La telaraña

La comentarista se refiere al caso de doping de Lance Armstrong.

Por Soledad Bacarreza

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Finalmente se supo todo. No podía ser de otra manera. No podía la Usada (Agencia estadounidense de dopaje) quedar como juez y verdugo de uno de los deportistas más laureados en la historia sin hacer púbicas sus razones y pruebas. Tampoco iban a permitir el desprestigio que significaba el que el afectado agachara la cabeza y se victimizara de la forma en que lo hizo Lance Armstrong. Con la liberación del informe final –de 204 páginas- que llevó a la suspensión de por vida del ciclista, la Usada se cubrió las espaldas ante las críticas por el castigo más severo que ha recibido un deportista sin pruebas de dopaje positivas de por medio. O al menos positivos sin exenciones médicas, de las cuales ahora sabemos, Armstrong abusaba.

Uno de los testimonios más reveladores vino por parte de Tyler Hamilton, corredor que tuvo que entregar a su vez su medalla de oro de Atenas 2004. Hamilton, sin resentimientos hacia ningún ciclista en particular, declaró que la pudrición de este deporte era tan extendida en la época en que Lance se quedó con los siete títulos del Tour de Francia, que debieran ir a interrogar a todos los corredores, a los directores, mecánicos y médicos. Porque según Hamilton, es imposible que nunca hayan visto nada y que el dopaje en el US Postal era derechamente, una norma.

Así fue como, a partir de testimonios como éste, la Usada fue desencriptando lo que definió como el “sistema de dopaje más sofisticado de la historia”, con redes telefónicas de escucha para advertir de los controles; con refrigeradores escondidos, con maquilladoras que disimulaban las marcas de los pinchazos; con un poder cada vez más extendido de Armstrong y sus colaboradores. La mayoría de los 29 testimonios centrales del informe, coinciden en que, quien intentara desafiar al campeón del Tour, en cualquier ámbito, era rápidamente absorbido por el sistema de protección que rodeaba al tejano. Podía caer cualquiera, menos él.

Luego de la publicación del informe, la primera consecuencia directa para Lance Armstrong –descontando la ya mencionada sanción vitalicia- fue la renuncia del ciclista al directorio de su propia fundación Livestrong. Un ambiente demasiado enrarecido lo obligaron a dar un paso al costado, más aún cuando ya comienzan a circular fuertes rumores acerca de si el cáncer que sufrió no pudiera haber sido provocado por el dopaje sistemático al cual se sometió desde su época de juvenil.

Más allá de una mecánica establecida para mejorar el rendimiento y de la responsabilidad que le cabe en ello a los propios deportistas, bien vale la pena analizar, o al menos consignar, las razones de tal descalabro médico. Del porqué los ciclistas están dispuestos a poner su cabeza en una guillotina que tarde o temprano caerá. Y es porque el diseño del deporte lo fomenta. Porque cada vez hay más pruebas que demuestran que, por mucho que abracemos la fantasía, no existen los superhombres capaces de cumplir 500 kilómetros diarios durante 23 días. ¿Cuál es la responsabilidad que le cabe también a los dueños de las carreras, de los calendarios extenuantes, de quienes venden la ilusión de hombres poderosos, superiores, capaces de vencer exigencias sobre humanas? A todos nos gustan las hazañas, pero nadie las hace comiendo pasta y durmiendo bien. Aceptémoslo: quienes aplaudimos a estos hombres supuestamente superiores, debiéramos abrir los ojos y apuntar los dardos también a los que se llenan los bolsillos diseñando sistemas de competencia infernales. Sistemas que abducen a los deportista desde muy jóvenes y que los desechan cuando cae la guillotina. Tal como lo hicieron con Lance Armstrong.

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