Johan antes de Cruyff

Grata sorpresa fue encontrar en las librerías "El Joven Cruyff" (Jan Eilander) texto de 280 páginas que relatan la niñez del excepcional jugador holandés.

Por Carlos Costas

 

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AFP

Lo retaban por gastar los zapatos, sus padres atendían una verdulería y vivía a cinco minutos del estadio de Ajax.  Como muchos niños, a los 9 años su única preocupación era chutear una pelota y jugar con sus amigos del barrio. El sueño del pequeño Jopie se hizo realidad y llegó a ser uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos. Según FIFA, Johan Cruyff es uno de los cuatro grandes del siglo 20 junto a Pelé, Maradona y Di Stéfano.

Grata sorpresa fue encontrar en las librerías “El Joven Cruyff” (Jan Eilander) texto de 280 páginas que relatan la niñez del excepcional jugador holandés, símbolo de irreverencia y fútbol total. No es estrictamente una biografía porque el autor se permite fantasear con su infancia echando mano a datos reales y a otros que, aun siendo producto de su imaginación, son capaces de tejer un relato entrañable especialmente hecho para paladares futboleros.

Betendorp significa “pueblo de hormigón” y era un barrio de viviendas pequeñas, para familias de pocos recursos. En esas calles Cruyff aprendió a ridiculizar a sus rivales. Muchachos más grandes, pero menos hábiles y apasionados por el fútbol.  Además de vender frutas y verduras, sus padres eran funcionarios del Ajax. Su madre ayudaba en la limpieza y su papá colaboraba con las series infantiles.  En ese ambiente, el niño Cruyff se obsesionó con ingresar a las cadetes del club para poder ser como su ídolo Faas Wilker, un temible centrodelantero holandés que jugó en Italia y España en los años 50.

Fue su máximo referente hasta que un día descubrió a Alfredo Di Stéfano en la pantalla del cine. Con sus compinches había ido a ver Tarzán, pero antes de la película exhibieron un noticiario que incluía imágenes de un partido del Real Madrid por Copa de Europa. “Parecía pasearse con algo de pereza por el campo, como si tuviera la intención de que sus marcadores se olvidaran de él. Pero a la que tenía el balón cerca… ¡Patapaf! El perezoso se convertía en un puma con su presa, el balón. Inteligente, oportunista. Regateaba, giraba, se volvía, dejaba a atrás a tres contrarios. Después hacía una combinación con el loco de Gento y se quedaba solo ante el portero y tocaba con suavidad el balón con el interior del pie derecho…”.

A Cruyff le gustaba fanfarronear. Cuando jugaba al fútbol exigía que los otros niños lo llamaran Di Stéfano, aunque años después la historia se encargó de convertirlo en un símbolo del Barcelona. Genial jugador y técnico innovador, el holandés fue emblema de los catalanes  y desde la banca guió  la obtención de la primera Copa de Europa que fue a parar a las vitrinas blaugranas.
Flacuchento y de  aspecto enfermizo, no era amigo de los estudios. Les reprochaba a sus padres que lo hubieran matriculado en un colegio religioso y no en una escuela pública “normal”. “No te hará daño lo que te enseñen ahí”, le respondían sus pacientes progenitores que debían poner la cara por las insolencias del pequeño Jopie.

Para fastidiar a uno de sus profesores, una mañana preguntó en clases: “¿Cómo era posible que todos los humanos descendieran de Adán y Eva  cuando la pareja tuvo sólo dos hijos, y ambos varones? ¿Cómo habrían podido tener hijos un par de chicos?”. En castigo el maestro le ordenó copiar varias veces la frase: “El fútbol es para los pobres de espíritu. Creer en Dios es la única Verdad, el único deporte auténtico y profundo”. Amén.

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