Verdaderos colocololinos

"Al verdadero hincha popular le gusta ganar y que el equipo vaya al ataque. Ese que siempre estará dispuesto a recordarnos que Colo Colo es Chile", dice el columnista de El Gráfico.

Por Carlos Costas

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Los hinchas de Colo Colo de hoy no saben comportarse. / Agencia Uno.

Bien hizo el relator Claudio Palma cuando en medio de los incidentes le pidió al director de la transmisión del CDF que las cámaras enfocaran a esos delincuentes disfrazados de hinchas que obligaron a suspender el partido entre Audax y Colo Colo. Bombas de estruendo, asientos arrancados de las tribunas y lanzados como proyectiles a la cancha, mientras por las pantallas otra vez había que soportar el gesto desafiante de estos descerebrados que se esconden en la masa.

Prendí la radio para saber más y el reportero de ADN, Ricardo Canales, captaba en vivo el sentir de aquellos hinchas colocolinos que ya no aguantan más lo mal que juega el equipo y las estupideces recurrentes de los barrabravas. Escuchar a esos tipos normales, a los que nadie les regala la entrada y que van como cualquier persona común y corriente al estadio fue un respiro en medio de tanta insensatez. Eran palabras simples, no pretendían levantar grandes teorías. Expresiones contundentes y honestas que reivindicaban al verdadero hincha popular.

A ese que le gusta ganar y que el equipo vaya al ataque. Ese que siempre estará dispuesto a recordarnos que Colo Colo es Chile, que es el que el que más títulos tiene y el único que ganó la Libertadores. Le tengo aprecio y agradecimiento a esos verdaderos colocolinos. Una vez me salvé de una buena gracias a ellos. Fue en 1989 cuando la Unión goleó a Colo Colo en el Monumental. Creo que fue la primera derrota de los albos tras la reinauguración de Pedreros. En esa época yo ya estaba por salir del colegio y con un grupo de amigos, todos “panaderos”, seguíamos la irregular campaña de los rojos ese año.

No sé qué milagro ocurrió aquella tarde de octubre, pero al poderoso cuadro de Arturo Salah (que sería campeón de la temporada) le encajamos un 5 a 1 que estaba fuera de todo cálculo. Los goles de Juan Gutiérrez, hoy gerente deportivo de los albos, Carlos González, Luis Rodríguez, Jaime Ramírez y Roberto Corro nos volvieron locos. Éramos cabros, nos gustaba la Unión y estábamos eufóricos, pero asumíamos nuestra condición de forasteros y sabíamos que lo mejor era no hacer alarde de nuestra alegría. Tampoco se usaba en esa época ir con camisetas de fútbol al estadio y a lo más alguno de nosotros llevaría una banderita. El asunto es que cuando ya salíamos caminando por Departamental rumbo a Vicuña Mackenna empezamos a advertir un cierto clima hostil.

Nosotros seríamos cuatro o cinco y seguíamos caminando sin responder a las provocaciones que poco a poco fueron subiendo de tono. Esos segundos siempre se hacen eternos y cada vez más nerviosos apurábamos el tranco para evitar una encerrona. Cuando la cosa ya se estaba poniendo fea y algunos piedrazos habían pasado cerca de nuestras cabezas, un par de viejos colocolinos salió en auxilio. Recuerdo que eran unos señores ya mayores, de esos que iban al estadio con su mejor pinta, vestón y una radio a pilas. Si había presupuesto partían con los cabros chicos e incluso invitaban a la patrona que llevaba el picnic en un canasto. Nosotros íbamos cagados de miedo hasta que uno de esos viejos caciques encaró a los patos malos. Recuerdo sus palabras: “Ya hueones, dejen de molestar a los cabros si el Colo jugó como el hoyo y nos ganaron bien”. “No se enoje tata, no pasa naa…”, respondieron los flaites, una palabra que no existía en esos años.

Gracias a la intervención de estos hinchas del Popular pudimos hacernos humo y salir ilesos del Monumental. Hoy este recuerdo es sólo una anécdota simpaticona, pero tampoco olvido que un año después, en las inmediaciones de ese mismo estadio, un muchacho, también hincha de Unión Española, murió después de la golpiza criminal que le dieron unos barristas. Esta columna se la dedicó a Danilo Rodríguez, que tenía 17 años, que padecía de hemofilia y que agonizó seis días después de esa brutal agresión. Mis palabras van también en agradecimiento a esos viejos colocolinos que nos salvaron de un mal rato. Han pasado casi 25 años y no creo que vivan para leer esto, pero al menos sé que esos hinchas de Colo Colo aún existen. Los escuché enojados el domingo pasado en La Florida y estoy seguro que son la mayoría.

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