Parte de la vida

Los rallys, las carreras de auto y motos, en circuitos asfaltados o caminos rurales, no son malas, sino que arriesgadas.

Por Soledad Bacarreza

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Justamente hace unas tres semanas conduje un auto de rally, de la N3. Uno nuevo, de paquete, recién encerado por primera vez, porque su dueño, el piloto Carlos Muñoz, se dio varias vueltas de campana mientras caía por un barranco de 45 metros el año pasado. Vaya uno a saber cómo, aparte de algunos moretones y dolores, no les pasó nada a él ni a su navegante, más que el susto de ver pasar la vida por delante en un segundo y el fuerte gasto en una máquina nueva.

El caso es que detrás del volante de uno de estos bólidos la cosa se ve y se siente distinta que desde afuera. El acelerador es ultra sensible, los cambios casi pasan al roce de la mano y la dirección es extremadamente liviana. Doblan con un suspiro. Están diseñados para alcanzar gran velocidad en pocos segundos y aguantar a ese ritmo, por caminos infames durante varias horas. Dentro del auto hace calor, no hay ninguna comodidad que distraiga el esfuerzo de las medidas de seguridad: barra antivuelco, cinturones cruzados, traje antiflama, un pesadísimo casco. En fin, subirse a uno de estos autos es darse cuenta de frentón que se trata de un deporte peligroso, donde todo apunta a volar y tratar de minimizar al mismo tiempo los daños de un accidente que se sabe, más temprano que tarde, vendrá.

Eliseo Salazar aprendió rapidito que la Fórmula Indy se divide entre quienes se han estrellado contra el muro y los que todavía no. Senna le entregó las llaves del F1 a San Pedro apenas cumplidos los 34 y en el Dakar se lamentan todos los años una o dos muertes por explosiones, atropellos o accidentes de los pilotos. Hasta El Vaticano arremetió contra el evento tras la muerte de un piloto sudafricano en el 2007, afirmando que la competencia  “tiene poco de sana y es en realidad una cruenta carrera de la irresponsabilidad, cuyo rastro de sangre se amplía año a año”. Así tal cual, obviando las bondades del “Dakar paralelo”, que repartía medicinas, comida y ropa en cada pueblo que cruzaba por África.

Los rallys, las carreras de auto y motos, en circuitos asfaltados o caminos rurales, no son malas, sino que arriesgadas. Como también lo es el esquí alpino, disciplina que no recibe ningún ataque y donde varios también se han ido esquiando derecho a la tumba. El descenso en bicicleta, las rodadas de los tours, las carreras en trineos por toboganes imposibles… la lista de deportes peligrosos es eterna, pero por alguna razón, cuando un deportista o un espectador muere en carreras que involucran motores, la lluvia de críticas se deja caer implacable. Como si el riesgo de andar a 140 km/hrs fuera mayor en un vehículo con motor que arriba de un par de palos de fibra montaña abajo.

La muerte del fotógrafo Andrés Matthey durante el fin de semana en Osorno tras ser impactado por uno de los autos del RallyMobil es lamentable y trágica. Tanto como todas las muertes que se han registrado en la historia del deporte, sean las víctimas espectadores, profesionales de la prensa o protagonistas del espectáculo. La diferencia está en que los accidentes en estas disciplinas son esperables, de ahí tanta medida de seguridad, de tratar de minimizar los riesgos.

El impacto tan grande ante una muerte como la de Andrés viene a golpear a la opinión pública porque muestra que a pesar de todas las precauciones, hay una parte, una fracción en la que nadie puede intervenir. Estas carreras siguen las mismas leyes que cualquier otro deporte o aspecto de la vida, donde nadie tiene el control total ni la capacidad de asegurar nada y donde las fatalidades ocurren, menos que en otros deportes, pero ocurren. Podría decirse que el fotógrafo es un mártir, víctima del ímpetu por la velocidad de otros. Pero no lo es, porque después de años fotografiando el Rally, seguramente sabía que un auto que vuelca sale disparado sin anunciar dirección. Él estaba ahí porque eso era lo que le gustaba, lo que automáticamente lo puso en una posición de riesgo conocida por todos. Y también por él.

 

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