La pasión de Chávez

Hugo Chávez se vestía de buzo. La tenida deportiva de la selección era su favorita hasta para los discursos.

Por Soledad Bacarreza

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El 30 de octubre del 2000 es la fecha del antes y el después en el deporte venezolano.  El presidente Hugo Chávez, fanático del béisbol, del fútbol y el boxeo, firmó un convenio de cooperación con Cuba, aliado natural ante el creciente aislamiento político en la región.  A partir de esa firma comienza en Venezuela un plan de masificación del deporte, la  réplica de los canales de detección de talentos aplicados en Cuba, y una enorme inversión en el alto rendimiento e  infraestructura. Bajo su mandato  se construyeron tres estadios nuevos, y otros nueve se remodelaron al mejor nivel para la Copa América del 2007. Si hay un sector que hoy lo llora con sincero luto, ese es el deporte.

Hugo Chávez se vestía de buzo. La tenida deportiva de la selección era su favorita hasta para los discursos. Una imagen lejos de la artimaña nacionalista, porque efectivamente, timoneado por su pasión,  los resultados mejoraron notablemente en sus gobiernos. Desde las 40 medallas obtenidas en los Panamericanos de Winnipeg 99 hasta las 72 de Guadalajara 2011. Casi el doble en una década. Chávez vio como su plan daba más frutos con los dos bronces de Atenas 2004 y el de Beijing 2008. Otro  premio llegó en Londres 2012: el oro del esgrimista Rubén Limardo. Las alabanzas mutuas llenaron páginas de diarios y al nombramiento de “héroe nacional” por parte del presidente, el campeón respondió con “esta victoria se debe a Hugo Chávez”. Una cadena  de halagos que en algo mitigó la decepción general de Venezuela por haber obtenido sólo una medalla, cuando las proyecciones hablaban de varias más. Chávez se esforzó por esconder bajo el solitario oro de Limardo lo que debe haber sido una de sus mayores decepciones en el deporte.

El deporte fue de los pocos temas de la agenda que estaba relativamente libre de conflictos y donde gran parte coincidía en que no podía ponerse en duda el apoyo irrestricto del gobierno. Punto de encuentro pocas veces discutido, excepto cuando entraban en juego sus oponentes y le cuestionaban su enorme pasión por  el béisbol, un deporte nacido en Estados Unidos, su mayor enemigo político y económico, e introducido en Venezuela por estudiantes provenientes de universidades norteamericanas a fines del 1800. Chávez tampoco dudó en cambiar de opinión acerca de los deportes con motores, los que definía como elitistas: bastó la aparición de Pastor Maldonado, un piloto con futuro,  para que el presidente lo forrara de apoyos económicos provenientes de petroleras estatales. La burguesía del automovilismo que tanto criticaba quedó en capilla, más aún cuando Maldonado ganó el GP de España de Fórmula Uno. El piloto agradeció con apoyo irrestricto a su benefactor y la reveladora frase “que viva nuestro libertador, que viva la revolución venezolana, patria, socialismo o muerte”. Pastor Maldonado es otro de sus héroes nacionales que hoy lo están velando con sincero abatimiento.

Maldonado; Limardo; su gran amigo Maradona; Yohana Sánchez, campeona mundial de karate; Rodolfo Speedy González; Jesús Villafañe, del volley playa; la ahora diputada socialista Alejandra Benítez, otrora atleta olímpica; la ciclista Daniela Larreal, y una larga lista de deportistas cuyas carreras florecieron bajo los años de Chávez, estarán el viernes encabezando sus funerales, dando cuenta de la pérdida en la que la mayoría coincide. La del benefactor del deporte. Una isla de coincidencia dentro de un mar de divergencias.

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