Entrevista con Felipe Nuñez, el "1" de la constancia

Lo rechazaron dos veces antes de quedar en Colo Colo. Su escasa estatura para un puesto donde el porte es fundamental siempre limitó sus posibilidades, pero él jamás se amilanó.

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Felipe Núñez, futbolista y futuro periodista                 / eduardo ángel

Por Eduardo Bruna

Tal vez sea constancia la palabra que mejor define a Felipe Núñez, arquero de Palestino, cercano ya a ejercer como periodista y estudiante que divide su escaso tiempo entre sus clases en el Instituto Nacional del Fútbol, Inaf, y el aprendizaje del inglés, idioma que juzga  fundamental para su futuro desarrollo. Porque para él nada ha sido fácil. Viviendo en Venezuela, donde nació el 25 de febrero de 1979, tuvo que sufrir la experiencia traumática de que sus padres se separaran lejos de la patria. Y cuando quiso ser futbolista, en Palestino primero, y en Unión Española después, le dijeron que mejor se dedicara a otra cosa, acaso porque su estatura siempre conspiró contra sus sueños.

“En esos años de niñez -cuenta Felipe- yo era aún más chico de lo que soy ahora. Y para mala suerte mía, siempre me gustó el arco. Alucinaba con el Cóndor Rojas y después con el paraguayo José Luis Chilavert. Pero iba a un club a probarme y bastaba que los entrenadores me vieran para que conmigo tuvieran muy pocas expectativas. Me pasó dos veces que me rechazaron, pero eso, al contrario de hundirme, fue como un acicate”.

Y tan constante fue que, enterado de que Colo Colo probaba jugadores, no dudó en tomar su bolsito y partir al Monumental. Todavía cree recordar el gesto de general escepticismo que, camino a Pedrero, acompañó su aventura.

Recuerda Felipe: “Tenía 15 años y calculé que esa podía ser mi última oportunidad. Por supuesto que pensé que si en Palestino y en Unión me había ido mal, en Colo Colo iba a ser todavía más difícil. Pero iba decidido a jugármela toda y para qué te cuento lo que sentí luego que, terminada la prueba, Juan Rodríguez, ex defensa central de la U, Colo Colo y la Selección, entre otros clubes, me dejó seleccionado. Fue lo más parecido a un sueño”.

Recordó entonces sus primeros pasos en un barrio caraqueño, tratando de emular las voladas del Cóndor e intentando imitar el desplante de Chilavert. Porque tres años antes de su nacimiento, su padre, Osvaldo, profesor de Castellano, decidió que Venezuela podía darle el trabajo y la tranquilidad que en su país escaseaban.

“Mis viejos se fueron en 1976 a Venezuela, buscando mejores horizontes. Fueron, por así decirlo, exiliados económicos, porque sólo los animaba el deseo de trabajar y labrarse un futuro que su tierra, por esos días, les negaba. Mi infancia, pues, transcurrió en Caracas. Las Rejas, el barrio de mis padres, sólo lo vine a conocer años después. Todavía no cumplía los 10 años cuando volví solo a Chile, a vivir con los abuelos luego que el matrimonio se quebrara”.

¿Tuvo algo que ver el exilio en ese quiebre?
Pienso que sí. Mi madre se ambientó bien en Venezuela y al caos que es en muchos sentidos Caracas, pero mi viejo no pudo acostumbrarse nunca. Tuvo ese trabajo de profesor que en Chile no encontró, pero jamás dejó de sentir nostalgia por su pasada vida en el país. Fue el único que nunca pudo adaptarse bien, porque mis dos hermanos mayores sí lo hicieron, al igual que mi mamá.

Para ti debe haber sido más fácil, porque naciste allá.
Claro que sí. Ese era mi mundo, y uno no extraña lo que nunca tuvo o lo que nunca conoció. Jugaba pichangas en el barrio y cruzaba solo todo Caracas para defender al Colegio Fray Luis Amigo, un equipo que tenía tanto entusiasmo como poca calidad, porque de diez partidos que jugábamos ganábamos uno y perdíamos nueve. Así y todo, creo que tan mal no jugaba, porque a pesar de las goleadas que a veces nos comíamos, Lino Alonso, uno de los técnicos que más ha hecho por el fútbol venezolano de series menores, me llevó a defender al Santo Tomás de Villanueva, que ganaba siempre. En aquellos años los clubes venezolanos no eran ni la décima parte de lo que son ahora, y por supuesto que las series infantiles y juveniles ni siquiera existían.

¿Cuánto te limitó, crees tú, tu escasa estatura para un puesto donde el porte es casi requisito fundamental?
Yo creo que harto. Porque como te conté, no creo haber jugado mal en esas pruebas donde no quedé seleccionado. Y después, estando ya en Colo Colo, yo notaba que mi futuro en el fútbol se miraba con mucho escepticismo. Pero eso, que era evidente, nunca me desanimó. Al contrario: para mí era un acicate. En ese sentido fue muy importante para mí el apoyo que siempre me dio Mario Moreno, que en aquellos años era técnico de las series menores albas.

El “Superclase”… Extraordinario puntero derecho que, cerca del retiro, sería uno de los grandes gestores de la sindicalización del futbolista…
El mismo. Cuando sabía que alguien me había mencionado mi poca estatura, y que con ese porte era  muy difícil que llegara a jugar en Primera, me decía: “Vos, huevón, preocúpate de atajar nomás, que eso lo haces muy bien. Y nunca le prestís oído a los dichos de esos huevones”. Recuerdo que más de una vez también me dijo: “Si el Tomatín Rojas llegó a Primera, ¿por qué no vai a llegar tú?”. Y eso me hacía muy bien, porque por lo que sé, mientras yo mido 1,77, el Tomatín apenas se empinaba en el 1,74.

