La noche más triste de Cobreloa

Hoy se cumplen 30 años de esa amarga noche de Ñuñoa, de la final entre los loínos y Peñarol.

Por Carlos Costas

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Había sido un año de porquería. La Selección y su papelón en el Mundial de España, la dictadura de Pinochet que seguía firme y una dura crisis económica nos golpeaban fuerte. En medio de ese panorama, la campaña de Cobreloa en la Copa Libertadores 82 fue como un oasis en el desierto. Claro que en esa época parece que estábamos condenados a la tristeza porque toda la admiración y simpatía que había despertado el joven equipo minero se derrumbó con ese gol de Fernando Morena a un minuto del final.

Hoy se cumplen 30 años de esa amarga noche de Ñuñoa. La final de vuelta entre Cobreloa y Peñarol se jugó ante más de 70 mil personas en el Estadio Nacional, el martes 30 de noviembre de 1982. Anoto la fecha exacta porque si se revisa el partido en la transmisión que hizo la televisión uruguaya, éste fue el diálogo entre relator y comentarista: “Esto se termina amigos. Estaremos el próximo viernes en Buenos Aires en la gran final de la Copa Libertadores. No debería decir nada pero faltan 30 segundos. Y es difícil que pase otro accidente, Peñarol lo tuvo y ya lo erró…”

Efectivamente, nadie esperaba lo que pasó. El propio Morena –quien años después tuvo un olvidable paso como técnico de Colo Colo- contaba que cuando le avisaron del banco que sólo quedaban dos minutos, se acercó al árbitro (el argentino Jorge Romero) a pedirle que lo terminara de una vez para que todo se definiera en la capital trasandina.

Entonces vino la debacle. Un detalle importante de la jugada fue que Mario Soto se quedó arriba, dejando desprotegida la defensa. Ya en la agonía, Peñarol logró rechazar un avance de los chilenos. Saralegui desahoga con Venancio Ramos que se manda un carrerón por la derecha y habilita con un centro calculado a Morena, quien incluso algo incómodo la clava en el arco sur ante el inútil achique de Wirth.

Parecía una maldición. Las sirenas tan características de la barra loína de esos años enmudecieron. Alguien disparó un par de bengalas que estaban listas para la celebración y en esas mismas imágenes, antes del pitazo final, se capta toda la desolación de Vicente Cantatore, quien se cubre el rostro con sus manos para esconder las lágrimas. Creo que nunca me puse más triste por la derrota de un equipo que no fuera el mío. Cobreloa en esa época era una máquina. El año anterior había derrotado a Peñarol en Calama y Montevideo, antes de instalarse en una final contra el Flamengo de Zico y Junior, que sólo se resolvió en un tercer partido, disputado en el neutral Centenario.

Esa temporada 82 Cobreloa venía embalado. La base del equipo era la misma del año anterior, más la incorporación de Juan Carlos Letelier. En su camino a la final, los Zorros del Desierto eliminaron a Colo Colo, Barcelona de Guayaquil y Liga de Quito. En segunda fase, dejaron en el camino a Olimpia y Tolima, equipo que antes de esa irreparable caída con Peñarol había sido el único que había derrotado a los naranjas por la cuenta mínima en Colombia. Cuando en la final de ida, el cuadro minero se trajo el 0 a 0 la sensación era que esta vez sí se podía. Por fin los chilenos íbamos a tocar esa esquiva copa. No fue un buen partido. Eran dos equipos duros y esa noche Fernando Morena fue un fantasma que en un segundo se transformó en verdugo. No sería la primera ni la última hazaña de los aurinegros en el Nacional (también alzaron la Libertadores frente a River Plate el ’66 y América de Cali el ’87). A la distancia, hoy, ayer y siempre, ganar este torneo será una tarea titánica. Por eso mis respetos a ese gran Cobreloa de Wirth, Tabilo, Eduardo Gómez, Soto, Escobar, Alarcón, Merello, Puebla, Olivera, Siviero, Rubén Gómez, Letelier, Rubio y el maestro Cantatore. Aunque la historia sea para los vencedores, ese lienzo de la parcialidad calameña esconde un pedazo de verdad. “No somos grandes, somos gigantes”. Hace 30 años, todos ellos fueron gigantes, sin corona.

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