene un entrenamiento, la caña sólo lo perjudicará a él. Allá él si atenta contra su propio rendimiento, si se sentirá bien o mal, si el trasnoche lo liquida o no, si eso atenta contra sus objetivos. Corre con colores propios, la carrera es de él y de nadie más. Si lo fueron a dejar y  no manejó, que llegue como quiera y cuando quiera. Porque si después  no rinde y le va mal, responde por sí mismo y a llorar a la iglesia.

Distinto es cuando ese deportista es parte de un equipo. A sueldo, con compañeros y jefes a los cuales hay que cumplirles. Yo me pregunto cuántos de nosotros recibiríamos “total apoyo” si nos llevan presos por manejar borrachines y que el jefe se entere que pasamos la noche en banda antes de llegar al trabajo. Y teniendo los papeles manchados.

Para llegar a ser de los mejores en el deporte, hay que ser disciplinado. Cuidarse, respetarse y respetar al resto. Respetar al equipo, no ser un elemento de riesgo, poco confiable. No pegar una cachetada de vuelta a la primera provocación, no llegar mermado a entrenar cuando el resto se cuidó como debe. Los que llegan a ser los mejores, han dejado una larga y distinguida lista de sacrificios tras sus logros. Los que se quedan en la media, pudiendo haber sido estrellas, son los que cierran fondas a las 6 de la mañana, a dos horas de su lugar de trabajo, con más copas de lo recomendable en el cuerpo. Ningún equipo de primera línea se arriesgaría siquiera a pedir a préstamo a un elemento con esa actitud.

Johnny Herrera puede esperar sentado a que le llegue alguna oferta de categoría. Terminó de cavar su tumba con este zapateo dieciochero. Allá él. Pero lo que es inaceptable es dejar pasar este hecho –delito- porque es “deportista”. Porque no lo era cuando se subió a un auto con 1.06 de alcohol en la sangre. Porque como chileno, debe cumplir con las leyes de este país, igual que todos nosotros, los que lo rodeamos, los que manejamos al lado suyo, mirando para todos lados en la noche, haciéndoles fintas a los de su especie. Seamos patriotas en serio, apelemos a que las leyes nos protejan como debieran.  Johnny puede dinamitar su carrera si quiere. Las únicas explicaciones laborales se las debe a sí mismo, a sus jefes y a sus compañeros.  Acá ya no se trata de pontificar con los “valores” del deporte ni que el arquero los traicionó. Mal menor. Acá se trata de no aceptar a ningún chileno manejando en ese estado, poniéndonos en riesgo a todos, y saliendo libre de polvo y paja. Listo para hacerlo de nuevo. Y eso está demostrado.

Al momento de la detención de Johnny Herrera a la salida de una fonda de Maitencillo, estábamos con unos amigos compartiendo casa en ese mismo balneario. Uno de ellos, fanático de Universidad de Chile, tiene un hijo de 18 años, a punto de salir del colegio, listo para entrar en otra etapa. Partió con sus amigos al llegar al litoral. Con permiso del papá, alojó en otra casa, hablaron tres veces por día y se reportó sin falta cada vez que llegó de noche, a la hora que fuera. Un cabro bueno, responsable. Como un montón de otros. Y estuvo en la misma fonda que Johnny. Su papá, chuncho de nacimiento, comentó: “Menos mal que no se toparon”.

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