El impacto de Boston

El atentado en Boston impacta porque es una puñalada a la voluntad de un grupo grande de personas de hacer en paz todos lo mismo.

Por Soledad Bacarreza

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Un acto deportivo está definido por un marco de paz. Los Juegos Olímpicos se crearon para celebrar el término del período de tiempo de 4 años denominado “olimpíadas”, y durante esos días se ponía en práctica la tregua olímpica: se detenían las guerras y batallas durante las dos semanas del torneo, regla que se cumplía mucho más estrictamente que en nuestros días.

Por eso causa tanto impacto lo ocurrido en el Maratón de Boston. Todos los días hay atentados en alguna parte del mundo. Mueren inocentes en masa, pero al ser estos actos de terror dentro del marco de una guerra, no causan el efecto de espanto generalizado. Por eso lo de Boston impacta, porque supone un crimen al esfuerzo más noble del hombre, el de superar sus propias debilidades y de competir sólo contra sí mismo, no contra el resto. Nadie va a un maratón pensando en vencer a los 26 mil rivales inscritos. El grueso de los corredores llega a la salida sabiendo que jamás ganará la carrera, ni siquiera en su categoría, y que las probabilidades de sufrir son mayores que las de disfrutar.

El atentado en Boston impacta porque es una puñalada a la voluntad de un grupo grande de personas de hacer en paz todos lo mismo, en el mismo lugar y al mismo tiempo: superarse a sí mismo, mejorar su propio tiempo, sentirse hermano con el chino de al lado y el finlandés del otro lado, sólo porque van corriendo cerca, en la misma dirección. No se puede imaginar un acto menos agresivo, más cosmopolita y transversal que un maratón. No existen otras  carreras  en el mundo, ni competencias de otras disciplinas donde los objetivos estén tan claros y hermanados. Por eso demuda, porque se le dispara a la única competencia donde la tregua olímpica seguía funcionando sin fórceps, naturalmente. La explosión entre medio de las banderas de los países es una señal demasiado potente como para no verla. Un mensaje, sea de quién venga, de que el deporte amateur, ese que se hace por uno mismo, sin millones de dólares en juego, tampoco se libra del mal. Que da lo mismo si se está en guerra o no, si se viene de un país que jamás ha estado en un conflicto. En Boston quedó demostrado que nada ni nadie es inmune al terrorismo y la violencia.

En el olvido quedaron los ganadores, relegados a una mención a pie de página. Nadie se enteró del récord mundial de Joan Benoit en 55 años, la misma atleta que ganó el primer maratón olímpico femenino en Los Angeles 84. Tampoco a ella le importa. Quería salir corriendo a ayudar de no haber estado con sus dos hijos. Nadie vio pasar a los familiares del vuelo 93, derribado por los pasajeros el día de las torres gemelas, ni nos enteramos del grupo de corredores amigos de aquellos que perdieron un hijo en la matanza de la escuela de Newton en diciembre pasado. Les dieron en el suelo de nuevo. La imagen de Boston será la de los corredores llevando a los compañeros y público heridos, de los participantes al día siguiente llevando la misma camiseta de competencia en señal de duelo, lo mismo que harán los corredores de Londres este domingo con una cinta negra. Y como legado, el reforzamiento de la seguridad en todos los eventos deportivos venideros, con la angustiante sensación de que, hagan lo que hagan, nadie nos libra.

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