La sociedad secreta

Sabido es que el feudo secreto del COI jamás ha permitido que los votos sean públicos, por lo que los intereses del sheik por tener a Bach como presidente deben ser tremendamente poderosos

Por Soledad Bacarreza

 

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Thomas Bach, el elegido presidente del COI

Por Soledad Bacarreza

El alemán Thomas Bach fue elegido presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) por los próximos ocho años, renovables por cuatro más.  La  votación fue mucho más rápida de lo esperada, ya que apenas en la segunda vuelta quedaron en la cuneta las aspiraciones latinas de tener a su primer presidente con la candidatura del puertorriqueño Richard Carrión.  Bach, delfín de Jacques Rogge, arrasó en el balotaje, dando algunas claras señales de lo que busca el COI en los próximos doce años. Partiendo por marginar a Latinoamérica dentro de lo posible de los cargos de importancia y mantener a la institución “europeizada”, con Estados Unidos controlado (apenas un solo presidente estadounidense ha tenido el COI en toda su historia) y con el poder concentrado justamente donde lo quiere el sheik Ahmad Fahad Al-Sabah, miembro del COI por Kuwait, ex director de la OPEP y presidente del consejo olímpico de Asia. Él es el hombre realmente fuerte dentro de la institución, y se salió de su propio libreto de manejar los hilos sigilosamente al llamar públicamente a votar por Bach en la asamblea de Buenos Aires. Sabido es que el feudo secreto del COI jamás ha permitido que los votos sean públicos, por lo que los intereses del sheik por tener a Bach como presidente deben ser tremendamente poderosos como para transparentar su inclinación.

Tampoco en esta pasada la elección de Tokio 2020, aun cuando era la mejor propuesta, responde sólo a sus mejores condiciones como sede: los países europeos –excepto España- están empeñados en que el 2024 la cita debe ser en París o Roma. Por lo tanto, boicotear a Madrid en la última votación fue una consecuencia muy anticipada en pro de ese propósito. Dos juegos seguidos en Europa son impensables, de manera que la asiática era la escala necesaria hacia las candidaturas europeas del 2024. Claro que aquellos miembros del COI con derecho a voto, no contaban en que Al-Sabah manifestaría su preferencia por Thomas Bach para presidente de manera tan abierta. Gracias a él el abogado alemán fue elegido con tanta fácilidad, lo que revela la enorme influencia que tiene el kuwaití sobre los asuntos del COI. La pregunta es si Bach deberá pagar el precio de ese apoyo público y  poner de frentón a África como posible continente para los Juegos Olímpicos del 2024. La intención del sheik  de llevarlos por primera vez  a esa parte del mundo es largamente conocida, y a partir de la votación de hace dos días, cuenta con doce años para influenciar aún más en el nuevo presidente en ese sentido. Incluso hay quienes aseguran que ya se oyen los llantos en París y Roma tras la elección de Bach.

Muchos están de acuerdo que las votaciones en el COI debieran ser a mano alzada y explicando las razones. Los montos de plata que se manejan en estas instancias son tan estratosféricos que nadie sabe exactamente por cuáles intereses se rige cada miembro, ni cuáles son los acuerdos entre ellos. Y son precisamente estas utilidades secretas las que son sindicadas como las culpables de los últimos grandes errores del COI, el peor de todos, el otorgamiento a Río 2016 la sede de su producto estrella. Muchos dijimos luego de esa elección que la ciudad, por su estructura, idiosincrasia y recursos, jamás estaría preparada para organizar los Juegos. Temores que hoy son una realidad incontrarrestable y que devuelve a la misma pregunta de hace cinco años: ¿Por qué se eligió a Río, si era la propuesta más débil de todas? ¿Acaso será cierto que la ciudad actuó de chivo expiatorio para demostrar que continentes menos desarrollados como Sudamérica… y África, pueden tener estas sedes? Las sospechas acerca de que fue Al-Sabah quien promovió a Río de Janeiro 2016 con la intención de comenzar a validar a África como sede del 2024 toman hoy mayor peso que nunca e instalan aún más nubes sobre el cuestionado funcionamiento del COI en función de sus intereses económicos, pero no deportivos.

 

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