Ya no basta con llorar

Una vez más, no creo que lo del domingo con Chile haya sido mala suerte.

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El lamento de Chile tras la eliminación ante Ghana. Crédito: Archivo

Todos tenemos sentimientos encontrados con la eliminación en cuartos de final de la Sub 20 en manos de Ghana. ¿Vaso medio lleno o medio vacío? ¿El equipo jugó bien o mal? Una mirada con distancia indica que se pudo avanzar más, pero que su eliminación no es del todo injusta.

No podemos centrar todo el análisis en el agónico y absurdo gol de Assifuah. Es cierto que si el equipo aguantaba 20 segundos más, llegábamos a los penales y por ahí estábamos celebrando a esta hora. Pero, siendo honestos, y esto no se puede negar, el once manejado por Mario Salas se caía a pedazos en el alargue. No había piernas. Es llamativo que de los seis equipos que jugaron prórroga en este Mundial sub 20: España, Uruguay, Irak, Corea, Ghana y Chile, la Roja haya sido el de peor respuesta física. Los últimos minutos fueron una tortura, los africanos se creaban una ocasión de gol por minuto y los chilenos no podían detenerlos. Estaban fundidos.

También fueron factor las lesiones de Igor Lichnovsky y Mario Larenas, que agotaron prematuramente los cambios y quitaron margen de maniobra para el alargue.

Insisto, la visión fácil es culpar a la mala suerte y decir que estuvimos a segundos de forzar los penales. Pero, ante la realidad específica del partido, se pudo hacer algo más para forzar el destino a favor del equipo chileno.

Tal vez Mario Salas quedó atrapado en su discurso. Tanto repitió que él no iba a traicionar sus convicciones, que no iba a renunciar a atacar… que cuando debió defenderse, no se atrevió, no quiso o no se le ocurrió o no le hicieron caso. Su esquema es muy exigente y desgasta. Y se notó en Estambul. En un momento el equipo estaba partido en dos.

Lo lógico era juntar las líneas, achicar los espacios y buscar el contragolpe. En términos simples: defenderse, ojalá con la pelota. Se vería feo, pero la estética era lo que menos importaba, había que lograr la clasificación. Tras el gol de Ángelo Henríquez era lo más sensato. Y acortar el equipo no es sinónimo de meterse en el área, colgarse del travesaño y apelar al antifútbol. Incluso en esa desgraciada jugada final faltó el oficio y la picardía que a los uruguayos les sobró para eliminar a España el día anterior.

Una vez más, no creo que lo del domingo haya sido mala suerte. O no se puede achacar la eliminación a meros aspectos del azar. Esa es historia antigua en el fútbol chileno, los famosos “imponderables” y las “cosas del fútbol” que tanto mortificaban al venerado Julio Martínez y al respetado Sergio Livingstone. Faltó suerte, eso fue obvio y visible, pero también oficio para manejar un panorama adverso y respuesta de la banca.

Seguro servirá de experiencia, especialmente para los jugadores. Pero nada asegura que ellos, cada uno en específico, vaya a tener otra oportunidad en un Mundial. Como lo dijo de manera muy sentida Nicolás Maturana una vez terminado el partido: “Es mi primer Mundial y tal vez sea el último”. El fútbol puede ser muy duro. Generalmente lo es.

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