La confesión

¿Qué lleva a un deportista a arrojarse a la inquisición pública desnudando inmoralidades intimas, pasadas y presentes, arriesgando sus carreras y su prestigio?

Por Soledad Bacarreza

 

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“La confesión de Armstrong estuvo determinada por la inminente bomba que le caía encima”.

Por Soledad Bacarreza

El ex mediocampista de la Selección Jaime Ramírez remeció el ambiente dando su primera entrevista en años acerca de sus adicciones al alcohol y las drogas en la década de los 80, cuando estaba en plena actividad profesional en el fútbol.  Declaró en esta ocasión además haber sido testigo de los preparativos para el Maracanazo, del consumo de estupefacientes  en el fútbol, y de algunos manejos en los partidos que directamente perjudicaban al equipo contrario con bolsas de agua mezcladas con valium.

Ramírez es apenas el último de una larga lista de deportistas que han confesado todo tipo de prácticas reñidas con la actividad competitiva y con la legalidad. Nada nuevo si revisamos la poco distinguida lista de deportistas de todas las disciplinas que han admitido desde la adicción al sexo de Tiger Woods hasta el dopaje sistemático de Lance Armstrong. André Agassi escribió incluso un libro acerca del odio que sentía por el tenis, por sus fans, de que consumía cocaína y de todas las veces que mintió ante controles que daban positivos. Los más dolidos fueron sin duda sus admiradores, a quienes saludaba tras los partidos ganados arrojando besos a los cuatro lados de la cancha. Un cinismo justificado por la enorme depresión que Agassi dice haber sufrido durante sus últimos años de tenista profesional.

Como sea, la pregunta es ¿por qué confiesan? ¿Qué lleva a  un deportista a arrojarse a la inquisición pública desnudando inmoralidades intimas, pasadas y presentes, arriesgando sus carreras y su prestigio? Muchas veces lo que se califica como un acto de valentía reduce deliberadamente daños mayores ante la opción del silencio. Tiger Woods tuvo que llorar frente a las cámaras, pedirles perdón a su mujer, a sus auspiciadores –muchos lo habían abandonado- y al público porque, derechamente, no le quedó otra: su esposa le había caído a golpes con el mismo fierro que lo hizo millonario, llegó la policía y el asunto se hizo público, derrumbando en un día la imagen de niño bueno de Woods. Sus estratégicas lágrimas sirvieron, hoy tiene de vuelta su nivel, sus socios y una polola aun más rubia y famosa que su ex mujer: Lindsay Vonn, campeona olímpica de esquí alpino.

Lance Armstrong, acorralado por pruebas irrefutables, se demoró dos meses en  ordenar sus finanzas y sentarse, cara de palo, frente a Oprah Winfery a minimizar perjuicios. El trato fue no sacar a la luz pública las pruebas y desistir de toda apelación a las sanciones. La confesión de Armstrong estuvo determinada por la inminente bomba que le caía encima.

Otros lo hacen por venganza: en su autobiografía, Agassi deja varios títeres sin cabeza, comenzando por la ATP, que le escondió los positivos, pero castigó hasta con 8 años a otros tenistas con la misma falta. Conocidas son hoy las diferencias del tenista con la dirigencia del circuito, y su libro, segundo en el ranking de ventas cuando se lanzó, le quita buena parte de credibilidad al ATP, que permitía que Agassi ganara partidos dopado.

Ellos, y otros como ellos,  tuvieron una razón conveniente para confesar. Pero Jaime Ramírez no. Ninguna ganancia personal, ni familiar, ni económica, al menos ninguna que se aprecie a simple vista. Ramírez –cuyas adicciones eran conocidas desde hace años- recuerda hoy que volvió de la muerte, que la culpa es sólo suya, que hubo gente que trató de ayudarlo, que lo perdió todo, que ahora cree en Dios y que ojalá su ejemplo sirva para que otros futbolistas jóvenes no caigan en lo mismo. Y ahí está el valor que diferencia a Jaime Ramírez de aquellos famosos de arriba: que su confesión tiene un objetivo noble, libre de intereses personales. Su postura es la simple convicción de que  la verdad debe siempre prevalecer por sobre la mentira.

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