Muchas gracias

Siempre me gustó la Unión. Porque era el equipo familiar, porque en ese microclima que era el colegio donde estudié, la mitad de mi curso era de Unión y la otra de Colo Colo.

Por Carlos Costas

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Siempre me gustó la Unión. Porque era el equipo familiar, porque en ese microclima que era el colegio donde estudié, la mitad de mi curso era de Unión y la otra de Colo Colo, y porque en el “viejo y querido” Santa Laura he pasado tardes felices, otras tristes y algunas francamente aburridas. O sea, nada muy distinto a esto que llamamos vivir. No me hice de la Unión porque fuera el equipo poderoso de la década de los 70.

Mis recuerdos del título del 77 son apenas una foto en blanco y negro del Tano Novello. Justo un año después de eso, vi a la Unión por primera vez en el estadio en un partido que le ganamos a la U por 1 a 0. Recuerdo que era un día nublado, que en ese entretiempo en el Nacional tocaron “Con una lágrima en la garganta” de Zalo Reyes y que Pellegrini jugaba para los azules. Mi segunda experiencia fue ingrata. Estaba en la tribuna Andes, hice pucheros y hasta solté unos lagrimones cuando Colo Colo nos hizo el segundo gol y la barra del Cacique se puso a cantar “…el que no salta es panadero”. Qué inocente y lejano me parece hoy. Esa tarde aprendí lo que es ser minoría y mastiqué la primera de muchas derrotas. Juan Machuca, Ronald Yávar, Simaldone, Osbén, Peredo, Víctor Estay, Atilio Guzmán, Casali, Carlos Díaz, Fernando Astengo, Peraca Pérez y el Vasco Espinoza son nombres que me transportan a una época en la que escuchaba a Julito Martínez en la Minería, llenaba cuadernos dibujando goles de la Unión y coleccionaba todos los años el álbum del campeonato.

Con la vida, después surgen otros intereses, otras obligaciones, pero a pesar de todo podría jurar que nunca me he ido a dormir sin saber cómo salió la Unión. El domingo pasado, la vida me puso en la transmisión que ADN hizo desde Talcahuano. Viajamos por tierra ese mismo día y a las 2:30 de la madrugada del lunes ya estaba de vuelta en casa. Vi en la carretera la ilusión de la pequeña caravana roja y luego su desolado regreso. Muchos amigos me preguntaron cómo lo había soportado y cómo había sido capaz de estar al aire, guardar la compostura y ver cómo se nos escapaba el título. A todos les contesté lo mismo. Honestamente apostaba al triunfo, pero sospechaba que el partido sería duro y trabajar para la radio encajaba perfecto con mi plan de estar en el estadio y desdoblarme un poco del sufrimiento que bien conocemos los hinchas de Unión. Aunque suene raro, creo que fue la mejor decisión. Haberlo visto por tele o en las tribunas del CAP habría sido una tortura. Ha pasado ya casi una semana.

Felicito a Huachipato y a sus jugadores, porque son justos campeones y tuvieron garra y hambre de gloria. Me alegra que no ganen siempre los mismos y fue reconfortante ver cómo el público acerero despedía con aplausos a la Unión. Parecía una final de otra época. También agradezco al Coto y a esta Unión Española 2012. Recordaremos esta campaña, muchachos. Fue agradable y entretenido verlos tocar, tocar y tocar la pelota hasta humillar al rival. Muchos dirán que es un fútbol obsoleto, sin vértigo y sin dinámica. A mí me gusta la Unión y los buenos para la pelota.

Los que como el gordo Vecchio tienen una técnica exquisita y juegan para entretener a la gente, porque no han olvidado que el fútbol es eso, un juego. No sé cuántos equipos chilenos son capaces de darse cuatro pases seguidos, tener un estilo claro y defender con convicción una idea futbolística. La Unión tuvo eso y aunque esta vez no alcanzó para ser campeones, el esfuerzo se valora. Sólo por eso, ¡muchas gracias!

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