Manual

En deportes como el fútbol se entrena bastante menos, y especialmente en nuestro país donde no se superan las dos horas diarias en temporada.

Por Soledad Bacarreza

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“Me rompo entrenando cada día, vomito, tengo migrañas. ¿Por qué debería dejar que alguien me gane si trabajo tan duro?”. La frase pertenece a Usain Bolt, el mejor velocista de la historia.

Michael Phelps, en los dos años previos a Beijing 2008, donde ganó ocho medallas de oro, entrenó todos los días desde las 06:00 en triple jornada durante el período básico (o pretemporada para que nos entendamos). Nadaba entre 11 y 16 kilómetros diarios, hacía 30 minutos de preparación física después de cada entrenamiento y 400 abdominales diarios al término de la tercera sesión. El resto del tiempo lo usó para comer y dormir. En total se pasaba entrenando entre ocho y diez horas diarias. Las malas lenguas dicen que descansaba el domingo.

Y en el proceso de llegar a ser los mejores del mundo, nunca se tiraron el jamón por la cabeza, llegaron atrasados a entrenar o no llegaron porque se quedaron dormidos; ninguno de ellos, ni otros como ellos, llegaron borrachos a las concentraciones -campamentos de entrenamiento en otras latitudes-, llamaron a  conferencia de prensa para otra cosa que no fuera hablar de deporte, ni vetaron nunca a ningún periodista. El desayuno siempre lo tomaron en su casa, y no de regreso de un carrete. Ninguno apagó nunca el celular, primero porque por reglamento antidopaje no pueden estar inubicables, y segundo, porque no se les ocurriría ni por broma preocupar a nadie de su entorno desapareciéndose. Phelps se fumó la pipa de marihuana después de Beijing y Bolt se fue a una fiesta a pinchar discos después del récord mundial. Antes de eso, no se les conoció paradero que no fuera una piscina o una pista.

En deportes como el fútbol se entrena bastante menos, y especialmente en nuestro país donde no se superan las dos horas diarias en temporada y tres sesiones en pretemporada repartidas en aproximadamente cinco horas. ¿Será esa la razón del exceso de energía del futbolista chileno, que entrena poco y que le sobran horas y ganas para hacer leseras? ¿Y luego por la carencia de una serie de factores, no saben cómo resolver el problema que se crean ellos mismos? El pecado no es quedarse dormido, a todos les puede pasar. La tontera es no tomarse en serio la calidad de seleccionado y no salir corriendo a colgarse de la puerta de Pinto Durán hasta que le abran. Al contrario: la reacción es apagar el teléfono, incomunicarse, no pensar ni por un momento en que hay un grupo de personas preocupado por el que falta. Creer que las horas decantarán el asunto, cuando es todo lo inverso. Lo mismo que la brutalidad no es el carrete, sino cuando se puede y cuando no. Un manual hasta con la instrucción más boba no parece tan descabellado a la hora de evitar perder a un jugador valioso para el equipo.

Estoy por creer que hay muchas indisciplinas que el futbolista no define como tales, porque no sabe, porque no se le ha instruido como se hace, por ejemplo, con los deportistas de alto rendimiento con respecto al doping: que deben estar ubicables los 365 días del año, que no pueden apagar el celular ni llenar la casilla de los mensajes a modo de excusa. Que no pueden decir que estaban en un lugar, cuando en realidad estaban en otro. Lo de Charles Aránguiz es venial comparado con los escándalos anteriores, pero aun así, no es en este caso el acto de quedarse dormido lo que se reprueba, sino la errática reacción posterior. La falta de responsabilidad no se define sólo por el desorden, sino también por aplicar un criterio que finalmente proteja a todos los miembros de un equipo. Aránguiz lo dijo claramente: “No supe que hacer”.

No es fácil la vida del deportista de alto rendimiento. Por eso llegan los que saben cómo llegar, qué cosas son las que hay que hacer y cuáles se deben evitar. Cuando le preguntaron a Bolt cuál era la clave para batir el récord mundial de los cien metros con esa marca tan inalcanzable, créame que fue una ironía cuando contestó.  “Me despertaba  a las 11:00, veía un poco de TV y comía nuggets”.

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