El poder y el escándalo

Éticamente, es inaceptable que un terapeuta, involucrado sentimentalmente con su paciente, continúe atendiendo a quien ha pasado a ser su pareja.

Por Soledad Bacarreza

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La tenista Andrea Koch entra a la consulta del sicólogo deportivo Enrique Aguayo, y tras el intercambio de dos frases, ella le cae a golpes. La ex paciente y pareja intermitente del profesional es expulsada del recinto y el escándalo se hace público. Al respecto, revisemos algunos puntos.

Lo primero que a una le enseñan cuando entra a estudiar Sicología es que las relaciones paciente-terapeuta no son equitativas, sino al contrario: son asimétricas. Hay uno –el terapeuta, sicólogo o siquiatra- que maneja toda la información del otro, que es el paciente. Sabe sus secretos, sus fortalezas y debilidades. Hay una desnudez emocional y conductual,  datos y hechos  personales que un paciente sólo  comenta a quien, se supone, está capacitado para prestarle  ayuda profesional.

En ese sentido, por la cantidad de información que un técnico de la salud mental maneja de sus pacientes, es que la atención sicológica se define como una relación de poder del terapeuta hacia su paciente. Una relación dominante con todas sus letras.

¿Puede un sicólogo enamorarse de un paciente y viceversa? Si claro, puede. A todos les puede pasar. No es raro que florezcan sentimientos hacia el sicólogo, descrito como el fenómeno de la “transferencia”, muchas veces usado en favor del tratamiento. Pero en el momento mismo en que ambos deciden pasar a compartir otras instancias distintas a la del ambiente del tratamiento, ese profesional debe dejar de atender a su paciente.

Éticamente, es  inaceptable que un terapeuta, involucrado sentimentalmente con su paciente, continúe atendiendo a quien ha pasado a ser su pareja. Porque ¿cómo podrían dos personas pasar de una posición de desigualdad, de poder de uno por sobre el otro, a un estado de equilibrio y simetría una vez que termina la sesión y ambos asumen el rol de pareja? No se puede, por mucho que ambas partes afirmen lo contrario. Las relaciones íntimas no son muebles modulares. Y este hecho está descrito y avalado en todos los ensayos siquiátricos desde Sigmund Freud en adelante.

Todo lo anterior pone en serias dudas el comportamiento profesional de Enrique Aguayo. Dejemos por un momento de lado la batahola del CAR.   Porque hay otro hecho más llamativo aún en la carrera del sicólogo: su relación con otra deportista, Denisse Van Lamoen, a quien siguió asistiendo profesionalmente cuando pasaron a compartir techo; más aún, continuaron su relación profesional  luego de su ruptura, meses antes de Londres 2012. Nada más reñido con la ética, con el correcto manejo de la influencia que se ejerce desde el sillón principal de una consulta. El poder que ostenta un sicólogo sobre sus pacientes puede llegar a ser escandaloso, tal como el pugilato que marcó el fin definitivo de otra de las relaciones de Enrique Aguayo con sus pacientes, la que sostuvo con Andrea Koch.

¿Nadie en el CAR maneja los conceptos de ética profesional que se barajan en estos casos? Andrea fue expulsada del recinto sin mediar investigación alguna acerca de la génesis de este episodio, mientras Aguayo sigue ejerciendo su profesión donde mismo inició estas dos relaciones íntimas, como si nada hubiera pasado. Como si fuera aceptable viajar a Londres a seguir asistiendo  a una ex pareja frente a la cita más importante de su carrera. Aun cuando sea la propia deportista la que lo haya solicitado. Porque sabemos que estas relaciones no son igualitarias, y que la influencia y dependencia corren unidireccionalmente. Conceptos cuyo resguardo son responsabilidad del sicólogo y no de la paciente.

Los equipos médicos del CAR son pagados por el Estado y corresponden a una instancia más del trabajo que se realiza en el alto rendimiento deportivo.   Una pieza de un engranaje que no debe aceptar irregularidades y faltas a la ética profesional en su funcionamiento.

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