El componente mágico

Hora de balances y dar vuelta la mirada hacia el propio ombligo, considerando que se cumplió un nuevo ciclo olímpico.

Por Soledad Bacarreza

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Usain Bolt fue elegido el mejor atleta del año. Novak Djokovic y Serena Williams, los mejores tenistas. Hora de balances y dar vuelta la mirada hacia el propio ombligo, considerando que se cumplió un nuevo ciclo olímpico. Uno que debía darnos una imagen bastante fidedigna  acerca de la efectividad de la dirección escogida.

En ese contexto, el caballo de batalla del plan olímpico es Tomás González. El deportista, hasta ese momento el mejor pagado del país, respondió con creces a lo que se esperaba de él: que llegara al menos a una final olímpica. Sus dos cuartos lugares no sólo lo ubicaron como el mejor de Chile en Londres, sino que, además, nos dejó a todos sus compatriotas con un inesperado sabor a frustración al ver tan de cerca las medallas. Y quien salió airoso del que podría haber sido un trance amargo fue el propio González, que fue capaz de utilizar a su favor toda la ansiedad acumulada durante al menos doce años de profesionalismo en el momento más importante de su carrera, los Juegos Olímpicos. En un deporte de estrellas históricas. Lo vimos competir con prestancia, ganas, sin temores. Frente a rivales cuyas formación en escuelas con medio siglo de tradición lo ponían en franca desventaja. González, al igual que Marcelo Ríos, se fue haciendo grande a medida que él y su entorno más inmediato fueron  probando diferentes sistemas para llegar a insertarse en el alto rendimiento. Un mundo VIP donde quienes carecen de resistencia a la frustración, abandonan.

Tomas González mutó en Londres. Se convirtió en mejor competidor. Acupuntura, masajes, horas de sueño y descanso; variaciones en las rutinas, cambios de última hora. Todo lo que hizo antes de los Juegos le sirvió para no “achicarse” y cumplirse a sí mismo: ser finalista y ojalá, pelear una medalla. Cumplidos los dos objetivos, porque las medallas las peleó, al embajador de Santiago 2014 le sobran meritos para ser elegido el mejor del año.

Sorpresivamente para algunos, justo después de los olímpicos de Londres, Cristián Valenzuela ganó una medalla de oro en los Paralímpicos. El atleta se quedó de manera brillante con los 5 mil metros y talló su nombre en la historia deportiva del país. De un carrerón pasó a ser el atleta mejor pagado de Chile -con un sueldo de dos millones y medio mensuales, sin contar los aportes de su plan estratégico- y se convirtió en un rock star a quien le piden autógrafos en la calle. Caras que el campeón mundial del maratón paralímpico del 2011 no puede ver, pero cuyo interés reconoce sincero. Londres fueron sus segundos Juegos Olímpicos –antes estuvo en Beijing 2008- y junto a tres guías, entre ellos Christopher Guajardo, es dueño de las dos medallas más importantes en la historia del paralímpico chileno. Y las dos de oro. Otro firme candidato al cóndor del mejor de los mejores.

Para ellos dos, el plan olímpico funcionó. Esta estrategia económica ha producido además dos campeonas mundiales, Denisse Van Lamoen y Bárbara Riveros y 36 clasificados a Londres. Pero para muchos, faltó la medalla. Un poco de mala fortuna, falta de años aún de convivencia con el verdadero alto rendimiento. Algunos errores de cálculo y logística, más la confabulación del entorno no permitieron mejores resultados, específicamente en Londres. Y este último, punto sensible a la hora de buscar mayores recursos privados. Porque, descontando los JJOO el deporte federado ha desaparecido casi completamente de las pantallas nacionales, salvo honrosas excepciones como TVN. ¿Se acuerda la última vez que vio un Grand Slam en TV abierta? Desaparecieron porque “no marcan”. Porque los mismos que alegan falta de programación deportiva, prefieren tras cartón ver el reality de turno a los derechazos de Djokovic. Así, a cualquier plan de alto rendimiento siempre le faltará el componente más importante. El interés y la pasión del público, lo que hace que un deportista verdaderamente quiera y se esfuerce por lucirse.

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