Francamente impresentable

El técnico Darío Franco fue notificado el miércoles de su despido, pese a que en Azul Azul tenían todo definido desde el domingo.

Por Carlos Costas

 

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Darío Franco se despidió en corta y emotiva ceremonia / Crédito: Agencia UNO

Esta semana supimos del acuerdo entre la Fiscalía y los diez ejecutivos involucrados en el caso de colusión de las grandes cadenas de farmacias. Los imputados pagarán en total 255 millones de pesos en donativos a instituciones de beneficencia. Esta salida significa la suspensión del juicio en contra de las personas que se coludieron para subir el precio de los medicamentos y por eso generó rechazo. El acuerdo también contempla que los ex ejecutivos asistan a clases de ética empresarial. Realmente, no alcanzo a imaginar cómo serán esas clases, pero me intriga el punto sobre todo después de las penosas circunstancias que rodearon la salida de Darío Franco.

El análisis futbolístico está claro. El técnico argentino nunca cuajó en la U. No sintonizó con su hinchada y por lo visto en la cancha los jugadores tampoco captaron su mensaje. Las razones para cerrar el ciclo de Franco sobraban. Sin embargo, nadie se merece el trato que recibió en las horas previas a la Supercopa perdida ante Unión Española.

Hasta el más zángano e inoperante de los funcionarios es digno de respeto a la hora de ser despedido de su trabajo. Azul Azul demostró un pésimo manejo en todo esto. Una vez que se filtró la información los directivos de la concesionaria sometieron al ex seleccionado trasandino a una cruel e innecesaria humillación que tuvo su último capítulo en esa absurda conferencia de prensa de 40 segundos donde no se aceptaron preguntas.

Franco no lo pasó bien en Chile. Siempre se vio incómodo, con cara de pena y cuando se embarcaba a Antofagasta sus declaraciones resultaron patéticas. “Ustedes saben más que yo de todo esto” declaró a los reporteros antes de abordar el avión que lo llevaría al matadero.

No me interesa victimizar a Franco. Tampoco se puede ignorar su pobre rendimiento al mando de los azules. Insisto, sostener su continuidad no tenía sentido y finalmente su paso por la U fue otra demostración que esa moda de las concesionarias de contratar argentinos de renombre o que alguna vez tuvieron algo que ver con Bielsa no garantiza nada (Américo Gallego, Diego Cagna y ahora Franco). Lo llamativo del caso es que haya sido Charles Aránguiz, un cabro humilde que no tiene la formación académica, ni los postgrados de los directivos de Azul Azul, el único que puso una cuota de corrección en toda esta trama maloliente. “El hincha tiene que entender que cada técnico que venga va a ser distinto que Sampaoli. Por respeto no voy a hablar de Marco Antonio Figueroa, todavía Darío no habla con nosotros y él es el técnico. Él fue bastante valiente en venir y aceptar este reto”, declaraba el volante una vez finalizado el partido. Sobre los incidentes en el hotel de Temuco habrá que investigar, pero no pienso gastar tinta en esa porquería.

A Franco le pasó lo mismo que a Ricardo Montaner en el Festival de Viña. Cuando se fue Vodanovic ninguno de los animadores chilenos fue culo (perdón por la expresión) de asumir el desafío. La animación del cantante venezolano era insoportable, pero alguien tenía que hacerlo. Alguien tenía que suceder a Sampaoli en la U, como también alguien tuvo que hacerse cargo de la Selección cuando se fue Bielsa. Es difícil y hay que ser valiente para tomar el testimonio cuando la vara queda tan alta. Sabemos que Yuraszeck, Segovia y Jadue fueron protagonistas de la operación que puso fin al ciclo de Bielsa en la Roja. A Borghi lo despidieron en un camarín. Nadie merece el bullying que se le hizo a Franco. Así actúan algunos empresarios en el moderno negocio del fútbol y las sociedades anónimas. Exitosos, eficientes, garantes de una gestión seria. En las primarias uno de los candidatos abogó hasta la majadería por el fin de las malas prácticas en la política. Aunque el candidato en cuestión no ganó, ojalá su discurso contagie a otros actores de la sociedad.

Al cierre, un parrafito para Unión Española. El equipo de José Luis Sierra sumó un nuevo título. Una copa inventada que no sabemos qué destino y proyección pueda tener. El festejo al menos sirvió para reparar el triste recuerdo que el hincha hispano tenía de Antofagasta, ciudad que fue escenario del único descenso de los rojos en 1997.

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