Algo de historia...

Treinta años más tarde seguimos pagando la prepotencia, ignorancia y falta de gestión de 1983.

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En Toronto, la alegría fue para Lima: sede de los Juegos de 2019 / efe

Por Juan Cristóbal Guarello

Es el crudo invierno de 1983. Un mexicano de 51 años espera ser recibido por el Presidente en el palacio de La Moneda. Usa bigotes, peinado con gel y viste muy formal. Espera, espera y espera. Luego de cuatro horas es recibido por Augusto Pinochet Ugarte. La reunión es breve y desalentadora. El dictador, abrumado por la peor crisis económica de la historia (40% de cesantía urbana) y las crecientes protestas sociales que han socavado su monolítico poder, tiene malas noticias: Santiago declina organizar los Juegos Panamericanos de 1987. El mexicano, presidente de la Odepa, se va con la sensación que su viaje a Chile ha sido una pérdida de tiempo. Más grave todavía, Mario Vásquez Raña considera que ha sido humillado, que las largas horas sentado fueron una vejación gratuita, una fantochada del militar chileno. Nunca olvidará la afrenta.

Esos juegos habían sido obtenidos dos años antes cuando el presidente del COCH Gustavo Benko, austríaco de nacimiento, abogado y ex esgrimista, luego de un intenso lobby logró que los miembros de la Odepa le entregaran la organización de los Juegos de 1987 a Santiago. La tarea no había sido fácil. La ciudad había logrado en 1972, con Sabino Aguad como presidente del Comité Olímpico de Chile, los Panamericanos de 1975. La dictadura los botó apenas se produjo el golpe de Estado. Entonces se explicó que la convulsión política, más los problemas económicos, impedían acometer una empresa de esa envergadura. A regañadientes la Odepa entendió y cedió esos Juegos a Ciudad de México. En menos de diez años, y contra todo pronóstico, la capital chilena obtuvo una segunda oportunidad y nadie dudaba que esta vez cumpliría.

Pero la crisis de 1982 tiró por la borda los planes. El dólar se disparó de 39 hasta los 150 pesos, la economía tuvo un déficit de 11 puntos, el cobre rondaba los 60 centavos la libra. Los Juegos Panamericanos costaban 70 millones de dólares según el proyecto inicial de 1981. Desde el Ministerio de Hacienda la señal fue clara: no hay plata.

Lo curioso es que los líderes del lobby “anti Panamericanos” eran el presidente de la Asociación Central de Fútbol, Rolando Molina, y el vicepresidente, el inefable Ambrosio Rodríguez, quienes proclamaron a los cuatro vientos que dicha empresa era “una locura” y un “despilfarro”. La dupla Molina-Rodríguez tenía intereses creados: Chile debía organizar el Mundial Juvenil 1985 y querían que todos los recursos del Estado fueran para el campeonato de fútbol. Ambrosio Rodríguez tenía una posición de privilegio, era el procurador general de la República, cargo creado ex profeso para procesar y perseguir a los opositores al régimen. Además tenía oficina en La Moneda y trato directo con Pinochet.

No hubo caso de convencer al dictador sobre el grave perjuicio que significaba para el país esta nueva renuncia. No sólo por las obras deportivas que no se iban a ejecutar, que beneficiaban a todos los ciudadanos, sino que el nombre de Chile iba a quedar con una mancha indeleble. Que tras esa segunda oportunidad perdida difícilmente habría una tercera a corto plazo.

Gustavo Benko no podía convencerse de la renuncia. Los Juegos Panamericanos no sólo eran un gasto, también podían ser una importante posibilidad de nuevos negocios. Él en persona había convencido a Vásquez Raña de que las condiciones en Chile en 1987 iban a ser diametralmente distintas al convulso 1975, cuando Ciudad de México debió organizar los Juegos que Santiago había desechado. Incluso en 1981 lograron que el presidente de COI, el español Juan Antonio Samaranch, viniera a Chile y se entrevistara con Pinochet. El dictador le aseguró a Samaranch: “Que los Juegos se harán, pero serán austeros”.

El abogado intentó por todos los medios de revocar la medida del Gobierno, pero las cosas estaban más complicadas de lo que parecía. Benko comenzó a ser cuestionado y hostigado desde La Moneda, donde se le sindicó como “opositor” y democratacristiano. Finalmente salió del Comité Olímpico de Chile en 1984 siendo reemplazado por Juan Carlos Esguep, dirigente del tenis y no gratuitamente llamado el “Loco”.

En la Organización Deportiva Panamericana la renuncia de Chile fue repudiada de manera unánime. Cayó muy mal que se botara la competencia cuatro años antes, cuando todavía no comenzaban los Juegos de 1983 en Caracas, demostrando nulo interés y capacidad de maniobra para hacerlos. El ejemplo lo dio la ciudad de Los Angeles al año siguiente con los Juegos Olímpicos. El abogado Allen Rothenberg logró grandes aportes de la empresa privada para realizar la competencia, evitando gastos desmesurados de parte del Estado norteamericano. De haber esperado, y con el ejemplo de Los Angeles a la mano, los Panamericanos de Santiago pudieron hacerse rediseñando el modelo de organización, sin cargar las arcas fiscales y obteniendo recursos frescos de auspiciadores y derechos de televisión. El tiempo dio la razón a Benko, la economía venía en ascenso en 1987 y se pudieron, con algo de voluntad, hacer unos Juegos modestos pero dignos.

Pero la vista estaba nublada en 1983 y la dictadura sólo quería evitar el naufragio. Para el gobierno de Pinochet los Juegos eran un cacho que debía ser liquidado lo más rápido posible. Lo paradójico es que los “anti Panamericanos” Molina y Rodríguez tampoco se salieron con la suya. Rolando Molina debió renunciar a la ACF dejando el hoyo económico más grande en la historia del fútbol chileno. A Ambrosio Rodríguez no le fue mejor, la FIFA le quitó el Mundial Juvenil de 1985, fue sacado de la Asociación Central de Fútbol y se salvó de una querella por malversación de fondos luego de que el general Humberto Gordon, director de la CNI, amenazara directamente a Ricardo Abumohor.

Treinta años más tarde seguimos pagando la prepotencia, ignorancia y falta de gestión de 1983. Lo ocurrido en Toronto el viernes pasado en el congreso de la Odepa no es consecuencia directa, pero se explica en gran parte por esa renuncia a los Juegos de 1987. Muchos de los protagonistas de aquella historia están muertos, seniles o lejos del deporte. El único que no se ha movido es Mario Vásquez Raña, quien sigue como presidente de la Organización Deportiva Panamericana. Y el señor tiene buena memoria para las humillaciones.

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