Palabras al cierre

Qué obsesión con el asado. Si el mismo Borghi ha dicho hasta el cansancio que prefiere las pastas y que no es bueno para la parrilla.

Por Carlos Costas

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Qué obsesión con el asado. Si el mismo Borghi ha dicho hasta el cansancio que prefiere las pastas y que no es bueno para la parrilla. Y aunque así fuera no sé qué culpa puede tener en toda esta historia esa antigua y venerable tradición. No son acaso los hinchas y esos mismos medios de comunicación que hoy festinan con la suerte del derrotado, los que exaltan el culto a la carne y la patota alcoholizada frente al televisor cada vez que viene un partido de la Roja. Es bonito hablar de fútbol y compartir con los amigos, pero si esa es la oferta, yo paso. Prefiero ver los partidos solo y sacar mis propias conclusiones antes que escuchar chistes, aullidos y cánticos de barra.

Es curioso cómo se estigmatizó a Borghi con lo del “guatón parrillero” como si en ese detalle se concentraran todos los pecados de un equipo que objetivamente perdió la brújula y de futbolistas cuyos sueldos podrán estar por las nubes, pero que a la hora de defender a la Selección se mandan chambonadas tan impresentables como la asquerosa patada de Arturo Vidal. Se lo escuché a  José Sulantay y creo que tiene toda la razón: “Estos cabros ganan mucha plata y pierden el control”. En el negocio del fútbol, los millones que corren son una locura y hay que tener la azotea muy firme para no extraviar el norte.

La mejor historia que conozco sobre esto se la escuché a Ricardo Lunari cuando el Atlas de Guadalajara pagó un millón de dólares por su pase a Universidad Católica. El técnico del equipo mexicano era Marcelo Bielsa y lo primero que le dijo, mirándolo directamente a los ojos, antes del primer entrenamiento fue: “Mire Lunari, yo lo único que quiero que sepa y esté convencido es que usted no vale un millón de dólares”.

Creo que Borghi también contribuyó en la creación de esta caricatura sobre su personaje público. Pisó el palito y la lógica de este negocio es así, cruel. Popular, simpático, rey guachaca y buen entrenador cuando estuvo arriba. Pero lo peligroso siempre viene a la vuelta cuando los resultados no acompañan, ves fantasmas y enemigos donde no los hay, te comiste la quinta derrota en línea,  y ya no fuiste más el ex jugador brillante, el técnico campeón, el tipo que sabe de fútbol sino un vago, incapaz de imponer disciplina, y para colmo un desastre como entrenador.
Nadie en su sano juicio hoy podría declararse viuda de Borghi. Pese a ello y aunque esto signifique un linchamiento, hay algo que me gustaría rescatar del paso del Bichi por la Selección.

Le reconozco su convicción (equivocada a la luz de la evidencia, pero convicción en tiempos en que todo es “acomodable”)  sobre una manera de ejercer el liderazgo. No se trata de ser tozudo, morir con las botas puestas y toda esa macana, pero pareciera que aún existen en nuestra sociedad resabios de un militarismo que se expresa en esas furibundas exigencias de disciplina, castigo,  control y mano dura, sin confiar en la responsabilidad y la autodeterminación de tipos que son mayores de edad y que deben forjarse un camino, tal como el propio Borghi lo hizo viniendo de una realidad y entorno social que él conoce mejor que nadie. Me causan hasta cierta gracia esos llamados al trabajo bien hecho, a la excelencia, porque también me pregunto cuántos de los que pregonan tan altos valores son personas realmente eficientes, bien calificadas, de compromiso intachable y gran rendimiento en sus trabajos y no unos sacadores de vuelta, mediocres, en el fondo, normales, tipos promedio, como es (y me incluyo) la gran mayoría de la masa trabajadora.

Eso es lo que nos duele y nos resulta incómodo. Que Borghi se parezca más a nosotros mismos que lo que éramos capaces de reconocernos en Bielsa. Ese conquistador blanco que puso en regla a la facción más rebelde y díscola de un plantel que obedeció sin chistar. Muchos de esos jugadores, los mismos que Borghi protegió una y mil veces, son los que ahora le fallaron en este proceso con sus actos de indisciplina, sus torpes y reiteradas expulsiones y por no dar el 100% como reconoció el propio Alexis Sánchez. Borghi ya es historia.

Que se tome un tiempo para descansar, cerca de su familia y de la protección que brindan los verdaderos amigos y la buena conversación. Recuerdo una larga entrevista que le hice cuando él era jugador de Audax Italiano. Nunca olvidé cuando me dijo que lo que más le llamaba la atención de sus compañeros era que apenas terminaba el entrenamiento cada uno partía a hacer sus cosas. Extrañaba Borghi el café o esa pizzería cerca del lugar de entrenamiento donde poder alargar la convivencia y seguir hablando de fútbol, de la vida o de cualquier cosa. Último apunte: Si es Jorge Sampaoli el nuevo técnico de la Roja, le deseo el mayor éxito y ojalá que se destierre para siempre del análisis esa lógica de tablón (albos versus azules) que también fue una de las grandes burradas de este período.

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