Entre el 2000 y el 2001 te vas a préstamo a Fernández Vial. Y cuando en 2002 vuelves a Colo Colo, se decreta la quiebra. ¿Qué pasó entonces contigo?
Regresé a Colo Colo en el segundo semestre de 2001. La situación económica era ya muy mala y a todos nos debían entre tres y cuatro meses de sueldo. Eso, unido al hecho de que en el plantel había cuatro arqueros -Claudio Arbiza, Marcelo Ramírez, Víctor Loyola y Eduardo Lobos- hizo que yo pidiera mi libertad de acción, porque había un par de clubes interesados en mí. Porque además venía surgiendo fuerte Claudio Bravo. Pero el síndico, Juan Carlos Saffie, asume la quiebra y lo primero que determina es que, mientras no se interiorice a fondo de la realidad del club, toda transferencia y entrega de pase quedaba congelada.

En ese momento, mientras parte Arbiza y se retira Marcelo Ramírez, tú decides seguir sus pasos…
Exactamente. Había estado en selecciones menores. Había sido campeón con la Sub 20 en el Torneo de La Alcudia, España, y con la Sub 23 había ganado la clasificación a los Juegos Olímpicos de Sydney 2000, en Londrina. Pero de repente todo ese prometedor panorama se oscurecía y decidí que mejor me retiraba. Fue a raíz de eso que entré a estudiar Periodismo en la Andrés Bello, decisión que también tomó el Chamagol, con quien a esas alturas nos habíamos hecho muy yuntas. En muchos sentidos su mamá reemplazó a la mía, porque en esos años de adolescencia de mi regreso a Chile pasaba más en la casa del Sebastián que en la mía.

Tanto Sebastián y tú, sin embargo, se ven obligados a congelar sus estudios.
Es verdad. El Chama a mediados del 2002 se va a México, contratado por el Atlante, donde de entrada la rompió haciendo goles. Se transformó en ídolo, un jugador muy respetado, y acaso por eso, cuando sugirió mi nombre para ir al Deportivo Acapulco, filial del Atlante en Segunda División, los dirigentes le dijeron de inmediato que me llamara y que viajara lo más pronto que pudiera. Yo, que me había retirado, tenía una nueva oportunidad.

¿Y efectivamente viajaste así de rápido?
Así de rápido. Le colgué al Chama y me puse de inmediato en campaña para viajar a México al día siguiente, con tan buena suerte que alcancé a tomar uno de los últimos boletos que quedaban. En menos de 48 horas ya estaba instalado en Acapulco. Que pudiera reencontrarme de esa forma con el fútbol para mí fue algo así como un milagro.

¿Y no se te había olvidado atajar?
No, no, para nada (riendo)… Claro que no fue fácil. En el club había cuatro arqueros, mexicanos todos, y al principio me miraron bastante mal. Los tipos ni siquiera me saludaban. Seguramente me veían como un extranjero que les iba a quitar el trabajo. Pero yo no me sentí mal por eso. Pensé que, desde el punto de vista de ellos, a lo mejor tenían toda la razón del mundo para que yo no les resultara precisamente simpático. Pero con el correr de las semanas y de los meses fueron cambiando y al final hasta se podría decir que me hice amigo con todos ellos.

Es decir que, cuando en 2004 llegas a Palestino, venías con un respetable rodaje.
Claro que sí. Venía con ritmo de competencia, que para un arquero es fundamental. Me pidió Horacio Rivas.

Por lo que se ve, en tu vida han resultado clave los “Carepato”…
¡Verdad…! (riendo). Porque así como para Colo Colo me seleccionó el Carepato Rodríguez, para Palestino me pidió el Carepato Rivas.

Vas a cumplir diez años en Palestino. Tu caso me hace recordar el de Luis Mena en Colo Colo y, retrocediendo aún más en el tiempo, el del Tanque Carlos Campos.
Lo de Mena, lo entiendo. Y si me menciona a Campos, debe ser porque con ambos pasó siempre lo mismo: año a año les traían jugadores para reemplazarlos e invariablemente terminaban jugando ellos.

Justamente, Felipe. Al Tanque, centrodelantero de la U en la década de los 60, aquella del Ballet Azul, le trajeron montones de reemplazantes y al final él siempre terminaba como titular. Te puedo mencionar a los argentinos Fumaroni y Oleniak, al ecuatoriano Lazo y a un tronco español-yugoslavo de apellido Daucik…
El primer año en Palestino era Caputto el titular, pero terminé jugando yo. Después me pasó con otro arquero argentino y lo propio ocurrió luego con el argentino-boliviano Leo Fernández, que en todo el campeonato sólo jugó seis o siete partidos. A favor mío jugó la que yo creo es mi mejor virtud: la regularidad. A lo mejor nunca juego para el siete, pero tampoco bajo del cinco. No soy un arquero de voladas para la foto. El hecho es que, desde el 2008 en adelante, el club al parecer se aburrió de buscarme reemplazante.

Por lo visto, de Palestino ya no te mueves.
Creo que no. Con el club tengo contrato por lo que resta de este año y dos temporadas más. Para entonces voy a tener 36 y será el momento de pensar en el retiro. Ahí veré si me dedico al periodismo o si opto finalmente por la dirección técnica luego que saque mi cartón en el INAF.

 

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