Ganamos un clásico de verdad

Quince años después volvimos a sentir lo mismo del camino al Mundial de 1998. Ganamos el clásico de verdad.

Ganamos un clásico de verdad

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Chile festejó después de 15 años en eliminatorias ante Uruguay. / Agencia Uno.

El 12 de noviembre de 1996 se jugó el último partido en que Chile venció a Uruguay por Clasificatorias en el Estadio Nacional. Ese también es el primer encuentro que recuerdo entre la Roja y los celestes. Dejé de lado el estudio para la prueba del día siguiente y me senté frente a la TV para ver el cabezazo de Salas a la esquina del arco del meta Siboldi. Fue un partido apretado, de pierna fuerte, donde los chilenos conocimos a Paolo Montero y los uruguayos a Luis Chavarría.

No sabía que se trataba de un clásico, de esos que se juegan a muerte. Los últimos dos partidos entre ambos habían sido unos amistosos ida y vuelta en 1991, cuando recién tenía siete años. Fue 2-1 para Chile en el Santa Laura, y el mismo resultado para Uruguay en Montevideo. Nada de pierna fuerte, ni de tarjetas rojas y muy poca televisión. Si encuentra imágenes, tiene mucha suerte.

Por eso es que el de 1996 marcó un antes y un después en la historia de este duelo. En las tres siguientes clasificatorias, fueron sólo partidos donde uno no se puede parar de su asiento. Esos que en la previa se quieren ganar, pero con el transcurrir de los minutos, el empate vale oro. Así fue el del 2009 cuando Claudio Bravo tuvo tapadas que sólo se le conocían al Cóndor Rojas, o el 2005, cuando tras el empate de Mirosevic se machacó y se machacó, pero no se pudo llegar al segundo. O el mismo del 2001. De vida o muerte, del todo o nada, pero que un cabezazo en contra de Ítalo Díaz mató la ilusión.

El de anoche no fue diferente. El lema era “Prohibido perder”. Chile empezó ganando cómodo. Esta columna no iba a tener razón de ser, pero con el pasar de los minutos se volvió a lo de los últimos cuatro partidos. No daba ni para levantarse a servirse el otro café o la otra piscola, a gusto del consumidor. El 1-0 era un maletín con oro. El cambio de Carmona por un delantero se hacía
imprescindible. Ya no valía jugar bien como en Perú y terminar perdiendo. Valía el esfuerzo encomiable de Paredes, que venía de viajar 10 horas en avión, día y medio atrás porque le habían ofrecido integrarse al proceso. Él quería jugar, independiente que hinchas y prensa lo condenaron por no defender a Carlos Muñoz en su disputa con Pancho Malo unos meses atrás. Otros, por críticas a su desempeño dentro de la cancha, ya no quieren venir. Con Paredes, se contagiaron todos. Muchos de los que jugaron anoche, como yo, recordaban el Chile-Uruguay de 1996 como el primer partido entre ambos, y también recordaban cómo se celebró aquella vez, incluso un año y medio después, cuando con esos puntos clasificamos a Francia 1998.

Aquella vez, no hubo prueba al día siguiente. El profesor estaba feliz. “Hay que celebrar el clásico de verdad que ganamos ayer. Somos los terceros de Sudamérica después de Brasil y Argentina. Los uruguayos pueden esperar”, dijo. Cuánta razón tenía ese profe. Quince años después volvimos a sentir lo mismo. Ganamos el clásico de verdad.