Fútbol vs. Política

La programación del partido Boca-Newell"s generó la polémica entre el gobierno de Cristina K y Jorge Lanata, hoy su principal enemigo.

Por Carlos Costas

 

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Boca y Newell¡s juegan el domingo en Argentina a las 21.30 horas, un horario que trajo polémica en Argentina. / AFP.

Este domingo a las 21.30 horas jugarán Newell’s Old Boys y Boca Juniors en el estadio Marcelo Bielsa de Rosario. Tras enfrentarse anoche por cuartos de final de Copa Libertadores, en La Bombonera, ambos equipos volverán a verse las caras por la decimoquinta fecha del torneo argentino. Hasta aquí nada fuera de lo normal, salvo por el horario y la tremenda polémica que la programación de este partido ha levantado en Argentina.

Resulta que desde mediados de abril, el periodista Jorge Lanata viene realizando una serie de denuncias de corrupción y lavado de dinero en contra del gobierno de Cristina Fernández, involucrando a un socio y amigo del ex mandatario Néstor Kirchner. Los altos niveles de audiencia alcanzados por canal 13 los domingos en la noche hicieron que las autoridades políticas, con el consentimiento de la AFA, plantearan este insólito horario apostando a que el fútbol pueda quitarle algo de sintonía a “Periodismo para todos”.

Hasta ahora, este programa y el fútbol sólo coincidían en una franja de media hora, con ratings siempre favorables a Lanata. Con el inicio del partido a las 21.30 (¡en pleno invierno!) la competencia será frontal. En un mismo horario los televidentes podrán elegir entre el espacio de denuncias del fundador de Página 12 o los partidos de un campeonato que desde 2009 se transmite en señal abierta gracias al plan gubernamental Fútbol para Todos.

Como si fuera poco, mañana no habrá partidos, porque se organizó un acto masivo que será encabezado por la señora K para celebrar los diez años de la llegada al poder del kirchnerismo. Y ojo que para la pantalla abierta del prime dominical se reservaron los duelos de Boca Juniors y River Plate, los dos equipos más populares del país.

Al margen de cualquier consideración que se pueda tener sobre el gobierno de Cristina y lo que finalmente ocurra con las denuncias en su contra, salta a la vista lo burdo de la maniobra. Si se proclama a los cuatro vientos que el interés de una administración es defender el bien común y brindar mejores condiciones de vida a la población, quién puede razonablemente apoyar que los hinchas tengan que salir del estadio un domingo después de las 11 de la noche, en un país futbolizado como Argentina. Es cierto que los que trabajan de barristas no tienen nada que hacer al día siguiente, pero los ciudadanos comunes y corrientes que acompañan a sus equipos a la cancha quedan expuestos a un horario mucho más incómodo e inseguro.

“No puedo creer que el Gobierno esté preocupado por un programa de televisión. Me enoja que piensen que la gente es idiota. Me parece que es torpe lo que hacen, quieren tapar con el fútbol a la política. A ustedes no les suena tapar las cosas con fútbol”, comentó Jorge Lanata en directa alusión al Mundial que hace 35 años sirvió a la dictadura militar argentina para esconder sus crímenes y violaciones a los derechos humanos.

Es absurdo y evidente el uso político del fútbol en esta decisión, pero tampoco da para escandalizarse ni rasgar vestiduras por algo tan impresentable, pero que vuelve a demostrar el peso específico y la influencia que el fútbol ha logrado en nuestra sociedad. Lanata tiene razón. La gente no es idiota y sabe reconocer articulaciones truchas como ésta. Otros dirán que el fútbol no se mancha y tiene que permanecer inmune y alejado de la política y los círculos del poder.

En el mundo ideal podría ser, pero en la realidad esto resulta impracticable. Es mejor asumirlo. Un mismo club, por ejemplo la U o Colo Colo, tiene hinchas de todos los colores y habrá seguidores a los que la política les importa un comino. Es un juego, un deporte, pero también es un negocio, influencia, poder y millones de dólares. Negar la relación entre fútbol y política es ignorar a Berlusconi, Piñera, Caszely, el fin del ciclo Bielsa en la Roja, el Livorno italiano o la candidatura presidencial del liberiano George Weah. 

O también olvidar la utopía del Corinthians, cuadro brasileño que en los 80 -en el ocaso de la dictadura- democratizó la toma de decisiones al interior del club e incorporó a los futbolistas en temas como el régimen de entrenamientos, fichajes, salarios y concentraciones. “Pocos brasileños tienen la posibilidad de estudiar y por tanto adquirir nociones de política. Con la democracia corinthiana les inculcamos esta cultura utilizando el lenguaje del fútbol”, comentó alguna vez Sócrates, gran jugador y emblema del Timão.

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