David Pizarro y su camiseta

Las razones de Pizarro son consecuentes con el desarrollo de su carrera. Y la camiseta que siente es muy distinta a la de aquellos que habitualmente, convierten su paso por la Selección en "merecidas vacaciones".

David Pizarro y su camiseta

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Pizarro no quiere volver a vestir la Roja / Crédito: AFP

Antes de juzgar si la renuncia perpetua de David Pizarro a la Selección es antipatriótica o justificada, habría que preguntarse cómo es el equipo que percibe Pizarro. Antes de poner en duda su compromiso con la camiseta, habría que ver cómo está el de sus compañeros. Y antes de dejarle caer la guadaña, debiéramos destapar las cartas para ver la razón por la cual el chileno no quiere jugar por Chile, o al revés, cuál debiera ser su motivación para hacerlo. El amor incondicional a la camiseta es algo que sienten algunos, pero no es una información de nacimiento.

Para el futbolista joven que viene despuntando, ser llamado a la Selección representa la posibilidad única de vitrinearse. Para ese seleccionado vale la pena mostrarse sea cuál sea el resultado o comportamiento del equipo. ¿Es ese el caso de David Pizarro? No. El Fantasista lleva catorce años en Europa, está forrado de plata y prestigio, y a los 33 años no debe estar viendo tan lejana la posibilidad de retirarse. Carrera hecha.

Para otros consagrados, venir a su selección siempre será un deber; son los que juegan como si fuera el último partido de su vida, los que se rompen en la cancha sin medirse. A los que sus jefes miran embroncados cuando vuelven a repararse al equipo del que son empleados. ¿Es esta una condición que se les puede exigir a todos? No. Porque hay quienes ven el deporte como un asunto netamente profesional, lo que a todas luces, en el caso de Pizarro, ha sido una postura rentable en lo económico y deportivo.

¿Se negó Pizarro desde un principio a jugar por la Selección o lo hizo sólo por el interés de “mostrarse” internacionalmente? Tampoco es el caso. Cierto es que el despegue de David Marcelo fue en la Sub 20 del 99, actuación que lo llevó al Udinese. Pero de ahí en adelante vinieron seis años de convocatoria, la medalla de bronce de Sydney 2000, la capitanía, las eliminatorias para el 2002 y parte de las del 2006. Hasta que se aburrió del desorden y la fiesta.

David Pizarro, nos guste o no, ha sido consecuente con su postura. Dejó pasar un escándalo -indisciplinas que empuercan a todos- dejó pasar también el siguiente; se mosqueó con los compañeros menos comprometidos con el cuidado del rendimiento deportivo. Y siguió viniendo a la Selección hasta que se dio cuenta que la falta de autocontrol, de profesionalismo y compromiso era un problema que se traspasaba de una generación a la otra, no de una oveja negra esporádica.

Pizarro aprendió por ensayo y error, y tal como los hábitos, la opinión que se formó de sus contemporáneos será difícil de modificar. Los variados tropiezos de sus compañeros no le convienen. Tampoco al resto, estamos claros, pero el mediocampista de la Fiorentina está más consciente del daño colateral. Le importa más.

Nadie debiera rechazar la camiseta del propio país, dirán algunos. Y si se hace, será con sus atenuantes, dirán otros. Pero lo que no podemos hacer es medir con distinta vara a Pizarro cuando otros renombrados jugadores también han dejado de lado a la Selección en su momento y por motivos tan mundanos como el esparcimiento previamente agendado, o derechamente, evitar la inconveniencia de la banca.

Lo cierto es que nos agrade o no, las razones de David Pizarro son consecuentes con el desarrollo de su carrera. Y la camiseta que siente es muy distinta a la de aquellos que habitualmente, convierten su paso por la Selección en “merecidas vacaciones”.