Mala clase

El espectáculo del domingo al mediodía, en lo que se refiere a lloriqueos, gritos histéricos, patadas maleteras, simulaciones y mala clase fue realmente lamentable.

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Mucho paño que cortar dejó el Superclásico del domingo. En lo futbolístico, Universidad de Chile se mantuvo en la lucha por el título volviendo a demostrar que hoy, y hace un buen tiempo, está varios escalones arriba de su eterno rival. Con el plantel que tiene, incluso a pesar del autosabotaje permanente del técnico Darío Franco (¿hasta cuándo con esos inventos inexplicables de alineación titular?), a la escuadra azul le bastó con un tiempo correcto para marcar diferencias notorias en el mediodía dominical de Ñuñoa.

Lo del Cacique pareció esperanzador en la primera fracción, en especial por el gran nivel de Mauro Olivi, la efectividad en ataque y la confusión de la banca de la U. Sin embargo, y tal como viene ocurriendo hace mucho rato, los albos se desplomaron anímicamente primero (este equipo tiene “mandíbula de cristal”, al primer golpe cae a la lona) y físicamente después (hoy los de Pedrero no resisten noventa minutos de ritmo competitivo).

Para variar, tal como ha sido la tónica de los últimos años y respondiendo a un fenómeno global que no sólo se da en el fútbol chileno, el arbitraje quedó al debe, el juez Bascuñan cometió errores que marcaron a fuego el trámite del partido y la actuación del referí terminó concentrando más atención que la de los propios jugadores. Un desastre el desempeño del árbitro y nuevamente en un partido importante.

Mientras que en lo referente a seguridad, las diversas autoridades quedaron “muy conformes” porque no hubo grandes desmanes y se controlaron los focos de incidentes. ¿Y qué pasa con los vergonzosos accesos para los hinchas de Colo Colo? ¿Cómo es posible que los organizadores, autoridades y responsables del espectáculo sean tan incapaces y no podamos vivir un partido importante sin lío y llanto en las boleterías?

A grandes rasgos un clásico con más de lo mismo de aquello que se viene observando en nuestro fútbol: Colo Colo tiene y ofrece muy poco, a la U le alcanza  a pesar de que su DT no da el ancho, un arbitraje lamentable y un nivel organizativo al que le basta que no murió nadie para celebrar.

¿Quedó algo más tras el 3 a 2 de la U ante los albos? Claro que sí. Lástima que no se trate de algo positivo.

¿Qué pensarán los jugadores cuando ven las ridículas imágenes en que se agarran la cara ante un golpe en el hombro? ¿O qué les pasará cuando revisan los compactos de sus partidos y observan su comportamiento de veterana histérica, gritando y gesticulando ante cualquier acción en la que se sienten perjudicados?

Uno entiende que en el fútbol, y en especial en un clásico, cada centímetro, cada cobro y cada instancia se pelean con todo, ya que se trata  de duelos donde no se puede regalar nada. Pero al mismo tiempo no se puede olvidar que son 22 compañeros de profesión que, al final de la historia, tienen la fortuna de ganarse muy bien la vida en lo que más les gusta y ante una enorme atención pública. Ese mismo interés es el que ha puesto decenas de cámaras y millones de ojos sobre el comportamiento de los futbolistas quienes, hace demasiado tiempo y copiando el lamentable ejemplo de la “viveza rioplatense”, se dedican más a intentar pasarse de vivos, engañar al árbitro y condicionar al público antes que a lo realmente importante que es jugar y entregar lo mejor de sí.

El espectáculo del domingo al mediodía, en lo que se refiere a lloriqueos, gritos histéricos, patadas maleteras, simulaciones y mala clase fue realmente lamentable. Quizá a ellos, los futbolistas, les da lo mismo y no les pasa nada cuando ven las imágenes que delatan la mala leche ante el público, el árbitro y los compañeros de profesión. Si es así sería una lástima. Por suerte la televisión por cable nos trae la Liga inglesa; lo que juegan en ese torneo parece otro deporte y no sólo por el ritmo y la calidad futbolística, sino por el comportamiento y la entrega de los protagonistas. Allá, y si no pregúntenle a Luis Suarez, hay muy poco espacio para las deslealtades.

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