Los límites de la inversión

Algo que parece tan sencillo y tan lógico como la operación de Neymar, desde otros ángulos más bien parece un llamado de alerta.

Por Soledad Bacarreza

 

Imagen foto_0000000120130704075940.jpg
Neymar estuvo en la noche del martes en Perú para jugar contra los amigos de Messi  / archivo

Neymar es un activo. Una inversión millonaria, que debe hacer ganar millones al Barcelona. Bajo ese objetivo -el único en el horizonte cuando se trata de un traspaso tan oneroso-  Neymar debe someterse no sólo a las directrices del técnico. También debe poner su cuerpo a disposición completa de quienes ahora son dueños de tomar decisiones por él. Y esas decisiones implican incluso tratamientos profilácticos y cualquier otra maniobra que ayude a que el deportista rinda al máximo.

A Neymar la van a extraer las amígdalas. Una operación que parece sencilla, pero que finalmente, como siempre repiten los cirujanos, tiene la misma baja cuota de riesgo –de infección, de mal resultado-que cualquier otra intervención sencilla. Un riesgo que los directivos del Barcelona consideran muy menor comparado con la “pérdida de masa muscular” que sufre el delantero cada vez que sufre de amigdalitis, descontando los días que deja de entrenar y los que le toma recuperarse. Así que fuera con las amígdalas. Algo que parece tan sencillo y tan lógico, desde otros ángulos más bien parece un llamado de alerta.

Oscar Pistorius, hoy en las noticias por dramáticas circunstancias, estuvo en primera plana ya antes de los Juegos de Beijing 2008 por las supuestas ventajas que le otorgaban sus piernas de titanio por sobre otros corredores con discapacidades en incluso por sobre atletas convencionales.

El dato más relevante era que Pistorius era el único corredor de 400 metros en hacer mucho más rápido la segunda mitad de la carrera que la primera. Un hecho apreciable a simple vista hasta para el espectador más neófito. Pistorius acelera de manera antinatural en los últimos 200 metros.

La discusión de si dejarlo competir en Juegos Olímpicos y Mundiales convencionales se centraba en la peligrosa línea que separa una discapacidad de nacimiento o una desgracia por accidente de una provocada intencionalmente para mejorar un rendimiento deportivo.

¿Una locura? ¿Cortarse las piernas porque los reemplazos de titanio le pueden otorgar mayor velocidad y éxitos? Mirado así, por supuesto. Pero cuando vemos que Oscar Pistorius, un corredor de regulares condiciones de velocista, fue un héroe popular y millonario gracias a sus Cheetah, con acceso a lujos y novias espectaculares, y que eso puede además salvarlo de ir a la cárcel de por vida, entonces no parece tan extraño. Menos aún cuando muchas de las técnicas de dopaje que se utilizan hoy matan a los deportistas a corto plazo y que aún así los atletas están completamente dispuestos al riesgo. Peligros que conocen perfectamente, porque han visto las consecuencias en sus predecesores.

Se sacan amígdalas como si nada y se publica en los medios, porque a nadie le espanta y parece la movida correcta en beneficio del rendimiento y el negocio. Pero si a Neymar le descubren una pierna más corta que la otra ¿le meterán fierros para alargarla? Si el corazón aguanta un estimulador, un marcapasos nuclear a futuro, ¿se intervendrá también apelando a la existencia de una falla para bombear el órgano? En el antiguo bloque soviético algunos entrenadores inseminaban a las gimnastas para aprovechar la mayor producción de hormonas los primeros meses del embarazo, para luego hacerlas abortar. ¿Nos extrañaría entonces que alguien estuviera dispuesto a mejorar su rendimiento mediante amputaciones, extirpaciones y bombas artificiales? Al menos a mí no, considerando que varias medallas olímpicas han cobrado vidas antes de los 30 años y que los deportistas, dispuestos a empujar los límites a sectores cada vez más peligrosos, están a punto de convertirse en robots de alto rendimiento, pero con escasa vida útil.

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo