Un mundo sin fútbol

En ese colegio donde se prohíbe el fútbol... se juega fútbol. En los recreos, de cualquier manera, con pelotas inverosímiles, los niños arman pichangas.

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Imagen foto_0000001220130312102803.jpgTomando café supe por un amigo que en el colegio de su hijo habían prohibido el fútbol. Se trata de una institución prestigiosa, donde hijos de connotados políticos e intelectuales estudian. En los rankings anuales de la PSU siempre está entre los 20 primeros. Ahí correr detrás de la pelota ha sido eliminado por reglamento. Los hombres pueden jugar todo el básquetbol que quieran, tienen una cancha e implementos; para las mujeres está señalado el vóleibol. También cuentan con todos los pertrechos.

Curioso, cuando estaba en el colegio, el humilde Notre Dame donde se hacía atletismo corriendo en la vereda, jugamos fútbol muchas veces contra esa institución que hoy lo prohíbe. Recuerdo que una vez me pusieron a marcar a un tal Leo que era fuerte y goleador. Se me perdió todo el rato, me ganó siempre las espaldas y nos embocó tres veces (tenía 14 años). Ese muchacho era un especie de héroe en su colegio. Hoy no lo sería.

El problema del fútbol es que tiene mala fama y algunos intelectuales lo miran desde hace décadas con sospecha. Enrique Lafourcade pidió en 1982 su exterminio completo. Claro, cuando uno ve a lo que ha derivado el negocio entiende que genere tantos anticuerpos: jugadores divos, escándalos, apuestas, dirigentes ladrones, partidos arreglados, barras bravas, manipulación política, representantes bandidos… No podemos negar que el fútbol profesional se ha ido pudriendo. Todo se reduce a cuántos millones se le pueden birlar al hincha a través de las más variadas formas. Pareciera que el disfrutar del partido es lo menos relevante, que valen más los productos asociados que el juego en sí. Que lo único que le importa al jugador es el “trampolín” que significa su actual club para su siguiente club. Resulta insólito que hoy, para entrevistar a un delantero que hizo tres goles el domingo, haya que pedirle permiso a siete personas distintas. Y luego ese mismo jugador responda como robot tres preguntas complacientes reduciendo su pensamiento a “lo bonito” y “lo importante”. Atrás, como hiena hambrienta, un empresario vigila la conversación, no vaya a ser que su “pupilo” se salga de libreto y diga “algo”.

Pero el fútbol no es eso y por eso está en todos lados, sobreviviendo a las distorsiones permanentes de la comercialización. No existe deporte más fácil, se puede jugar en los espacios más insólitos y como pelota basta incluso una piedra. Existen pocas formas de socializar más efectivas que el fútbol. Nunca vi en la plaza, la calle o el recreo que un niño se quedara sin jugar. Podía ser el más malo del mundo, el que nadie quería, el último elegido, pero si había un número par de niños, iba a tener cupo. Cuando tenía 10 años si me daban a elegir entre ir a Fantasilandia o jugar un partido, ni la pensaba. Una vez jugamos en un potrero con pasto de diez centímetros de alto en medio de bostas de vaca. Nadie chistó. Jugar era lo más importante, lo único. Como dijo un amigo: “Me gusta tanto jugar a la pelota, que soy capaz de dejar de jugar a la pelota por ir a jugar a la pelota”.

Tan cierto es lo anterior, que en ese colegio donde se prohíbe el fútbol… se juega fútbol. En los recreos, de cualquier manera, con pelotas inverosímiles, los niños arman pichangas. Medio escondidos, temiendo que la directora los descubra y extermine toda manifestación futbolística posible. Sabemos que será inútil, los cabros jugarán en los baños y en el entretecho si es necesario.

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